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El bombero 148, el héroe olvidado

SANTANDER

El bombero 148, el héroe olvidado

20.02.11 - 00:03 -
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Foto del libro 'Génesis e historia de los Bomberos Municipales de Santander 535-2005', de Modedo González.
Para muchos su nombre no significa nada. Se llamaba Julián Sánchez García y tenía 38 años. Era el bombero número 148 que se trasladó con urgencia desde Madrid hasta Cantabria para enfrentrarse al peor escenario, un infierno: el incendio que asoló Santander en 1941. Y Julián fue la única víctima mortal del siniestro. Hoy, setenta años después, para muchos el bombero 148 es «el héroe olvidado».
Llegó a la capital cántabra con un grupo de compañeros procedentes del Parque de Bomberos de Madrid, del que era arquitecto-director Santiago Soler y Garay. Una vez más Julián se mostraba dispuesto a ayudar al prójimo pero el destino decidió que acabara su vida entre escombros humeantes. Observando las fotografías de los vehículos en los que se desplazaron aquellos hombres impresiona imaginar cómo tuvo que ser su viaje a velocidad media de cuarenta o cincuenta kilómetros/hora por un simulacro de carretera y en pleno invierno (con uno de los camiones, la «Bomba nº 3 Benz», descubierto). Un viaje horrible al horror.
Aunque llegaron destrozados, se pusieron manos a la obra de inmediato: las circunstancias obligaban a pasar a la acción y no había tiempo para lamentos, cansancios o contemplaciones. La realidad que contemplaban sus ojos superaba, de forma notable, lo que suponían de camino.
Ejecutando tareas de derribo en las Atarazanas (durísimas y con los escasos medios de la época) Julián no pudo evitar que le cayera encima parte de la pared de uno de los edificios en ruinas. Sus compañeros asistieron horrorizados a la escena. Rápidamente se le llevó al hospital y no murió en el acto: fallecería el 28 de febrero tras permanecer ingresado en Valdecilla, donde el personal sanitario hizo todos los esfuerzos posibles para salvarle. Se escribía así, con tinta de sangre, el dramático final de un hombre de 38 años, casado con Gregoria Escribano Plaza y padre de dos hijos, Julián y Gregoria. Otro futuro destrozado por la mala suerte.
Al conocerse la noticia, una infinita pena se apoderó del pueblo santanderino. El cadáver de Julián fue despedido, en gran manifestación de duelo popular, como paradigma de solidaridad. Su cuerpo fue trasladado en tren a la capital de España acompañado por cuatro bomberos en representación de los dos parques. Uno de ellos, el conserje del Parque de Bomberos Voluntarios de Santander, Nicanor Martínez Bonachea, que trajo de Madrid como recuerdo una gorra de bombero alemán.
Julián Sánchez es uno de los numerosos personajes anónimos que forjan la letra pequeña de la Historia y, por desgracia, nunca alcanzan el reconocimiento merecido. El dato lo demuestra: setenta años después de su muerte, en Santander no hay una placa que le recuerde, ni una calle con su nombre. El historiador Modesto González, autor de los libros 'Génesis e historia de los bomberos municipales de Santander, 1535-2005' y 'Real Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santander. Más de un siglo de historia', mantiene que este caso «es un olvido a reparar, pues se trata de la única víctima entre las fuerzas de seguridad y auxilio en aquellos terribles días; un hombre que vino a ayudarnos, cuya memoria quedó aquí para siempre».
Juan Carlos Barragán, autor con Pablo Trujillano del libro 'Historia del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid. De los matafuegos al Windsor', recuerda que «Julián ingresó en el Cuerpo el día 9 de Abril de 1928 y durante su etapa como aspirante recibió de manos del arquitecto-director, José Monasterio Arrillaga, una mención de honor por su destacada intervención en el incendio del Teatro Novedades de Madrid el día 23 de Septiembre de 1928». Y añade: «Era el bombero número 148 de Madrid». Ganaba entonces 6.000 pesetas al año.
En Madrid, el diario 'ABC' también se hizo eco del óbito. En la edición del 2 de marzo del 41 se refería al «traslado de los restos del heroico bombero madrileño Julián Sánchez» de Santander a Madrid. El 17 de marzo se ofició una misa en su memoria en la iglesia de Nuestra Señora de la Paz. En el recordatorio que se imprimió con tal motivo se decía: «Murió en Santander en el cumplimiento de su servicio». Evocando el caso, Rafael y Sánchez de Porrúa, jefe del Real Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santander, escribió: «Nunca se ama tanto la ayuda recibida como cuando, por vicisitudes de la vida, fallece un ser humano que lo ha dado todo por el terruño ajeno». Palabras ideales para mantener viva la llama de una deuda. Por ahora, de 70 años.
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