Rojo estación

'Dolor y gloria' | Dirección: Pedro Almodóvar; Género: drama; Salas: Cinesa y Peñacastillo

Rojo estación
GUILLERMO BALBONASantander

«Quiero la alegría de un barco volviendo». Canta Chavela Vargas en 'La noche de mi amor'. Para entonces, el rojo, el de la pasión y el deseo, y el negro, el de las sombras y el dolor, ya han tomado la pantalla. Entre ambos, solapado o entreverado, el amor enroscado o sigilosamente necesitado, se hace fuerte entre las estrías de la luz y la oscuridad. Lo proustiano y la realidad y el deseo de Cernuda son la sangre y la droga de este chute hermoso, sereno, elegante y sutil que es la última dosis estética, narrativa y creativa de Pedro Almodóvar.

'Dolor y gloria' no es autoficción, sino autoafirmación entre dudas y temores, una roja estación donde interrogar e interrogarse, una sucesión de retablos sobre el pasado, siempre claro, siempre borroso; sobre el regreso del amor, siempre luminoso, siempre extrañado, y sobre el cielo protector del arte y la creación: un cuadro de Pérez Villalta, una escultura de Dis Berlin... y siempre la necesidad de narrar, de relatarnos, de contarnos a nosotros mismos.

'Dolor y gloria' sería imposible sin Almodóvar porque pocos cineastas gozan del dominio y la capacidad de generar un universo propio con tanta potencia visual, con esa inconfundible y estilizada mezcla de desmesura, intuición, edificación y definición de un mundo acotado por querencias, recuerdos, sueños y deseos. Su último filme, que enlaza con universos iniciáticos como el de 'La ley del deseo' y 'La mala educación', pero atravesado por esa presencia de la ausencia que era 'Volver', es un descenso a los infiernos de la esencialidad.

Es Almodóvar pero lo somos todos los que reconocemos esta estación, parada azarosa y forzada, en la que miramos sin reconocernos o sobrepasados por ese misterio de pérdidas y reencuentros que nos carcome y devora unas veces, o nos devuelve intactos otras. Es una película libre, muy libre, que, como la vida, pesa demasiado pero es corta.

Frente a desmesuras y excesos de otros de sus filmes, aquí el equilibrio es feroz, inquietante también, porque la búsqueda del personaje, un cineasta en crisis atrapado en un cuerpo marcado por varias dolencias, es la de cualquier trayecto hacia el fondo de nosotros mismos. Lo ha dicho el propio cineasta, hay más 'Arrebato' que 'Ocho y medio' en su película (es el único director que se atreve a 'contar' su propia obra dos días después de su estreno), pero al margen de las referencias y devociones, es este un Almodóvar puro, enfrentado al espejo para diseccionar los mil fragmentos que le devuelve.

Hay sinceridad en el tono y depuración en lo formal. Una mirada profunda sobre la infancia donde claridad y vértigo componen una hermosa sinfonía narrativa. Magistral Antonio Banderas como alter ego. Un monólogo interior rebosante de composiciones que desbordan belleza, precisión y excelencia. Un diálogo de vivencias e incertidumbres convertido en un álbum físico que hace daño por sincero, que conmueve por delicado. Cambiará nuestra mirada pero la película seguirá ahí para crear adicción al cine.