Juanjo San Sebastián: «Lo que te mata es la vida, no las montañas»

Juanjo San Sebastian ha recibido el premio WOP por transmitir los valores del alpinismo. /JMS
Juanjo San Sebastian ha recibido el premio WOP por transmitir los valores del alpinismo. / JMS

El alpinista reconoce que «si pudiera cambiar algo, me hubiese ahorrado ir a algunas expediciones; pero si me preguntas si me arrepiento de haber ido, la respuesta es no»

FERNANDO J. PÉREZ

Juanjo San Sebastián recibió hace unos sábado el Premio Fundación WOP, que reconoce su defensa y transmisión de los valores sociales del alpinismo. Porque si algo ha logrado este bilbaíno de pro a lo largo de su carrera alpinística más allá de los méritos deportivos es trasmitir en sus textos y conferencias el auténtico sentimiento de las montañas, ese que se asocia a valores como la ética, el afán de superación, el respeto al medio y el esfuerzo. Aunque él no lo vea como un final de etapa, precisamente ahora, con 63 años y disfrutando de una jubilación que le da todo el tiempo del mundo, vuelve a disfrutar de la escalada como cuando era joven «o más», porque la experiencia le permite apreciar «actividades más sencillas y cercanas que antes despreciábamos por nuestro ímpetu juvenil».

- Estos premios se suelen dar cuando se considera que el protagonista está al final de su carrera. ¿Es su caso?

- No. A ver. Yo jubilado estoy ya. Pero solo de mi trabajo de Kutxabank. En el resto de las cosas veo el futuro lleno de proyectos, de ilusión y de escaladas.

- Cualquier tiempo pasado fue mejor, alpinísticamente hablando?

- En ningún sentido creo que fue mejor. Aunque fueron muy buenos, desde el punto de vista de poder encontrar la soledad, de las emociones, de las ilusiones, porque cuando eres mas joven todo te sorprende más, todo te ilusiona más y todos te emociona más. Pero sí hay una cosa que ahora se da y antes no. Y es que tu ibas a a donde fuera, desde el Naranjo de Bulnes al Himalaya y estabas solo. Y ahora eso es imposible. Hay gente vayas el día de la semana que vayas.

- ¿Está de acuerdo con la crítica general que hay hacia el alpinismo que se hace hoy en día?

- Hablemos claro: Al alpinismo que hace la mayoría hoy en día. Porque creo que eso hay que matizarlo. Esto que ocurre tiene que ver con muchas cosas. Con que la industria del ocio ha multiplicado por siete su potencial en los últimos 40 años y la población mundial lo ha hecho en los últimos 150 años. Entonces esas cosas influyen en todo lo que pasa ahora.

- Explíquese.

- Hoy en día ocurren cosas contradictorias. La gente que marcha al Himalaya y que sale en los periódicos hacen cosas infinitamente menos interesantes de las que se hacía en los años ochenta, por ejemplo. Pero infinitamente. Y la gente que hace cosas verdaderamente interesantes no lo hace en altitudes extremas ni en expediciones de gran envergadura. Y como estas levantan menos expectativas mediáticamente hablando tenemos una visión deformada de las calidad del alpinismo que se hace ahora. Porque hoy en día se hacen unas actividades espléndidas por un número determinado de gente pero, como he dicho, no en altitudes extremas.

- ¿Falta cultura alpinística?

- Creo sinceramente que los medios de comunicación deberían preguntarse cómo transmiten las cosas y el valor que dan a cada actividad que se realiza en las grandes montañas. Y no solo los medios de comunicación. Porque creo que esa industria del ocio de la que hemos hablado antes y que ha incorporado el turismo de altura a su negocio tiene un movimiento y unas sinergias muy grandes que también influyen mucho. Toda la responsabilidad no es de los medios de comunicación, aunque estos deberían esforzarse para transmitir los verdaderos valores del alpinismo. Para mí que alguien se vaya al Cho Oyu con oxígeno y un sherpa y pretenda tener un reconocimiento en los medios me parece nefasto. Para él puede ser la experiencia de su vida, y en ese sentido es legítimo y está generando una industria, que por otra parte tendría que pasar todos los controles medioambientales y laborales necesarios, pero en absoluto tendría que tener un reconocimiento deportivo. Es como si alguien se va a un crucero que atraviesa el Atlántico y pretenda ser reconocido como un navegante. Ningún medio le daría el más mínimo reconocimiento. Pues en la montaña debería ser igual.

