«Una persona que deja atrás toda su vida no busca sanidad gratis, quiere que no le maten»

Personas refugiadas rohingyas cruzan la frontera entre Myanmar y Bangladesh el 9 de octubre de 2017 / ACNUR. Roger Arnold

Hoy se conmemora el Día Internacional del Refugiado, una figura administrativa tras la que se acoge en Cantabria a personas que huyen de sus países

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Un barco cargado de migrantes se ha convertido en noticia mundial. Pero el foco no estaba tanto en las 629 personas que viajaban en él, sino en las decisiones políticas de los diversos gobiernos que se repartían responsabilidades a la deriva. Responsabilidades que vienen definidas por normativas internacionales, pero para las que no hay sanciones cuando se incumplen. Al mismo tiempo, las barcazas seguían cruzando el mar en uno u otro punto, trasladando seres que integran las estadísticas de la vergüenza.

A 30 de junio de 2017, y según los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 70 millones de personas se habían visto forzadas a desplazarse debido a los conflictos, la persecución y la violencia. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado lo define como el mayor éxodo registrado jamás. España también registró sus cifras más altas de solicitantes de protección internacional desde hace 40 años: 42.025 personas esperaban a comienzos de este año a obtener la resolución de sus peticiones. Un sistema colapsado, tanto en la tramitación de las solicitudes como los programas de inclusión.

El Centro de Inmigrantes de Torrelavega ha atendido en estos primeros seis meses más de 837 casos. Casos que tienen nombres e historias detrás. Una por cada drama que supone dejar atrás todo lo que conocen y empezar de cero.

Ana Isabel Rodríguez tiene 40 años y llegó de Venezuela, el país del que han llegado más solicitudes, el 26 de febrero. Dejó su país incrédula ante lo que ha ido sucediendo en los últimos años y habla de «inseguridad, escasez, incertidumbre y hambre». Antes de decidir marcharse pasó un año «cruzando» a Colombia. Se hacía con artesanía en un lado y la vendía en el otro para ganarse sus «pesos» y «poder comprar comida». Comida que adquiría también en el país vecino porque en Venezuela, «aunque tengas dinero, no hay nada que comprar». Este ir y venir se realizaba por la «trocha», la zona donde se encuentra la guerrilla y que resulta, según sus palabras, «muy peligroso». Monte, selva, el río Arauca, canoas y guerrilleros «de lao y lao». Una ruta de unas doce horas para que sus hijas «no pasasen hambre» que estuvo realizando durante un año.

Ana Isabel espera poder reunise con sus hijas, de 6 y 10 años, que aún viven en Venezuela
Ana Isabel espera poder reunise con sus hijas, de 6 y 10 años, que aún viven en Venezuela / Luis Palomeque

Antes de comenzar este periplo, Ana Isabel tenía una «camionetica» para realizar transportes. Pero la escasez de cauchos, baterías y recambios de motor terminó con su negocio. Los viajes a Colombia también acabaron. La frontera se cerró una semana y ella quedó en el país, alojada con una familia. La guerrilla los mató a todos, incluido un niño de dos años que murió de un tiro en la frente, delante de sus ojos. Lo cuenta sin inflexiones en la voz. Después decidió salir de Venezuela, pero sus hijas de 6 y 10 años se quedaron allá con su padre.

Los pasos del refugio

La legislación de la Unión Europea ha cambiado el nombre de la fórmula administrativa. Lo que antes era asilo ahora se llama protección internacional y consta de dos fórmulas: la protección subsidiaria y el estatuto del refugiado, cuyo día internacional se celebra este miércoles 20 de junio. La diferencia estriba en que con la primera opción, las personas pueden regresar a sus países de origen de forma temporal, amparados por el país acogedor. Con la condición de refugiado no es posible, pues se considera que la vida de la persona corre peligro.

Para solicitar protección internacional, la persona desplazada tiene que ir a una comisaría de Policía. Allí crearán una ficha con sus datos, sus huellas, su foto, y un NIE. En una segunda cita, recibirá una tarjeta blanca, algo provisional, mientras se estudia su solicitud. Dura un mes y un día. Pasado ese trámite, tendrá una tarjeta roja de residencia provisional. A los 6 meses, si el procedimiento sigue adelante, se renovará la documentación y podrá empezar a trabajar. Como detalla Sandra García, responsable del Centro de Inmigrantes de Cruz Roja, los retrasos son habituales porque hay «muchísimas solicitudes».

El proceso completo es complicado. El solicitante pasa por una entrevista personal y narra los hechos que le llevan a salir de su país y solicitar protección. Hechos sobre los que tiene que aportar pruebas. En la Oficina de Asilo y Refugio a Madrid, un instructor analiza toda esa información decide qué protección se le dará o si se deniega. Esa decisión pasa a una comisión interministerial, con Empleo, Migraciones y Seguridad Social (responsable de la integración), Interior (responsable de la documentación) y Asuntos Exteriores, (que da información sobre los otros países). También participa ACNUR pero solo como observador. Si se deniega, se informa a la persona y en 15 días tiene la obligación de abandonar el país por sus propìos medios.

