«Había caos y destrucción por todas partes, parecía la guerra»

Beatriz Zabala saluda a una compañera de trabajo a su llegada a la estación de Santander, en presencia de su madre y de su pareja, detrás. /Alberto Aja
Beatriz Zabala saluda a una compañera de trabajo a su llegada a la estación de Santander, en presencia de su madre y de su pareja, detrás. / Alberto Aja

La cántabra Beatriz Zabala y su pareja canadiense pasaron cinco días de infarto en Lombok durante el terremoto

JAVIER GANGOITI Santander

Beatriz Zabala, de 35 años, todavía suspira cuando recuerda su odisea en la isla de Lombok, Indonesia, donde vivió en primera persona un terremoto de 7 grados en la escala Richter. Sus vacaciones en el país terminaron por convertirse en una odisea que todavía no han terminado de asimilar. Una sucesión de episodios que comenzó el pasado domingo a las 19.45 horas (hora indonesia), cuando Zabala y su pareja, Swapneel Pathare, se encontraban en un restaurante de la isla de Lombok. «Estábamos cenando cuando de repente empezó a moverse todo, era imposible mantenerse en pie», relata esta profesora de inglés de Santander, que no llego a pisar suelo cántabro hasta ayer por la noche.

«Salí a la calle y se había caído todo el tendido eléctrico». Así narra Beatriz Zabala la primera imagen que pudo ver de la isla de Lombok cuando salió del restaurante. Era de noche y la visibilidad era casi nula en los primeros instantes de caos y confusión. El restaurante informó de un aviso de tsunami, algo que alertó a toda la zona porque estaban en primera línea de playa. Fue entonces cuando «todo el mundo se dirigió al sur siguiendo las recomendaciones». La confusión se apoderó de los viajeros, que ignoraban cómo llegar a las zonas seguras. «Decidimos coger la moto y dirigirnos hacia el domicilio donde estábamos hospedados», relata Zabala, que todavía se sorprende al recordar el caótico viaje: «Llegamos como pudimos, esquivando ladrillos y de todo en la carretera. Estaba todo el pueblo derruido». Igual que su domicilio, una casa en un pueblo hindú. Ignoraron sus pertenencias e hicieron caso a las recomendaciones. «Nos aconsejaron dirigirnos a un templo en una montaña, y nos quedamos ahí con el pueblo entero. Estaban todos en pánico, sintiendo réplicas continuas». Ni siquiera los indonesios, acostumbrados a una media de 7.000 terremotos al año, pudieron evitar los nervios. Al fin pudieron tomar aliento y comprobar que se encontraban a suficiente altura y distancia del mar como para estar a salvo. La pareja pasó la noche en esa zona segura. Esperaron hasta el amanecer del lunes y se volvieron a abrochar los cascos de la moto para volver a por sus equipajes, todavía entre las ruinas: «Entramos a través de las ruinas para coger todo, con la suerte de que nuestra habitación aún permanecía en pie. Sorteamos cables de luz, cristales...etc. Todo estaba completamente destrozado». Afortunadamente pudieron coger todas sus pertenencias. Lo contrario que un vecino, cuya casa se vino abajo por completo y que, no obstante, ayudó a la pareja en todo lo posible, consiguiendo incluso un coche hasta el aeropuerto. «Vimos la impotencia y la humanidad al mismo tiempo».

Los dos viajeros, en una fotografía que les tomaron ante uno de los volcanes activos de Indonesia.
Los dos viajeros, en una fotografía que les tomaron ante uno de los volcanes activos de Indonesia.

«Estábamos cenando y de repente todo empezó a moverse, era imposible mantenerse en pie»

Cuando llegaron al aeropuerto de Lombok dispuestos a abandonar la isla la cola era enorme. «Había gente con la cabeza vendada, con la pierna llena de sangre, sin poder andar. Era un caos. Por suerte, la pareja de excursionistas tenía ya los billetes reservadas desde el que planearon el viaje, en junio, por lo que no hubo problema para salir. Zabala y su acompañante cogieron el avión hacia Yakarta, para llegar al aeropuerto y volar hacia España. «Ahí llegó otro problema: nos cancelaron el vuelo hasta tres veces», lamenta: «No vimos ni policía, ni médicos, ni bomberos. A nadie. Solos y sin información». Entre cancelaciones y confusión pasaron todo el miércoles en un hotel. Fue la segunda parte de su odisea, que alternó taxistas dormidos y contradicciones.

«No vimos ni policías, ni médicos, ni bomberos. A nadie. Estuvimos solos y sin información»

El jueves por la mañana cambió su suerte, pero tuvo que ser por su propia mano. Fue la pareja de Beatriz, quien decidió entrar en la página web de la aerolínea para informarse de los vuelos. Había un vuelo a la 13.30 con destino a Kuala Lumpur al que, por fin, pudieron subir. De la capital de Malasia, la santanderina y el canadiense volaron a Abu Dhabi y desde ahí a Madrid, donde llegaron cerca de las 1.00 de la noche del jueves. «Llegamos besando el suelo y cantando Manolo Escobar», se alegra Zabala después de su odisea junto a su pareja. Cinco días de miedo, nervios y caos que no olvidarán.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos