Así son las cholitas escaladoras: del «ustedes no pueden» de sus maridos a pensar en el Everest

Las mujeres bolivianas, en la cima del Aconcagua. /Reuters
Las mujeres bolivianas, en la cima del Aconcagua. / Reuters

«Cuando llegamos a nuestra primera cima entre toditas nos abrazamos». Y desde entonces estas bolivianas no han parado

ITSASO ÁLVAREZ

Hace tres años, once mujeres campesinas de Bolivia que trabajaban como porteadoras y cocineras para sus maridos, guías profesionales de los alpinistas que escalan las cimas de los Andes en el cerro Huayna Potosí, dejaron a los suyos estupefactos. «Queremos subir a las montañas. Queremos ver qué es lo que ustedes hacen allá», les dijeron. Llevaban tiempo barruntando esta idea. «Nosotras nos quedábamos en el campo base y cuando bajaban los turistas, bien alegres o bien tristes, una misma quería subir a hacer la cumbre para ver qué se siente allá arriba y por qué bajaban así. Esa curiosidad teníamos. 'Para subir a la cumbre no tiene que estar ni una cuerda colgada, ustedes no pueden', nos decían los hombres. Así que, ¿por qué no hacer la prueba y subir?», comenta Teodora Magueño.

Con las mismas, se organizaron. Es un decir, sin salario, sin alardes económicos, por tanto, con unas botas «viejillas» que les dejaron, once de estas mujeres subieron su primera montaña. Y lo hicieron vestidas tal cual, con los característicos ropajes, las enaguas, las mantas y los faldones que hablan de su humilde origen y que ellas llevan cada día, dicen, «como símbolo de su identidad». Corría el año 2016. Llegaron a su primera cumbre en un solo intento. Hicieron cima en el Huayna Potosí (6.088 metros de altura), «una experiencia dura y única». «Era como si estuviese volando en la cumbre, encima de la neblina», recuerda Elena Quispe, una de las más jóvenes. «Pensamos que iba a ser la primera y última vez, pero después nos hemos animado a subir otra montaña y otra y otra y así hemos llegado a conquistar varias por arriba de los seis mil metros para demostrar al mundo que nosotras también podemos».

Las cholitas, como se las conoce popularmente en Bolivia, son las mujeres indígenas y campesinas que durante generaciones emigraron a las ciudades en busca de una vida mejor. Consideradas durante décadas como de un estrato inferior, de hecho, la palabra 'cholas' o 'cholitas' se utiliza a veces de forma despectiva, existe la creencia en la sociedad boliviana de que las mujeres de esta 'casta' deben quedarse en casa, trabajar como sirvientas o como vendedoras ambulantes. Antaño y aún hoy, en realidad, estos oficios se consideran casi exclusivos para estas mujeres. Una de las características que las define es la vestimenta, compuesta por los siguientes elementos. Un sombrero de ala corta o mediana. Blusa o chaquetilla –de tela ligera en los valles y de tejidos más pesados en las regiones del altiplano–. Suele presentar bordados y acompañarse con un saco de lana o el aguayo, una manta hecha en lana de vicuña, alpaca y con flecos de macramé, que también les sirve de mochila. Y lo más llamativo: una pollera o falda de amplio vuelo y plisada bajo la cual llevan enaguas con o sin puntillas. El pelo lo tienen muy largo y lo llevan recogido en dos larguísimas trenzas sujetas con lazos.

«Independientes e invencibles»

El grupo de las escaladoras está formado por 16 mujeres, pero son seis las más activas. «Las otras han tenido sus esposos y sus bebés y, como el trabajo es un poco duro, lo han ido dejando». En estos años, se han hecho bastante famosas por sus hazañas y por lo llamativo de verlas surcar parajes con sus coloridos atuendos. Huayna Potosí (6.088 m), Acotango (6.050 m), Parinacota (6.350 m), Pomarapi (6.650 m), Illimani (6.462 m)...

Hace poco más de un mes coronaron el Aconcagua, que con sus 6.962 metros de altitud sobre el nivel del mar no sólo es una de las más imponentes elevaciones de la cordillera de los Andes. También es la montaña más alta de toda América, por delante del monte Denali, y el punto más alto del hemisferio oeste y del hemisferio sur. Ahora ya tienen en mente otra heroicidad, si son capaces de conseguir financiación, ascender el Everest. Pero de momento, como tienen experiencia en alta montaña y a estas alturas han hecho varios cursos de técnica para aprender, entre otras cosas, a subir paredes de hielo provistas de crampones, ya acompañan a grupos de turistas en su tierra, lo que les proporciona un dinero propio. En temporada alta, que empieza la última semana de mayo, escalan cada 15 días, a veces cada semana.

Lidia Huayllas Estrada es la coordinadora del grupo. Con ella estuvieron en Argentina Analía Gonzales, Dora Magueño, Cecilia Llusco y Elena Quispe. Unas y otras están más que orgullosas de haberse ganado el respeto de los montañeros de su comunidad. Ellas fueron las cinco cholitas que coronaron hace un mes el Aconcagua. «Somos independientes e invencibles», es la declaración de intenciones de las protagonistas de esta historia de emancipación y coraje, unas mujeres de origen humilde que, tras enfrentarse a prejuicios y supersticiones, han logrado convertirse en referente y fuente de inspiración para muchas alpinistas y para las que no lo son. «El sentimiento al llegar es lo más hermoso que uno puede sentir; es como estar en un paraíso. Me sentí libre de todo. Recordé que todos pensaban que ni yo ni mis compañeras íbamos a poder hacerlo. Pero demostramos con hechos y no palabras. Fue, realmente, una emoción única», evoca Lidia, a quien su hija Suivel acompaña en todas las escaladas.

Dos cholitas escalando una pared.
Dos cholitas escalando una pared. / Reuters