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Entrenar a puerta cerrada

Existe alrededor del fútbol una mística desproporcionada alrededor de las sesiones de entrenamiento, que no dejan de ser más que eso: ensayos

Javier Barbero
JAVIER BARBERO

Vaya por delante que cada uno trabaja como considera oportuno. Sucede en cualquier categoría laboral, cada profesional hace las cosas a su manera y lo que importa, siempre, es el resultado final. Existe alrededor del fútbol una mística desproporcionada alrededor de las sesiones de entrenamiento, que no dejan de ser más que eso: ensayos que persiguen mejorar el tono individual y colectivo y en los que se busca asemejar situaciones que se producirán durante los partidos oficiales. Entiendo que cada entrenador desee trabajar esos conceptos desde la discreción, ajenos a miradas indiscretas que casi siempre proceden de los mismos aficionados que llueva o truene acuden a ver in situ los entrenamientos y que resultan ser hinchas de tu propio equipo. Aficionados locales cuyo divertimento y principal ocupación matutina es ir a ver cómo se ejercitan los mismos futbolistas a quienes animarán en la cancha pocos días después.

Porque no nos engañemos, por mucha cercanía geográfica que exista, nadie del Barakaldo o el Izarra va a enviar emisarios secretos a Santander que elaboren detallados informes sobre las intenciones de Iván Ania. En el fútbol, como en el Cesid, los espías trabajan de otra forma. En la era de las comunicaciones e internet, cualquier técnico tiene a su alcance los vídeos de todos los partidos que hasta el momento haya disputado el Racing, que es en donde cualquier equipo muestra hasta las costuras de lo que haya trabajado hasta la fecha. Y como no se pueden poner puertas al campo, todas las semanas en cualquier estadio, ahí sí, hay técnicos –casi siempre entrenadores en paro o exfutbolistas ávidos de banquillo– que elaboran informes al mejor postor, habitualmente para los próximos rivales del equipo en cuestión.

Por eso, aunque lo respeto, no entiendo eso de trabajar los jueves a puerta cerrada. Suele ser un síntoma de inseguridad en cualquier equipo. Y nadie me tiene que convencer de lo contrario, porque yo vi al Racing clasificarse para jugar la Copa de la UEFA sin entrenarse ni un solo día a puerta cerrada. En Primera División, claro. Cuando otros equipos sí tenían presupuesto y medios para mandar un ejército de espías que grabaran a Ezequiel Garay desde trescientos ángulos diferentes lanzando los penaltis o contando uno por uno los pelos de la axila de César Navas en cada ocasión que levantaba el brazo para tirar la línea de la defensa.

Me explicaban con buen criterio hace tiempo, y así lo creo, que los entrenamientos a puerta cerrada son una milonga. Básicamente, porque aunque conozcas de memoria las jugadas de estrategia del equipo contrario, que se sepa, ninguno de sus futbolistas es un robot o una máquina que se programa de antemano. Es decir, que en el fútbol siempre interviene el error humano para que se produzcan los goles. Que se lo digan al defensa de la Cultural de Durango que el otro día se despistó apenas un segundo. Un mínimo suspiro que sirvió para que Dani Segovia le ganara la posición y rematara a puerta vacía. Y así funciona esto siempre, oigan. Lo contrario nos abocaría al fútbol perfecto de pizarra: el empate cero. Y qué aburrido e infumable sería entonces. Mejor así.

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