El pelotari que marcó al Mirandés

Ceciaga fe un extremo izquierdo lúcido, escurridizo y con un pase preciso con vocación para el remate del compañero

Ceciaga, en una de sus pocas fotografías como futbolista./
Ceciaga, en una de sus pocas fotografías como futbolista.
Raúl Gómez Samperio
RAÚL GÓMEZ SAMPERIO

De nuevo emprendemos camino a Miranda del Ebro, intentando deshacernos del mal sabor que producen errores de bulto de quienes no intervienen en el juego (eso dicen), pero que a la hora de la verdad marcan más tantos que los delanteros y los evitan más que muchos guardametas. El pasado sábado le tocó al árbitro abortar la vida de un gol tras la brusca interrupción de la salida de Iván Crespo, porque el portero racinguista fue empujado y derribado en su intento de despeje en el área pequeña, donde supuestamente se le protege de tales acciones. Es una buena disculpa para reclamar la recuperación del juez de gol ante la acumulación de futbolistas que en un momento dado puede ocultar fechorías que queden inmunes, sin testigos ni pruebas que delaten la culpabilidad de restar dos puntos a un equipo y la de sumar uno a otro sin que ambos se lo merezcan. Pero así es el fútbol sin VAR.

Así que sin avasallamientos dentro del área chica prefiero viajar a Miranda con recuerdos más agradables, olvidándome del colegiado Rezola Etxeberría, su ceguera y su pésima colocación, y evocando a un jugador racinguista entre 1946 y 1949, Imanol Ceciaga Arízaga (Mondragón 1920-2010), que con permiso de Iván Ania convoco para el partido de hoy como autor del primer gol que el Racing marcó al Mirandés allá por 1947.

Fue el 29 de septiembre de ese año cuando ambos equipos se enfrentaron por primera vez. Tal y como lo hicieron el sábado, compitieron en una categoría que para el Racing suponía cierto deshonor, la Tercera División. Recién descendido, el equipo cántabro llegó a Miranda despertando un enorme interés, no en vano era el favorito para ser campeón de grupo y uno de los más firmes candidatos para el ascenso, único objetivo que todo el entorno del club se había fijado. La superioridad racinguista se evidenció en Miranda, donde el entrenador, el legendario Mr. O'Connell, alineó a Paquillo; Suárez, Lozano; Felipe, Germán, Lorín; Tines, Pío, Saras, Moro y Ceciaga.

Siguiendo la crónica de El Diario Montañés, podemos decir que los jugadores del Racing comenzaron el partido haciendo «una magnífica exhibición, siendo aplaudidos por el público» que reconocía «la superioridad de los montañeses». Eran otros tiempos. Durante la oleada de este dominio llegaría el gol. El equipo cántabro movió el balón haciendo participar de la jugada a toda la delantera, «siendo coronada por Ceciaga, que de un magnífico tiro sesgado marca el primer tanto de los forasteros». Ya en la segunda parte, Moro se encargaría de anotar el segundo con el que finalizaría el encuentro.

Ceciaga fe un extremo izquierdo lúcido, escurridizo y con un pase preciso con vocación para el remate del compañero. Le apodaban 'El Divino', pero muy pocos conocían que el apodo no era por su talento futbolístico, ya que Ceciaga se ganó aquel calificativo como prometedor pelotari que bebió de las fuentes del campeón Juan Bautista Azcárate, más conocido como 'Mondragonés'. Pero el fútbol se cruzó en su camino y aquel hijo de un cerrajero y una modista se dedicó a este deporte como profesional, superando las expectativas de sus tres hermanos, Lucio, Joseba e Ignacio, que jugaron en clubes modestos.

Del equipo de su pueblo, el Mondragón, fichó por la Real Sociedad de San Sebastián, con el que logró el ascenso a Primera División en 1943. Luego pasaría al Alavés (1943-44) y Maestranza de Logroño (1944-46). Tras hacer una prueba con el Real Murcia, los directivos del Racing se fijaron en él y le propusieron que se viniera a Santander cuando el entrenador era su paisano Pedro Areso. Y tras colaborar en el ascenso del Racing en 1948, pasó a la Gimnástica (1949-50), Jaén (1950-51), de nuevo Gimnástica (1951-52) y finalmente el Mondragón donde colgaría las botas en 1954.

Ceciaga, el pelotari que marcó el primer gol al Mirandés, renueva la confianza del Racing en la victoria. Que su divino apodo sirva para espantar cegueras arbitrales, fechorías que quedan impunes e inspirar goles a favor con magníficos tiros sesgados.

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