EL OROPEL DE LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Teresa Cobo, subdirectora de El Diario Montañés

A muchos ejecutivos se les obturan las retinas cuando tienen delante mujeres capaces de dirigir y de asumir el mando

Teresa Cobo
TERESA COBOSantander

Día frío en Santander. En la sala de espera del otorrino, todos los pacientes, salvo uno que dormita, están sumergidos en las pantallas de sus móviles. Emerjo de la mía para fijarme en los títulos, diplomas y fotografías que cubren las paredes. Despierta mi curiosidad una vieja orla y me levanto para observarla. Es de la promoción de la Facultad de Medicina de San Carlos de Madrid de 1951. Sólo once de los pequeños retratos en blanco y negro son de mujeres. Cuento los demás: 207. Ellas son el 5%. La realidad hoy es bien distinta. En la promoción de Medicina de la Universidad de Cantabria de 2017, las 76 graduadas representan el 69% del total. En la lámina enmarcada hace seis decenios también hay catedráticos, y los 19 son varones. El cambio en ese estrato es mucho más lento. En la UC, con las incorporaciones del último año, las mujeres ocupan el 22% de las cátedras de Medicina (6 de 27) y el 14% del conjunto (22 de 152).

Carreras antaño copadas por hombres albergan en sus aulas una mayoría de alumnas y a menudo son ellas las que cosechan los mejores resultados académicos. El I Premio Enrique Campos Pedraja del Cemide lleva el nombre de un laureado economista varón, pero los primeros galardones serán para Cristina y Ana, porque tienen los mejores expedientes de la UC en Economía y Administración y Dirección de Empresas. Sin embargo, en los puestos de responsabilidad de las principales instituciones, corporaciones y compañías hay una abrumadora preponderancia masculina. De las cien empresas de Cantabria con mayor volumen de ventas, sólo cuatro están lideradas por mujeres, incluidas la presidenta del Banco Santander, Ana Botín, que encabeza la lista, y la vicepresidenta del Gobierno, Eva Díaz Tezanos, que aparece como ejecutiva de la empresa pública MARE.

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¿Por qué llegan tan pocas mujeres a los altos cargos? Es obvia la desventaja biológica, mal compensada por la sociedad, de ser ellas las que gestan y paren a los hijos. Y, aunque no lo imponga la naturaleza, casi siempre son las que los cuidan. Admito que las hay, como también los hay, que rechazan la oferta de ser jefas porque tienen prioridades, necesidades o ambiciones vitales de otro tipo. Pero un tapón de enorme peso es que los que contratan, nombran y eligen son en su gran mayoría hombres. Aunque generalizar sería injusto, hay muchos directivos que sólo escogen varones. De forma deliberada o inconsciente, por prejuicio o por inercia, en definitiva, por machismo, sus retinas se obturan cuando tienen delante mujeres capaces de dirigir y de asumir el mando.

Un domingo de 1994, mi redactor jefe me envió a cubrir la inauguración de una muestra para fomentar el uso no sexista de los juguetes en una capital del Levante. Atendía como anfitrión el jefe provincial de Consumo. Sin que se lo preguntara, me espetó que él jamás iba a tocar un plato, porque así habían educado a su generación. Le conté que mi padre era bastante mayor que él y que en mi casa le veía fregar la vajilla, pasar la aspiradora, hacer las compras. «No es mi caso», replicó, «yo no me voy a reconvertir». Al día siguiente, se desayunó con este titular: ‘«Jamás tocaré un plato», dice el jefe de Consumo en una campaña antisexista’. Ni se quejó ni me guardó rencor. Era un hombre acomodado en el machismo, pero sincero. Si hoy rascáramos un poco, bajo el oropel de tanto discurso políticamente correcto afloraría el trecho que aún media entre lo que predicamos y lo que ejercemos en materia de igualdad.

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