Sonidos fantasmagóricos

Antes de pasar a la acción, un poco de filosofía... En 'Espectros de Marx', uno de los libros más controvertidos de su obra tardía, el posestructuralista francés Jacques Derrida recurría al fantasma, como figura problemática y ambigua, para repensar la singular tenacidad de las ideas marxistas después de la Guerra Fría, es decir, tras la muerte del comunismo y el advenimiento triunfal de la democracia y el capitalismo liberal, tal y como profetizó Francis Fukuyama. El neologismo 'hauntología', que juega a la homofonía a costa de la ontología, sugiere que el presente sólo existe respecto al pasado y esa sociedad posterior al fin de la historia comenzará a orientarse a partir de ideas y estéticas de un tiempo pretérito. ¿Les suena?

Esta tesis retrata el paradójico estado del espectro, que es simultáneamente presencia y ausencia, algo que está pero nunca existió («es y no es» en perfecta sincronía). Promueve la nostalgia donde no la hay. Es una representación del pasado que nos hechiza y perdura en el futuro. El reputado crítico literario Fredic Jameson argumenta que la espectralidad certifica que «el presente es apenas autosuficiente como dice ser, que no debemos fiarnos de su solidez y su densidad, pues ambas nos traicionan en circunstancias extraordinarias». El fantasma no sería sino «una voz del pasado que busca mantener en secreto un trauma alojado en el inconsciente colectivo».

En su obra 'Victorian Hauntings', Julian Wolfreys subraya que lo espectral palpita en el corazón de cualquier relato moderno en cuanto condición esencial de la creación literaria. En ese sentido, como si se tratase de un portal interdimensional, «contar una historia implica siempre invocar fantasmas, abrir un espacio a través del cual algo regresa». Los espectros excederían toda modalidad narrativa, género o manifestación textual. La hauntología ensancha los límites de los estudios literarios para «construir un espacio donde podamos cuestionar nuestra relación con los muertos, examinar las identidades elusivas de los vivos, y explorar el límite entre lo pensado y lo impensado».

En realidad, la sombra del fantasma no ha dejado de planear sobre gran parte de las expresiones artísticas surgidas en la primera década del siglo XXI. A fin de cuentas, citando a Arthur C. Clarke, «cualquier avance tecnológico es indistinguible de la magia». La imagen cinematográfica, presa aún de sus raíces fantasmagóricas, siempre «estará encantada». La filmografía del canadiense Guy Maddin así lo confirma cuando explota con talante posmoderno y neoexpresionista el añejo regusto de la estética de la edad dorada del cine alemán, la entrañable escenificación del melodrama en el clásico mudo y los severos estudios que en el campo del montaje desarrollaron los popes soviéticos. Del mismo modo, los fotogramas de 'El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas', el filme que le valió a Apichatpong Weerasethakul la Palma de Oro en el Festival de Cannes, se sumergen en los brumosos márgenes del pensamiento oriental, desligado por principios de cualquier racionalización mecánica, para trazar una reinterpretación en clave lírica y trascendente del 'pee neung baht', el tradicional cuento de fantasía tailandés.

Sin embargo, acorde a críticos como Mark Fisher, el espectro se exhibe en todo su esplendor en las «ficciones sónicas», un término acuñado por Kodwo Eshun que demostraría que «el espíritu de nuestro tiempo es esencialmente hauntológico», porque la música de vanguardia nos ha embrujado con «hechos que jamás acontecieron o futuros que no llegaron a materializarse y permanecieron como fantasmas». Simon Reynolds y el propio Fisher, autores del referencial 'Retromania', utilizaron por primera vez en 2005 la etiqueta 'hauntology music' para aglutinar a una hornada de músicos, en su mayoría británicos, que, desde cierta afinidad atmosférica y evocadora, exploraban la nostalgia vinculada a la estética del desgaste y el sampleado arqueológico. El escritor Patrick McNally propuso un año después el vocablo alternativo 'memoradelia', que captura la noción de inconsciencia colectiva, pues el fantasma de nuestra vida pasada retorna para encontrarnos como recuerdo personal de ese tiempo perdido que parece conjurar la magdalena de Proust.

Para consumar esta poética mixtura de electrónica analógica, folk psicodélico, noise, dark ambient y library music, los hauntologistas, en un acto de rebeldía contra la actual industria cultural, hallan su laboratorio de ideas en los mercadillos callejeros y las tiendas de segunda mano, con la intención de localizar las migajas de un modelo cultural hoy en descomposición. Como «un museo polvoriento que ha vuelto a la vida» (Mike Powell), cualquier material arcaico es susceptible de caer en las redes del apropiacionismo hauntológico y la reimaginación fantasmagórica de un pasado que define nuestra existencia: crujidos, zumbidos industriales, ruido abstracto, elementos de música concreta en forma de emisión radiofónica, bandas sonoras de viejos programas de televisión y películas pulp (sobre todo, ciencia ficción y «horrores folclóricos» como 'The Wicker Man'), las melodías destinadas a los bailes de salón, psicofonías, grabaciones familiares, sintetizadores...

Referentes

Ahora bien, ¿cuáles son los referentes específicos del movimiento? La obra de John Carpenter y Robin Hardy, los poemas y los relatos de Edgar Allan Poe, el cine europeo de corte surrealista de la década de los setenta, los experimentos sonoros de Orson Welles, el folk apocalíptico de Current 93 o la IDM (el acrónimo de 'Intelligent Dance Music') facturada por la santa trinidad del sello Warp, Aphex Twin, Autechre y Squarepusher.

Aunque Broadcast y Boards of Canada fueron en cierto modo pioneros, es el sello Ghost Box el que más ha hecho para lograr que el sonido hauntológico cobre cierta relevancia. Sin embargo, merece la pena detenerse en el caso de James Leylan Kirby, que habitualmente firma sus LPs como The Caretaker. A partir de la tesis médica según la cual los enfermos de Alzheimer en fases avanzadas de la enfermedad son todavía capaces de recordar las canciones que marcaron su infancia, Kirby ha jugado una y otra vez con el funcionamiento de la memoria. Atmósferas neblinosas, crujidos de vinilo y ruidos estáticos, piezas jazzísticas de ultratumba y melodías de viejos seriales de la radio. En ocasiones, sus cortes terminan de forma abrupta, como pequeños fogonazos mentales, instantes del pasado que van y vienen más allá de toda lógica. Un viaje a un lugar que quizás nunca haya existido.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate