Análisis

El ingrato papel de escudero en la F1

Lewis Hamilton y Valtteri Bottas. /Maxim Shemetov (Reuters)
Lewis Hamilton y Valtteri Bottas. / Maxim Shemetov (Reuters)

Bottas es el último que, eclipsado por Hamilton, se ve obligado a tragar con ser el segundo

DAVID SÁNCHEZ DE CASTROMADRID

No todos valen para ser segundos pilotos. La labor de jugar a favor de otros, tan común en deportes como el ciclismo (imposible de entender sin la figura del gregario), es algo que cuesta más de aceptar en el automovilismo.

Desde siempre, la Fórmula 1 ha sido un campeonato de equipos que ganan los pilotos. Esta dualidad hace que la figura de las órdenes de equipo, tan justas como necesarias, sean aún a día de hoy muy criticadas. Incluso desde dentro del equipo Mercedes, que ha sido el último en usarlas, han tenido que pedir perdón... aunque no han hecho nada malo.

Valtteri Bottas llegó a Mercedes sabiendo lo que había: Lewis Hamilton era, es y será el primer piloto del equipo. Hasta que no demuestre lo contrario, el finlandés será su ayudante, su escudero. No ha dejado muestras de que merezca otro trato, y en un momento en el que el británico no quiere ni debe perder ningún punto, le toca tragarse el sapo... aunque el sabor le deje cara de pocos amigos.

La figura del segundo piloto es tan vieja como la propia Fórmula 1. Al lado de los míticos Fangio y Farina estaba Fagioli; con Lauda compartía box Regazzoni; y cuando Senna tuvo a Berger, la calma llegó a McLaren. Sin ir tan lejos, Rubens Barrichello se convirtió en el eterno escudero de Michael Schumacher, antes de que Felipe Massa se hiciese con ese papel. O el propio Fernando Alonso, que siempre ha sido el líder de su equipo, tanto antes cuando luchaba por victorias o títulos, como ahora en sus últimos estertores en la Fórmula 1.

Dos gallos en el gallinero: mala solución

Tener un piloto líder y uno segundo es, a la vista de los hechos, la mejor decisión que pueden tomar en cualquier equipo. Históricamente, cuando en un mismo equipo hay dos 'top', ha sido causa de guerras internas. Las de Senna y Prost o Alonso y Hamilton en McLaren, o la del propio Hamilton con Rosberg en Mercedes, fueron batallas sobre las que se escribieron hasta libros.

Es por ello que, cuando surgen los dignos que ven casi un sacrilegio las órdenes de equipo, es conveniente recordar lo que ocurrió cuando esa igualdad entre pilotos les dejó fuera de juego. Räikkönen, por ejemplo, ganó el Mundial de 2007 gracias a que Hamilton y Alonso se las tuvieron de todos los colores. El caso del finlandés es harto curioso: fue primer piloto de Ferrari el año que ganó, pasó a ser escudero al siguiente y, tras su retiro y regreso, se vio de nuevo en la Scuderia siendo vapuleado por Fernando Alonso, primero, y por Sebastian Vettel ahora.

El propio Vettel, víctima y causante de las órdenes de equipo del domingo en Sochi, admitió tras la carrera que era lo lógico: «Bien hecho a los dos, jugaron muy bien como equipo. En la posición en la que se encuentran era obvio lo que hicieron». Poco más se puede añadir, sobre todo por parte de un Vettel que, tanto en Red Bull como ahora en Ferrari, fue el beneficiado por las decisiones a favor de sus jefes.

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