Fernando Rivas, el cerebro de un plan maestro

Rivas (d), con marín, tras la final. /
Rivas (d), con marín, tras la final.

El granadino quiso crear un deportista total y lo ha conseguido con Carolina Marín

LAURA MARTA

Citius, Altius, Fortius. Más rápido, más alto, más fuerte. Es el lema de los Juegos Olímpicos. Y también de Fernando Rivas, el cerebro de un plan maestro para mover los límites no del deporte sino del propio deportista. Creador de estrategias y técnicas revolucionarias para llegar a la perfección, es el hombre en la esquina de Carolina Marín, oro olímpico.

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Estudiante de Ciencias del Deporte, descubrió que en España no se entrenaba a los deportistas para ganar y 'abrió' su laboratorio para crear al atleta más rápido, más fuerte, más alto. Había sido jugador de bádminton, por lo que apostó por revolucionar el deporte que conocía, aunque fuera invisible en la sociedad. En su empresa se encontró con una niña sin demasiado talento, pero sí con más agallas y voluntad que nadie. Le cautivó su actitud cuando la vio competir en la final del Campeonato de España de 2006 contra Beatriz Corrales. A partir de entonces el binomio no se entiende el uno sin el otro.

Inquieto y siempre entregado a su causa, contó con los recursos que podía ofrecerle la Federación y su imaginación hizo el resto. Sin infraestructura ni bases, se encontró con un folio en blanco para diseñar su propio plan. Formado, con inquietudes y con capacidad para absorber y discriminar lo mejor de cada método, Rivas se paseó por Europa y por Asia para encontrar una fórmula mágica capaz de llevar a cabo su objetivo. Incansable en la búsqueda de la mejora, entiende el trabajo como lo único que hace llegar a la cima. Él es el primero que busca y rebusca en cualquier deporte y en cualquier país para adaptar lo mejor de cada disciplina al bádminton. Ventiladores, cámaras de hipoxia, entrenamiento mental todo vale para el propósito.

Ha convertido al bádminton en una batalla psicológica en la que él es el primer guerrero. Las bromas, las sonrisas y el acento andaluz que lo caracterizan en el trato diario lo deja aparcado en cuanto el bádminton se cruza en su mente. Trabaja hasta cuando duerme porque su cerebro no descansa hasta encontrar el ejercicio o la estrategia que haga de Marín una jugadora perfecta. Ni aún hoy, con un oro olímpico en el cuello, descansará. Siempre se puede ser más fuerte, más alto, más rápido.

Aunque se dará un tiempo para descansar. Una cervecita fría. Unas vacaciones. Lo necesita porque el engranaje de Carolina ha sido tan meticuloso como perfecto. Ella quería ser la mejor desde aquel 2006. Él, ser el entrenador que llevara a una deportista hasta una final de unos Juegos. El proyecto, en principio, marcaba como fecha para lograrlo Tokio 2020. Carolina Marín ya lo ha conseguido, en Río 2016. Detrás, en la esquina, el cerebro, un adelantado al tiempo.