Icíar Bollaín ensalza en 'Yuli' el esfuerzo cubano

Icíar Bollaín en el set de rodaje junto al pequeño Edison Manuel Olbera, que encarna al bailarín Carlos Acosta de niño.

La directora aspira a cinco Goyas por el lucido pero incompleto retrato biográfico del bailarín Carlos Acosta

RICARDO ALDARONDO

La apología del esfuerzo, el reconocimiento al tesón, la lucha diaria y la confianza en uno mismo parecen indisociables de cualquier historia que gire alrededor de la danza. Y en 'Yuli' la directora Icíar Bollaín también incide en las heridas y las recompensas que acumula un bailarín en su trayectoria, trasladables a otros campos y otros escenarios.

Un día después de recibir cinco nominaciones a los Goya, 'Yuli' llega a los cines como un elaborado relato de ficción, pero que cuenta con el protagonista real de la historia, Carlos Acosta, el cubano que quiso ser futbolista, y alcanzó hitos como ser el primer bailarín nego que interpretó a Romeo. Pero a la directora también le interesa el contexto, qué significa crecer como artista en la Cuba de las últimas décadas.

«El ballet era mi refugio»

Daba algunas pistas el propio Carlos Acosta en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, donde 'Yuli' tuvo su estreno a competición y ganó el premio al mejor guion, obra de Paul Laverty (fiel escudero de Ken Loach y de la propia Bollaín): «Yo pude estudiar danza, algo muy caro. Unas zapatillas de punta pueden costar 100 euros... Pero recuerdo que los maestros marchaban a los campos, miraban el empeine de los niños que iban a caballo y les proponían ser bailarines. Lo que salva siempre a Cuba es que nunca deja de ser comunidad. Nos conocemos todos y no nos fallamos».

En 'Yuli' la historia de Carlos Acosta se cuenta desde la actualidad de su libro de memorias, haciendo recuento desde la perspectiva de quien aún tiene mucho que crear y saltando continuamente entre diferentes ámbitos. La infancia y el influjo familiar, la vocación impuesta por un padre obsesionado con que fuera bailarín muy a su pesar, las coreografías que representan esos sentimientos o las creaciones más destacables de su trayectoria. El propio Carlos Acosta participa en el juego como agente (se interpreta a sí mismo en la edad adulta y ha sido nominado al Goya como actor revelación por ello) y testigo.

El bailarín Carlos Acosta interpretándose a sí mismo en una escena del filme.
El bailarín Carlos Acosta interpretándose a sí mismo en una escena del filme.

El contexto de Cuba aporta algunas tendencias discursivas muy propias del guionista Paul Laverty, desde las marcas de la esclavitud que aún se dejan notar a decir del padre (los árboles vuelven a representar la raigambre familiar como en 'El olivo'), a las frustradas ilusiones revolucionarias que se representan en el teatro inacabado que iba a ser el gran centro de las artes. Metáfora de los esfuerzos y el tesón que las personas que rodean al bailarín ponen en marcha para que su talento no se desperdicie, a pesar de su insatisfacción permanente y de su deseo de quedarse apegado a su querida Cuba en lugar de dar el salto internacional.

Bollaín construye un relato de lucida apariencia, algo errático en esa mezcla de tiempos y realidades, que pasa por alto algunas cosas (su vida sentimental, la deriva mental de su hermana), y con alguna tendencia al sentimentalismo, pero que acaba conformando un resultón retrato con expresivas coreografías y que como casi toda vida de esfuerzo artístico, crea empatía.

 

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