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Dolor

Teresa Cobo
TERESA COBOSantander

En los años sesenta y setenta operaban a los niños de anginas en demasía y, a menudo, sin anestesia, en el ambulatorio y de pie. Te pasaban a una sala. Un señor sentado en una silla alta te aferraba por detrás como un cepo humano y otro que tenía una luz en la frente y una aparatosa tenaza en la mano te pedía que abrieras la boca de par en par, mientras la enfermera sujetaba bajo tu barbilla una palangana de la que acababa de retirar un grumo ajeno y sanguinolento. Estaba claro cuál iba a ser el desenlace. Colaborabas para que aquello acabara cuanto antes, incluso después de que te arrancaran la primera amígdala y ya supieras lo que dolería la segunda.

 

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