«En Valderredible los jóvenes tenemos ya 56 años. Los que vienen detrás apagarán la luz»

Imagen de Polientes en verano, cuando vuelven a abrirse muchas casas en el valle./Antonio 'Sane'
Imagen de Polientes en verano, cuando vuelven a abrirse muchas casas en el valle. / Antonio 'Sane'

El panadero de Polientes lleva años siendo testigo del goteo de Valderredible, y dice que ya solo queda algo de vida en el valle «entre San José y el Pilar»

Violeta Santiago
VIOLETA SANTIAGOSantander

«De chaval, nunca pensé que me tocaría ver todos estos pueblos vacíos. En muchos quedan tres o cuatro vecinos. Ni siguiera es rentable llevar el pan, pero no dejo de ir. Es que si no va el panadero, no va nadie».

José Ignacio Fernández, uno de los dos panaderos de Valderredible, dice que en el municipio más extenso de Cantabria no quedan «ya ni bares, que los curas se las ven y se las desean para juntar feligreses para dar una misa... Está claro que esto se acaba». Él tiene 56 años y desde muy joven empezó a ayudar a su padre en el negocio, así que ha sido testigo directo de «todo el proceso». En su caso, cada casa cerrada significa uno o dos panes menos de venta.

Hoy Valderredible censa algo menos de mil residentes (968) y el retroceso no habrá quien lo pare, según la proyección realizada por el Icane. Dentro de 20 años, quedarán en el padrón alrededor de 750 vecinos, que ni siquiera serán reales a lo largo del invierno, porque son muchas las familias que pliegan velas por la virgen del Pilar («como mucho aguantan hasta Todos los Santos») y no reaparecen hasta San José o Semana Santa. «Cada vez que me dan un aviso de baja por el invierno lo único que le deseo al que se despide es salud para que pueda volver. Por ellos y por nosotros, porque si ellos vuelven, suben el trabajo y el movimiento».

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A Fernández le sobra la estadística, porque él lleva su propio registro en los libros de cuentas y en sus recorridos de reparto. «Aquí había cinco o seis curas y solo queda uno. Había cuatro médicos, y lo mismo. Todo va a menos. Los de mi generación somos los más jóvenes. Los que vengan detrás, tendrán que apagar la luz. Hace años, llegabas a un pueblo y tenías que sortear a las gallinas, te salían a ladrar los perros... Ahora nada. Lo peor es que no se oyen niños». En Valderredible, lo habitual es ir de funeral y lo «exótico que te hablen de un nacimiento. Un crío es noticia y grande».

A Fernández le gusta mucho su tierra. «El silencio tiene su punto. Oír el viento, los campanos... La nieve tiene un encanto especial. Y pensar que estás solo, también». Confiesa que una vez pilló a unos chavalucos robando manzanas de su huerta y aunque les dio unos gritos a la vez fue «una alegría». Le gustaría que hubiera más gente joven, escuchar el griterío de los niños que ahora ya solo se siente en verano.

Comprende que la situación de Valderredible tiene su lógica «porque estamos en medio de ninguna parte. A Reinosa son 40 kilómetros, a Aguilar de Campoo son 30 y a Burgos, otros 80. Veo hasta lógico que los que tienen entre 20 y 30 se marchen en cuanto hay ocasión. Esto se está muriendo».

El panadero es consciente, además, de que con él desaparece el horno que le da de comer: sus hijos están en sus propios caminos (el uno buscando trabajo y la otra ya colocada). «En esta panadería trabajaban mis padres y había hasta obreros. Ahora mismo, lo que ganamos en verano hay que guardarlo para pasar el invierno. Aquí todos los comerciantes andamos igual». Cuando se le plantea invertir en el negocio, ampliarlo o introducir innovaciones, lo tiene claro: «¡Ni loco. Si no hay venta! La expectativa es aguantar hasta la jubilación».