«Gracias a Dios tengo la oportunidad de estar acá, donde me han tratado muy bien y me han ayudado mucho», dice. Quiere estudiar, superarse y encontrar un buen trabajo para traer a sus hijas. Lo que más anhela. Nunca pensó verse en esta situación. Y tiene un mensaje para aquellos que le lanzan críticas. Les pide un poco «de humanidad, de conciencia». Y explica: «no hemos salido de nuestro país por paseo ni porque quisiéramos venir a España. Hemos salido por la obligación del hambre, de la injusticia, del desespero». Recapitula, esta vez sí con un nudo en la voz, sobre la realidad «que hay que vivir día a día» y el futuro que no tienen en su país. «Hemos venido a luchar y a sobrevivir».

Junior no se plantea regresar a Cuba por el momento
Junior no se plantea regresar a Cuba por el momento / Luis Palomeque

El caso de Junior Llamosa es distinto. Otro perfil. Lo suyo no fue una decisión meditada sino impuesta. Hace nueve meses se tomó unas vacaciones de su trabajo en Cuba. Su madre le avisó de que estaban esperándolo a su vuelta para juzgarlo tras una auditoría «sorpresa» en la empresa donde trabajaba. «Era administrador de una farmacia con laboratorio -explica- Antes de irme todo estaba en orden». ¿Cómo surgieron entonces los problemas? Para Junior, el origen está en su negativa a integrarse a las filas del Partido Comunista. Se asustó ante la posibilidad de entrar en la cárcel y decidió quedarse. La suya es además una de esas historias con ida y vuelta. Sus antepasados, originarios de Liébana, emigraron años atrás a Latinoamérica. Ahora es él quien ha hecho el viaje contrario sin visos de recuperar la normalidad perdida.

Entre las personas que conviven en Cantabria, hay quienes ni siquiera se atreven a dar la cara. El miedo llega lejos. La vida no es fácil cuando eres musulmán y homosexual. Por eso, el tercer ejemplo, con sus ojos verdes bajo una gorra, no quiere volver a su país aunque allí siga su padre. Aquí estudia y ha encontrado «una familia». Ahora aprende a ser libre.

Tres veces no

Ponemos sobre la mesa los numerosos argumentos que sitúan a los refugiados como eje de muchos problemas sociales. El primero: vienen a quedarse con los trabajos. «La mayoría buscan denodadamente empleo- expone García- . Quieren normalizar su vida lo más rápido posible». Destaca además que «por parte de los empresarios de Cantabria hemos encontrado muy buena acogida. Hace unos años era muy difícil pero ultimamente, sobre todo en temporada de verano, está habiendo posibilidades».

Vienen porque tienen un sueldo mensual. Segunda idea. «Mientras los solicitantes están en centros de acogida tienen cubiertos sus gastos en los pisos o centros. Se les aporta manutención e higiene. Durante ese tiempo, seis meses, están obligados a asistir a talleres sobre las normas de convivencia, idioma, violencia de género, salud... Todas esas ayudas se paran cuando encuentran un trabajo», afirma.

Vienen porque hay sanidad gratis. Tercer argumento. «Cuando uno se marcha de su país, deja su familia y todo lo que conoce, con problemas realmente graves, lo último que suele pensar es si hay sanidad o no. Lo que quieren es que no les maten». De hecho, detalla «son muy pocos los usuarios de los servicios públicos españoles, porque tienen miedo a ser deportados y vienen de países donde la sanidad es cara y piensan que la van a tener que pagar. Si la usan es porque de verdad tienen problemas graves».

Los datos

2 de cada 3
solicitudes recibidas en España son rechazadas
43.000
solicitudes están pendientes de resolver
10.350
personas que solicitaron asilo procedían de Venezuela, el triple que el año anterior.
El 95%
de las personas de Siria recibió protección, solo 9% de personas de Ucrania y un 1% de personas de Venezuela
21.663
irregulares llegaron a las costas españolas en 2017. El triple que en 2016 (8.162)
2.800
personas procedentes de distintos países a Europa, ha reubicado España. El 16% de las 17.337 comprometidas.

Orientar, integrar y facilitar «que cuanto antes aporten lo que puedan a la sociedad» son los objetivos que persigue la asociación Nueva Vida. Una labor multiintegral. «No olvidemos que entre la gente que llega hay personas formadas, con muchas capacidades y muchas ganas de trabajar. Gente que nosotros necesitamos, porque la nuestra se va», dice Julio García, presidente de la ong. Contemplan la acogida como «un deber de la sociedad» y critican el mensaje de algunos medios que tienen interés en «caricaturizar». «No vienen razas o religiones, vienen personas». «¿Qué buscamos? ¿Que los de Cantabria hagan el trabajo o que lo hagan los mejores para beneficio de todos?», dice García.

Las personas que atiende Movimiento por la Paz están en la primera fase de su estancia. Llegaron en diciembre. De Siria, Palestina, Senegal… Pero también Honduras o El Salvador, donde la realidad de las maras comienza a tomar dimensiones de tragedia. Carlos Arribas, responsable de MPDL en Cantabria mira hacia el mar y reflexiona sobre el Aquarius, atendido como «un caso de emergencia» sin olvidar que «mientras siguen llegando pateras». Y también mira hacia tierra firme, donde «se generan dos posiciones, una conservadora reaccionaria y otra que se solidariza», detalla. «Nadie quiere abandonar su país porque sí. las guerras están ahí, las alianzas militares generan conflictos y lejos de solucionarse van a ir a más. Por mucho que pongan vallas más grandes habrá más situaciones similares», concluye.

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