El concierto de mi vida fue joan manuel serrat

El diputado cántabro viaja hasta agosto del 86 para recordar la noche que escucharía al catalán por primera vez

El concierto de mi vida fue joan manuel serrat
M. de las Cuevas
Félix Álvarez
FÉLIX ÁLVAREZ

Agosto del 86 caminaba hacia septiembre sin solución. Llovía como recuerdo que llovía hace tiempo en Santander: con cadencia, refrescando calentones, suavecito. Fue en la plaza de toros. Los más jóvenes no tendrán constancia de esto, pero hace años, más de los que quisiera y menos de los que necesito, los conciertos olían a albero y a chicuelinas.

En el ruedo había hileras de sillas formando filas rectas en paralelo al escenario. Un escenario que representaba una carpa de circo en tonos naranjas -quizá fuera una señal sutil de mi destino de ciudadano, seguramente fuese una casualidad-, y la oscuridad de la noche calurosamente nublada lo cubría todo. La lluvia empezó a caer con más intensidad.

Fila cuatro, asiento cuatro. Casi olía las cuerdas de las guitarras, las baquetas y las teclas del piano del maestro Miralles. Lleno hasta la bandera. No cabía ni la sombra de un alfiler. Todo preparado. Se apagó la luz y cayó sobre nosotros la oscuridad que precede a lo que deslumbra. Seguía lloviendo. Empezó a tocar la banda que no vimos entrar al circo simulado. Reconocí la canción con las dos primeras notas que sonaron.

No sé si lloraba de emoción o era la lluvia surcándome el rostro y, sin tiempo de aclararme, se encendieron las luces que daban vida y movimiento al escenario. Sólo faltaba él.

La banda desplegó en un preludio largo su maestría anunciando el concierto de mi vida. Y por un lateral, no recuerdo cuál, accedió despacio, sonriente, entre chulo y sobrado, el Noi del Poble Sec. Y comenzó cantando aquello de «todo pasa y todo queda», y creo que recuerdo que comprobé, definitivamente, que no era la lluvia, eran mis ojos.

Mi primer concierto de Joan Manuel Serrat. Luego llegaron decenas, pero aquel primer paseo que dio desde el lateral por el que no recuerdo que entró hasta el centro del escenario, acompañado por Machado y la melodía de Cantares, fueron los pasos más hermosos y emocionantes que recuerdo. Seguía lloviendo, o quizás lloraba. Como diría Aute, siempre «queda la música».

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