- ¿El dinero lo pudre todo, también en la montaña?

- Sí. Prácticamente todo. No todo, porque hay contrapesos importantes cuando entramos en ese tipo de negocios que deforman el sentido de las cosas y su esencia. Pero el dinero puede muchísimo. Desgraciada e inevitablemente.

Juanjo San Sebastián (Bilbao, 1955) es uno de los alpinistas nacionales más prestigiosos e importantes de la década de los 80 y los 90. Comenzó a escalar montañas a los 16 años y desde la alturas es «donde más vivo» se siente.
Juanjo San Sebastián (Bilbao, 1955) es uno de los alpinistas nacionales más prestigiosos e importantes de la década de los 80 y los 90. Comenzó a escalar montañas a los 16 años y desde la alturas es «donde más vivo» se siente.

- En su generación eran tan exploradores como alpinistas. ¿Eso hoy en día todavía es posible?

- Creo que es posible. Lo que pasa que cuesta mucho, porque te obliga a un esfuerzo intelectual muchísimo mayor en cuanto a la búsqueda de la información y te obliga a convencer a un patrocinador para que te pague una expedición a lugares que no van a general interés en los medios y por lo tanto no le va a a rentar un beneficio rápido y evidente. Hay que saber contar muy bien una historia. Y luego, y en ese sentido es bonito, obliga a hacer un esfuerzo de imaginación a la hora de contar las cosas. Porque según el tipo de aventura, y que conste que para vivir una aventura no hay que irte al polo sur ni a miles de kilómetros, el interés que tiene contar las cosas debería de ser un elemento más a incorporar a las expediciones de vanguardia. Y en ese sentido el Mendifilm me parece un escenario espléndido para tratar de contrapesar el poder del dinero en esta visión que pretendemos dar a la sociedad respecto a los valores y la esencia del alpinismo.

- Usted ha hecho mucho, pero ¿le hubiese gustado hacer algo más? ¿Tiene alguna espinita clavada que no se va a poder quitar?

- Siempre. No hay un alpinista que por mucho que haya hecho, no le hubiese gustado hacer más, porque no le ha dado tiempo o porque no ha sido capaz de hacerlas. Porque todos tenemos nuestras limitaciones. Claro que sí.

- ¿Todavía sigue teniendo sueños?

- Muchos. He dejado de lado los sueños lejanos a pesar de que por ejemplo este año he estado con mi hijo un mes andando por las montañas de Pakistán y ha sido una experiencia deliciosa, maravilla. Pero aún hoy en día, cuando pienso en montaña, pienso en superar mis límites. Cuando eres joven quieres ser el mejor y cuando eres mayor y te das cuenta de tus limitaciones, algo que no suele pasar cuando eres joven, simplemente quieres ser mejor. Y yo a veces consigo a los 63 años ser mejor de lo que era a los 30, porque el hecho de ir a escalar en roca de continuo te da un rendimiento que antes no conseguías cuando ibas a altas montañas y a grandes expediciones.

- ¿La percepción del riesgo también cambia?

- Hoy en día puedes escalar en un grado de compromiso y de riesgo altísimo pero yo ahora que estoy jubilado y me pagan por no trabajar aspiro a estar en esta situación el mayor tiempo posible. Así que procuro ir a vías muy difíciles para mí pero que no tengan un riesgo alto. Y disfruto mucho en ellas. Y además estoy conociendo paisajes que antes dejaba a un lado. Porque antes solo pensaba en la alta montaña. Y me iba a Picos y buscaba la alta montaña. Y me parecía una tontería escalar el Valdecoro, que esta junto al teleférico y no llega a los dos mil metros, porque tenía un montón de dosmiles altos y una cordillera abrupta e incluso hostil. Y hoy en día en esas tonterías me lo paso muy bien. Y el conocer esas tonterías me permite conocer cosas que antes casi despreciaba. Y eso es una maravilla.

- ¿Qué le da esa nueva perspectiva, la edad, la experiencia, descubrir los limitaciones de uno mismo con el paso de los años...?

- Seguramente te la da la propia naturaleza, porque obviamente no tienes las mismas facultades a los sesenta que a los veintitantos y todo ese sufrimiento que conlleva las expediciones a altitudes extremas yo al menos cada vez lo he ido llevando peor. Y la propia capacidad de soportar el sufrimiento de las altas montañas. Así que yo creo que ha sido la propia naturaleza la que me ha llevado a este cambio. Me he hecho más cómodo y ahora tengo menos ganas de sufrir.

-Pero lo suyo siempre han sido las grandes paredes.

- Y me siguen gustado mucho las vías de mucha envergadura. Puedo ir un día a hacer escalada deportiva en bordillos de 20 metros; pero un día. A mí me gustan las escaladas de envergadura y largas. Eso sí, con un nivel de dificultad en el que no me esté cayendo todo el rato, en el que vaya suelto. Es el tipo de montaña que me gusta. Pero dicho esto, eso me gusta hacerlo en un entorno agradable. Sin mucho frío y que no nieve mucho. Esas cosas que igual a otro con la misma edad le sigue apeteciendo pero a mí no.

- Hablábamos antes de lo que no hizo. ¿Y hay algo de lo que hizo que le sobró?

- Hombre, si pudiese volver 24 años atrás y darme la vuelta antes de llegar a la cumbre del K2 y poderle tener a Atxo Apellaniz aquí a mi lado, sin duda lo haría. Pero esas cosas no se pueden retroceder. Tú tomas las decisiones que tomas en el momento en el que las tomas. Y nadie, salvo el que está ahí viviendo la situación, tiene derecho a criticarla. A ver, por supuesto que cualquiera puede criticar u opinar sobre lo que hacen otros, faltaría más. Pero me refiero a que en última instancia quien juzga las actuaciones que uno ha tenido es uno mismo. Y las juzga en función de todos los condicionantes que ha tenido a su alrededor. Y uno cuando está en esa situación es el único que puede tomar esa decisión. ¿Que podría haber tomado otra? Por supuesto. A mí me falta un amigo que perdí y me sobra una cumbre que quizá si no hubiese subido mi amigo estaría aquí. Pero también digo muchas veces que las montañas dan más vida de la que quitan. Y que lo que te mata es la vida, no las montañas. Las montañas son pedazos de hielo y roca en las que nosotros proyectamos nuestras emociones y sobre las que nosotros construimos nuestras metas, emociones y todo lo que hace la vida más agradable. Todo ese deseo de alternar tu estado de ánimo en última instancia. De vivir una vida mas intensa.

- ¿Alguna expedición más de la que no guarde buen recuerdo?

- Me puede sobrar también alguna expedición que hice poco motivado, como la del Gyala Beiri a finales de los noventa, en el Tibet oriental. Incluso me puede sobrar la expedición al Everest de 1987. Aborrezco el Everest desde esa época, en la que todavía no iba mucha gente. Y aborrecí el valle de Khumbu. Ya desde entonces. Lo he dicho muchas veces y lo sigo pensando. Además no tengo ninguna pega en decirlo porque ha pasado mucho tiempo, 30 años, y no es un calentón, esa opinión está bien asentada. Yo al Everest no le encontré el más mínimo interés y desde entonces jamás deseé volver. Pero si me preguntas si me arrepiento de esa expedición o de otras mi respuesta es que no. Las únicas cosas de las que me arrepiento en la vida es de aquellas que creía que tenía que haber hecho y no hice. ¿Me sobra alguna montaña? Si pudiera cambiar algo me hubiese ahorrado ir a algunas montañas pero si me preguntas si me arrepiento de haber ido la respuesta es no.

- ¿El concepto que tenía de alpinismo y de las montañas le cambió en el K2?

