Hay que mojarse...

Hay que mojarse...

En un taller de interpretación de sueños he aprendido que el agua son las emociones

Mela Revuelta
MELA REVUELTA

No me gusta el agua especialmente y no es una novedad… Nunca fue mi fuerte nadar contracorriente, tirarme a la piscina sin pensar, zambullirme en un río de aguas oscuras, nadar en mar abierto expuesta al abismo o estar entre dos aguas o con el agua al cuello.

Me asustan los pozos sin fondo, quienes bailan el agua o no se callan ni debajo de ella, las advertencias como la de que cuando el río suena… y que mis dudas se reflejen en un vaso medio lleno o medio vacío, no.

Hace poco empecé a participar en un taller de interpretación de sueños maravilloso. Una vez al mes disfruto de un círculo mágico que me enseña a descifrar nuestros pensamientos cuando transitamos ese mundo onírico. He aprendido que el agua son las emociones, así que voy mejorando mi nivel de brazada, porque mi despavorido miedo al agua no nace de una mala experiencia en un mar Cantábrico o en un delta de la Costa de la Pimienta.

Un corazón de hielo en un abrazo se deshace y los miedos se diluyen cuando «te mojas». Hay que mojarse por uno mismo o por los demás si así lo sientes. Hay que mojarse para reinventarse. Hay que mojarse hasta las pestañas si fuera necesario aunque cada una de esas lágrimas tenga nombre, hay que sentir la lluvia, como esa foto que luce mi cocina con unos niños africanos con los ojos bien prietos y la sonrisa bien abierta mirando al cielo… sí, así. Hay que saltar en los charcos si aún dibujas en los mapas océanos sin mar y hay que encontrarse con el golpe de una ola chocando con tu cuerpo y el agua que se escurre suave entre tus manos… Volver a sentir. Volver también es encontrarse.

«Cada vez que te vayas de vos misma… no destruyas la vía de regreso, volver es una forma de encontrarse y así verás que allí también te espero». Mario Benedetti.

Síguenos en: