La noche que Zappa agitó la bandera del Athletic

El artista en aquel concierto de finales de los años 80.
El artista en aquel concierto de finales de los años 80. / MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ
  • La estrella del rock vanguardista dio en 1988 en La Casilla un concierto inclasificable a 50.000 watios de potencia y cerró la actuación con el 'Bolero' de Ravel, un guiño rojiblanco y un solo de guitarra

Las paredes del pabellón bilbaíno de La Casilla retumbaron el 13 de mayo de 1988, hace casi 28 años, con el fallecido Frank Zappa y su última banda, un concierto brillante y de ejecución milimétrica, pero de lo más vanguardista y anticomercial que se podía escuchar. A sus 47 años, el estadounidense era una estrella de la música popular, un gran guitarrista y una especie de 'primus inter pares' del rock progresivo, ese territorio donde cabían todo tipo de experimentos, y en el que hace tres décadas no había medias tintas; es decir, a un lado estaban los fieles y al otro, los escépticos. El resquemor de estos últimos no impidió que entre unos y otros respondieran al reclamo de Zappa unas 3.000 personas, lo que no estaba mal, tratándose de un viernes por la noche y de una figura que si bien era archiconocida, resultaba musicalmente inextricable para el gran público (entre el que se reconocía humildemente el responsable de estas líneas).

Aquella fue la última gira de Francis Vincent Zappa (1940-1993). De él y de su famoso grupo inicial (Las Madres de la Invención) se hablaba mucho en los bares rockeros de Bilbao, pero no eran tantos los aficionados que habían comprado sus discos, y eso que los editó por decenas. Los eruditos de la 'cosa progresiva' y los amantes de los solos majestuosos de guitarra lo idolatraban y se deshacían en elogios sobre él. Ensalzaban su formación musical (Igor Stravinsky, etc.); sus elepés antológicos, como 'Freak out!', su carrera paralela de sinfonías y experimentación, su trayectoria de mosca cojonera y azote de hippies y conservadores... Zappa y su música eran palabras mayores desde el punto de visto artístico, y además en 1985 había comparecido en el Senado estadounidense para oponerse a la clasificación de las letras de rock por su contenido más o menos explícito. Eso daba lustre político e intelectual.

Pero a otros nos despertaba curiosidad porque no dejaba de ser sencillamente un grande del rock, un tipo extravagante, complejo, cuya brillantez era perfectamente reconocible para todo el mundo y que estaba un paso por delante de sus coetáneos (o en otra galaxia, según quien opinara). También nos daba morbo, admitámoslo, porque había dado su nombre a una conocida discoteca de Bilbao, un sitio frecuentado por muchos fumadores de porros, especialmente pasivos. En cierto modo, se trataba de rendir homenaje a quien se había convertido en emblema de aquel escenario iniciático (que se dice ahora).

Zappa se presentó en Bilbao tal y como era. Lucía bigote y una 'mosca' bajo el labio inferior; era su 'look' característico, aunque la 'mosca' había encanecido un poco. Parecía de buen humor, ataviado con una camiseta, un pantalón hindú de esos que ahora llaman 'cagados' y unas babuchas. La estrella encendió un cigarrillo y dirigió a sus músicos con una batuta que movía con tranquilidad. Eran doce instrumentistas que habían salido de gira con un repertorio inagotable, desde material reciente de su jefe a una versión de Led Zeppelin, pasando por piezas de vanguardia. Zappa alternaba la batuta y los largos punteos de guitarra mientras fluían del escenario 50.000 watios de jazz-rock, blues, música experimental, arias y vaya usted a saber qué retales estilísticos más.

Fue una velada rara. La Casilla no se llenó ni de lejos y de todos es bien conocido que la acústica del pabellón era de un horror insuperable (como la de una lata gigante de sardinas). Pero en el estruendo se podía distinguir la precisión y el control de los intérpretes. Zappa sorprendió al final con una versión bastante ortodoxa del 'Bolero' de Maurice Ravel y enarboló una bandera del Athletic en un bis. En total, cerca de dos horas que se cerraron con un solo de guitarra.

Crítico, satírico, el artista ya inspiraba entonces la nostalgia de épocas pretéritas, aunque estaba atento a los nuevos tiempos. A finales de los ochenta se había apuntado a los cedés y apoyaba la difusión la música mediante redes telefónicas. Falleció en 1993, cinco años después de actuar en Bilbao. Si aún viviera y regresara a La Casilla, lo haría con 75 años, y el más joven de sus admiradores tendría cerca de 50. Ciertamente, ha pasado el tiempo.

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