- Nooo. El K2 quizá terminó con mi pasión por las montañas altas. Pero no el K2 de 1994, sino el de 1989, una expedición en la que todo salió mal, empezando por la elección de algunos de sus miembros, y que me hizo desenamorarme del K2 y de rebote de la montañas altas. Si volví al K2 en 1994 fue porque creía que no podía cerrar mi puerta del K2 sin participar en aquella expedición. Iba gente muy cercana a mí y con la que me sentía muy a gusto, era la vertiente norte, completamente desconocida para mí, era una de mis primeras visitas al Xinjiang chino... eran un montón de alicientes, a pesar de que ya para entonces veía muchos inconvenientes.

- Una tentación demasiado fuerte...

- Tú, cuando tienes veintitantos años y te ofrecen ir a una expedición gorda, no estás ante una elección sino ante una oportunidad. Solo puedes decir que sí. Cuando fue al K2 en el año 94 pude decir que no, pero me parecía que no podía decir que no. E hice una elección plenamente libre y consciente porque veía exactamente todos los inconvenientes que tenía. Y además tenía un mal presentimiento. Pero claro, si cada vez que tienes un mal presagio te quedas en casa entonces no sales en la vida. Lo peor en esta vida no es equivocarte en una decisión, sino no tomarla. Dejar de hacer cosas que crees que tienes que hacer. Por eso en el K2 de 1994, a pesar de ver todos los inconvenientes, preferí arrepentirme de haber ido que de no haber ido.

- En los años ochenta y noventa el himalayismo vasco, del que usted formó parte, tuvo una cierta repercusión internacional, se labró una fama que aún hoy perdura ¿Como ve el himalayismo que se hace hoy en día en Euskadi?

- La verdad es que no estoy muy al día de muchas cosas que se hacen. Sé que en seismiles y sietemiles se están abriendo vías y haciendo cosas interesantes y que merecen la pena. En ochomiles también se han hecho cosas interesantes como la travesía que Iñurrategi, Vallejo y Zabalza intentaron en los Gasherbrum o la que lograron en los Broad. Pero, y Alberto lo suele recordar siempre, son cosas que ya estaban hechas hace muchísimos años. Pero muchísimos. Cuando hablamos de récords olímpicos prácticamente todos se baten y mejoran cada pocos años. Sin embargo, en el mundo del alpinismo hay 'récords olímpicos', hay actividades que siguen vigentes después de treinta, cuarenta o cincuenta años. Ayer, mi amigo Aldo Audisio, que ha sido director del Museo de la Montaña de Turín y ha sido jurado en este Mendifilm, me regaló un libro de Walter Bonatti de una expedición del año 1958 de una vía que está sin repetir. Aquellos alpinistas eran grandes de verdad.

- Y por qué sucede eso. Por qué pese a mejorarse los materiales e incluso probablemente la técnica y la preparación física de los alpinistas sigue habiendo vías que no se han vuelto a escalar cincuenta años después.

- En algunos casos me da la impresión de que muchos buscan su momento de inmortalidad y prefieren abrir una vía, aunque no sea tan buena, que repetir otra legendaria ya hecha, aunque sea infinitamente más bonita y difícil. El otro día por ejemplo, estuve en Cuenca y el presidente de su federación me contó una cosas muy interesantes. Cuenca es un terreno espléndido para la escalada, sobre todo para la deportiva, y han regulado y limitado a cincuenta al año la apertura de nuevas vías. Y yo cuando veo gente abrir una vía nueva, con todo el trabajo que conlleva, no le entiendo, Con lo pesado que es y el tiempo que lleva, haciendo además algo que no es estrictamente escalar. No entiendo qué lleva a alguien a ir a un lugar donde hay mil quinientas vías abiertas y abrir una más, cuando sería un disfrute enorme hacerte primero esas mil quinientas vías. Pero somos así.

- Es el reflejo de la sociedad actual...

