La misteriosa Kadhja Bonet

La artista./
La artista.

La artista californiana, que ha debutado con un disco fascinante e intemporal, es una creadora autosuficiente que compone, canta y envuelve sus melodías en violines y flautas

CARLOS BENITO

La primera escucha de Kadhja Bonet produce una sensación muy extraña, porque el oyente no sabe bien dónde ubicar esa música. La desorientación se refiere tanto al estilo como a la época: las canciones de la artista californiana suenan siempre clásicas, elegantes, con su instrumentación acústica y sus suculentos ingredientes de jazz, soul y bossa nova, pero se resisten correosamente a lucir cualquiera de esas etiquetas, y tan pronto parecen una joya perdida y enigmática de décadas pasadas (de los 60, quizá incluso de los 40) como revelan discretamente, casi pudorosamente, su estricta contemporaneidad. Incluso, en ocasiones, sopla en ellas un aire extrañamente renovador, como si en realidad se tratase de standards del futuro. La propia Kadhja es una curiosa criatura que prefiere refugiarse en las sombras y arroparse en sus misterios, hasta el punto de que su biografía oficial es un breve párrafo de broma donde dice que nació en 1784.

No hay muchas cosas en el mercado musical de hoy en día que puedan compararse a 'The Visitor', su primer álbum, autoeditado el año pasado y recién relanzado por el sello Fat Possum con un par de canciones extra. Kadhja compone todo el material (excepto las dos versiones, de Jaco Pastorius y Milton Nascimento), canta con voz impregnada de soul pero libre de los excesos y clichés tan habituales en el género y, además, toca la mayor parte de los instrumentos, como la guitarra, el violín y la flauta. Ah, también produce el disco, con la asistencia de su único cómplice habitual, el compositor y multiinstrumentista Itai Shapira. El resultado tiene poco que ver con los voluntariosos intentos de otros 'juan palomos' debutantes: al escuchar el lujo de cuerdas y flautas de un tema tan prodigioso y tan intemporal como 'Honeycomb', uno se imagina a algún veterano arreglista cobrando a precio de oro su aportación. Y no, todo eso es Kadhja, envolviéndose a sí misma en sus flautas, sus violines y sus propios coros.

La música como frustración

Más allá de ese dato de que la Revolución Francesa le pilló con cinco añitos, no sabemos mucho de Kadhja Bonet, poco amiga de entrevistas y mucho menos de confidencias. Según ha publicado el 'Guardian', es hija de un cantante de ópera y una violonchelista y creció con sus cinco hermanos en San Francisco (también la actriz Lisa Bonet es hija de un cantante de ópera y procede de la ciudad californiana, así que, ejem, algo tendrán que ver). Estudió violín y viola en el conservatorio y sus padres habían diseñado para ella un futuro como concertista, pero la joven Kadhja cambió de carril artístico y empezó a estudiar cine en la Universidad del Sur de California, aunque finalmente ha vuelto a la música, quizá de una manera distinta a la que su familia deseaba. Alguna vez ha admitido que, en la infancia y la adolescencia, la música llegó a convertirse para ella en una constante fuente de frustración: «Creo que alcancé el pico de mi capacidad cuando tenía 16 años y practicaba veinticinco horas a la semana, pero también me sentía desgraciada. Ahora soy una música mucho más perezosa y de un calibre muy inferior: siempre me siento insegura sobre mis capacidades y mis incapacidades, pero me siento mucho más feliz», explicó en una entrevista.

Esas dudas tan arraigadas sobre sí misma suelen llevar a Kadhja Bonet a eludir el delicado asunto de las influencias. La han comparado con artistas de todo tiempo y condición, desde Minnie Riperton hasta Björk, pero entre las pocas inspiradoras que ha citado ella misma figuran la pianista y vocalista de rhythm and blues Patrice Rushen y el trío femenino King. «Admito que siento disgusto cada vez que me comparan con alguien -ha admitido en una conversación con 'Northern Transmissions'-. No porque me sienta insultada: en realidad, creo que más bien suele ser un insulto para la persona con la que me están comparando. Pero me disgusto porque eso me recuerda que todavía no he llegado. Todavía tengo capas y capas de culturalización y de influencias que he de pelar antes de llegar a ser inequívocamente yo misma».