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Dolor

Teresa Cobo
TERESA COBOSantander

En los años sesenta y setenta operaban a los niños de anginas en demasía y, a menudo, sin anestesia, en el ambulatorio y de pie. Te pasaban a una sala. Un señor sentado en una silla alta te aferraba por detrás como un cepo humano y otro que tenía una luz en la frente y una aparatosa tenaza en la mano te pedía que abrieras la boca de par en par, mientras la enfermera sujetaba bajo tu barbilla una palangana de la que acababa de retirar un grumo ajeno y sanguinolento. Estaba claro cuál iba a ser el desenlace. Colaborabas para que aquello acabara cuanto antes, incluso después de que te arrancaran la primera amígdala y ya supieras lo que dolería la segunda.

Durante largo tiempo, la ciencia médica subestimó la capacidad de los más pequeños para sentir dolor y sobrevaloró su facilidad para olvidarlo. Bajo el enfoque erróneo de que la inmadurez anatómica les salvaguardaba de sensaciones desagradables, se cometieron tropelías con los infantes. Si cualquier avance que mejore nuestra calidad de vida es bienvenido, la investigación sobre el dolor en niños y adultos debería ser prioritaria, sin escatimar fondos.

En los últimos días se han conocido dos noticias, recogidas en este periódico, que son motivo de celebración. La primera es el diseño de un neuroestimulador que se implanta en el Hospital del Parque Tecnológico de la Salud de Granada a pacientes torturados por una lesión o por una enfermedad en el sistema nervioso. El aparatito los libera de dolores «insufribles» que convertían su vida en «insoportable». La segunda, más cerca, es mérito de científicos de la Universidad de Cantabria y del Instituto de Investigación Sanitaria Valdecilla que han descubierto el papel relevante que juegan unas moléculas en ese mismo espectro del dolor neuropático, a menudo «infernal».

El dolor físico es un mecanismo de defensa necesario para avisarnos de que nuestro organismo está afectado por algún tipo de daño que debemos reparar o evitar, pero, una vez informados, sobra. Fuera de control, degenera en uno de los sufrimientos más intensos que pueden aquejar a una persona o a un animal. Junto con la penicilina y los analgésicos, la anestesia es uno de los grandes hallazgos de la humanidad, pero hasta la segunda mitad del siglo XIX, más allá de ensayos previos, no supimos cómo ahorrarnos el padecimiento en las intervenciones quirúrgicas.

Puestos a idolatrar, en las carpetas de estudiante deberíamos llevar pegadas las fotos de los mejores anestesistas, de los grandes neurólogos, de los investigadores que aportan progresos en estos campos. Y la mujer o el hombre que consiga erradicar de las técnicas de diagnóstico la introducción de tubos por nuestros orificios corporales también merecerá un póster en nuestra habitación. No veo el momento de que dejemos atrás molestas pruebas como la colonoscopia o como la esofagogastroduodenoscopia, que tiene un nombre casi tan feo como lo que implica.

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