Alison Hargreaves o el arte de ser libre en contra de los prejuicios machistas

Alison deseaba ser la primera mujer capaz de escalar Everest, K 2 y Kangchenjunga sin oxígeno artificial./ZUMA PRESS
Alison deseaba ser la primera mujer capaz de escalar Everest, K 2 y Kangchenjunga sin oxígeno artificial. / ZUMA PRESS

La figura de la alpinista escocesa, desaparecida en el K2 en 1995 y madre de Tom Ballard, merece ser recordada como un modelo de determinación y fortaleza

ÓSCAR GOGORZA

Brillaba el sol, por encima de los 8.000 metros en el K 2 (8.611 m) y ni siquiera hacía viento cuando Alison Hargreaves adelantó al aragonés Pepe Garcés. «Voy arriba», musitó la alpinista británica Alison Hargreaves. Doce horas más tarde, una tormenta de viento huracanado la arrancó de las laderas somitales de la montaña. Sus seis compañeros, entre ellos Javier Oliván y Javier Escartín, también desaparecieron sin dejar rastro alguno. Ocurrió el 13 de agosto de 1995.

Alison, de 33 años, regresó a la memoria colectiva con fuerza cuando su hijo mayor, Tom Ballard, se convirtió, en 2104-2015, en el primer alpinista que escalaba las seis caras norte de los Alpes en solitario y en el mismo invierno. Su madre fue la primera persona en escalar en solitario, en verano, las mismas seis caras norte: fue en 1988 y estaba embarazada de seis meses cuando se adjudicó la temida cara norte del Eiger. El destino trágico alcanzó a ésta familia el pasado invierno cuando Tom desapareció en el Nanga Parbat a los 35 años de edad. Como su madre, Tom había decidido vivir para escalar, sin condiciones, con una determinación tan furiosa como la que animaba a su progenitora. Solo que nadie criticó la forma de vida de Tom, pero muchos alzaron la voz para afear la conducta «irresponsable de una madre» que escogía el camino de las expediciones antes que el cuidado de sus dos hijos.

La muerte de Alison despertó una tormenta crítica por quienes afeaban que una mujer eligiera estar en la montaña antes que cuidar a sus hijos.
La muerte de Alison despertó una tormenta crítica por quienes afeaban que una mujer eligiera estar en la montaña antes que cuidar a sus hijos. / ZUMA PRESS

La muerte de Alison despertó una tormenta crítica no solo entre la opinión pública sino en el seno de la propia comunidad alpinística: por un lado, se admiraba su valor como escaladora, pero no se le perdonaba su «egoísmo e irresponsabilidad» respecto a su familia. En esa época, los logros de los alpinistas masculinos se celebraban sin reservas, fuese el sujeto heroico padre múltiple o no.

Como en todos los ámbitos, las mujeres también han conocido un juicio severo, arbitrario y machista en su desarrollo como alpinistas. En 1986, Alison y Mark Twight abrieron una nueva ruta en la cara noroeste del Kantega, lo que impresionó a su compañero de expedición Jeff Lowe: «Una de las cosas a saber de Alison es que no era solamente fuerte para tratarse de una mujer; era sencillamente fuerte».

Pese al apoyo incondicional de los que se ataban a ella, Alison siempre tuvo que convivir con los prejuicios de género, con un runrún de habladurías de las que solo escapaba cuando alcanzaba las montañas.

Relatos de escaladas y ascensiones

Alison creció en Derbyshire (Reino Unido) y se crió como escaladora de roca en el Peak District, un lugar que recorría a la carrera buscando enlazar de forma fresca y contagiosa vías de escalada. El lugar ofrecía enormes posibilidades para la aventura, un deseo que descubrió a través de la lectura de relatos clásicos del alpinismo. Entonces, la literatura y el alpinismo observaban un nexo de unión tan sólido que alumbró numerosas generaciones de montañeros: sencillamente, los relatos de escaladas y ascensiones despertaban sin remisión cualquier atisbo de inquietud aventurera que escondiese el lector.

Alison siempre adoró éste escenario local, y en el diario que mantuvo toda su vida anotaba todas las ascensiones, con sus sensaciones y pensamientos, quizá para no perder de vista y regresar al escenario donde crecieron sus sueños. Durante su breve vida, aprendió a convertirse en una equilibrista capaz de manejar el ámbito del hogar con el entrenamiento y la financiación para sus salidas. Deseaba convertirse en la primera mujer capaz de escalar Everest, K 2 y Kangchenjunga sin oxígeno artificial. Meses antes de su desaparición, escaló el Everest desde su vertiente tibetana sin oxígeno, compañero ni porteadores de altura. Los testigos de sus últimos días en el campo base del K2 recuerdan que llegó a pedir a su oficial de enlace que llamase a los porteadores para abandonar la montaña. Después, cambió de opinión.

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Solía confesar abiertamente lo mucho que echaba en falta a su marido e hijos. Ahora, esa familia de cuatro miembros ha menguado dramáticamente hasta contemplar dos únicos miembros, padre e hija. James Ballard, marido de Alison, vendió sus pertenencias, pidió la cuenta en su trabajo y resumió su mundo a una furgoneta y a la compañía de su hijo Tom. Ambos se embarcaron en una 'road movie' en la que uno escalaba y el otro aseguraba. Vivieron en cámpings, instalados en las Dolomitas, donde Tom se convirtió en uno de los mejores escaladores de drytooling del planeta. Hablaban poco, vivían como una extraña pareja, como si persiguiesen los sueños de Alison.

Sería preciso escribir la biografía de James Ballard, ejemplo de altruismo, dedicación y compromiso familiar con el dolor como único premio final.