- Claro. Y todo ello, y volviendo al origen de tu pregunta, lo que te hace es tener un reconocimiento enorme a la gente de aquella época, que con los medios de entonces hacían cosas que hoy en día no están repetidas. Y que no solo no están repetidas, sino que ni siquiera se intentan. Cincuenta años más tarde, las gente ha rebajado tanto el listón que Herzog y Lanechal subieron al Annapurna (el primer ochomil hollado de la historia) ellos solos y hoy ves mucha gente que lo hace con un sherpa; o escalan el Cho Oyu con oxígeno y una sherpa al lado, cuando sesenta años antes, Herbert Tichy y Pasang Dawa Lama hicieron la primera ascensión prácticamente en estilo alpino.

- ¿Y si al Juanjo San Sebastián de hoy, cono todos sus años y experiencias acumuladas, le viene un 'juanjito' de veintipocos dispuesto a comerse el mundo pidiéndole consejo qué le diría?

- Le animaría. Le animaría sin duda. Jo; yo le animaría a hacer todos aquellos viajes de los que yo mejor recuerdo tengo. Y en todos esos viaje he pasado mucha incertidumbre, bastante miedo, muchísima hambre y dormíamos al raso, porque en casi todos ellos íbamos sin dinero. Con mi hijo salgo al monte o vamos a esquiar y siempre dormimos en refugios, hoteles o casas de amigos, y le suelo contar que cuando empecé a escalar con 15 años hasta después de volver de la mili nunca me alojé en una pensión. Siempre dormíamos en pórticos de iglesias, en cunetas, en cuevas... siempre. Vamos, es que yo iba a los Alpes y ni me planteaba gastar un duro en dormir. Primero porque ni lo teníamos. Recuerdo estar calentando una lata de alubias en la estación del tren cremallera de Mont Ambert, debajo de la tejavana, con toda la gente esperando para coger el tren. Es que no se nos ocurría siquiera ir a un hotelito. Como mucho íbamos al camping salvaje, que entonces se toleraba y tenía un ambiente increíble, porque todos eran como nosotros.

- Desde luego eran otros tiempos.

- Ese tipo de vida nos daba unos recuerdos y una sensaciones impresionantes. Todo estaba por escalar y tus amigos no habían escalado todavía las vías que tú también querías escalar, así que no tenías a nadie con quien compararte para saber si eras capaz o no de hacer una vías... Toda esa incertidumbre y toda esa escasez de recursos nos daban por otro lado una satisfacción enorme porque eran tantas las dificultades que había que superar... Ir por ejemplo a Picos de Europa suponía un viaje de dos días, solo para llegar. Y llegabas allí y no había nadie. Y los refugios no estaban guardados. Ninguno. El refugio de la vega de Urriello era una cajita de cerillas. Aquello era fantástico. Así que yo animaría a ese 'juanjito' que has dicho a construirse sueños que no le costaran dinero pero que le pusieran a prueba. Y que le pusieran a prueba en todos los sentidos. Es decir, tú no pienses en dar la vuelta al mundo en un crucero, piensa en la aventura que puedes correr aquí cerca con muy pocos medios. De la misma manera que te planteas ir a una montaña en estilo alpino en vez de poner cuerdas fijas.

- Después de ver cómo le brillan los ojos recordando esos viejos tiempos le repito la pregunta con la que empezamos la entrevista: ¿Todo tiempo pasado fue mejor o no, alpinísticamente hablando?

- Aquél tiempo pasado sí fue mejor. De escasez de recursos, de encontrarte muy poca gente en la montaña pero muy hermanada, sí fue mejor. El espíritu con que el afrontábamos las cosas... Vivíamos en una sociedad menos opulenta, y ya sé que decir esto con las bolsas de pobreza que hay hoy en día en nuestro país puede sonar fuerte, pero cuando se vive en la opulencia es muy dificil trazarse aventuras que te hagan vivir mal sin aparente necesidad. El gran boom de los alpinistas del Este a partir de los ochenta, su dureza y su gran capacidad de sufrimiento les viene porque sus condiciones de vida eran así. Porque vivían mucho peor que nosotros. Uno que vive instalado en la comodidad no se va a ir a un ochomil en invierno. Como mucho en verano, que es más llevadero.

 

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