«El rock ha sido siempre una carrera de mestizaje»

«El rock ha sido siempre una carrera de mestizaje»
A. Ferreras

El Palacio de Deportes acoge esta noche 'Symphonic Ríos', una reinterpretación de los clásicos de Miguel Ríos

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

Miguel Ríos (Granada, 1944) se está divirtiendo. Es una de las consecuencias de mezclar una banda de rock con una orquesta sinfónica o lo que es lo mismo, el proyecto con el que gira actualmente; Symphonic Ríos. Una idea que está siendo muy bien recibida» y con la que este sábado sorprenderá en el Palacio de Deportes de Santander. Algunas de las canciones fundamentales de su carrera y del rock español como tal ('Santa Lucía', 'El blues del autobús', 'No estás sola'…) sonarán de manera muy distinta.

–¿Qué cara se le queda al público cuando escucha un violín en donde espera una guitarra eléctrica?

– Cara de felicidad extrema. Hay una prueba científica de que el rock sinfónico da placer. La vibración y las armonías tan amplias de una sinfónica, unidas a la inmediatez de una banda de rock es una fusión proclive al disfrute.

– Decía en una extensa entrevista con Juan Puchades (EfeEme), que le gustan los directos «distintos». ¿Más distintos que el rock y la música clásica?

– Esto tiene la novedad de oír las canciones con una nueva vestimenta sonora, que no trata de disfrazarlas sino que invita a situar sus cualidades. La primera vez que oí rock sinfónico con Procol Harum, en el año 68, ya me generó curiosidad. El rock ha sido siempre una carrera de mestizaje. Incluso Metallica ha utilizado orquestas sinfónicas. 50 músicos, mi banda, más toda lo que incluye alrededor...es como un regalo de fin de carrera.

– ¿Ya le han preguntado mil veces si esto es un regreso «oficial»?

– ¿Sabes qué pasa? Que cuando tienes que explicar por qué vuelves a cantar, tienes que buscar frases que diviertan. Que te inciten a la charla con el informador. Cuando dije que lo dejaba con el 'Bye bye Ríos' no pensaba en dejar de cantar el resto de mi vida. Lo haría en conciertos benéficos, dando voz a otros, devolviendo a la sociedad mucho de lo que me había dado, poniéndome a disposición del humanismo en el que creo a mí mismo, para no anquilosarme.

– Y volvió de nuevo acompañado por Ana Belén, Víctor Manuel y Joan Manuel Serrat

– Cuando decidimos hacer 'El gusto es nuestro' no lo consideré una vuelta formal. Era cantar unos cuantos temas con amigos en una gira muy light en cuanto a esfuerzo porque viajábamos mucho pero estaba repartido entre cuatro. Luego surgió la invitación del festival de Música y Danza de Granada.

«50 músicos, con mi banda y todo lo que hay alrededor, es como un regalo de fin de carrera»

– Algo que ha señalado como muy importante para usted

– Sí, ha sido muy importante para mí y para el género. Que el rock entrara por primera vez en el Carlos V, me pareció una oportunidad. Nunca pensé que hubiera alguien con el poco juicio de meterse en una gira con 56 músicos en escena pero ha ido saliendo todo eso. ¿Por qué iba a decir que no? Que la gente dijera que no tengo palabra no era el inconveniente.

– ¿Cuántas veces se ha arrepentido de decir que se retiraba?

– No me he arrepentido de decirlo; me pareció estupendo poder contar yo que me iba. Y poder hacer un espectáculo alrededor de una despedida con la gente que me ha mantenido sobre el escenario durante toda una época. Decir adiós a la francesa no me parecía muy educado.

– ¿Se siente en deuda con el público?

– La verdad es que creo que le debo prácticamente todo. El miedo a no gustar es uno de los más grandes que existe. Eres muy dependiente. Eso te crea una costra y una necesidad; si me llaman para tocar algo con lo que estoy de acuerdo y que obliga a estar en buena forma al narciso que llevo dentro, es una mecánica que realmente conforma al ser humano que yo soy.

A. Ferreras

– ¿Ha tenido que enfrentarse a sí mismo para seguir adelante?

– He tenido que pasar noches dudando, he tenido que tomar tranquilizantes, comerme el coco y soportarme a mí mismo cuando vienen mal dadas, algo que en este oficio ves inmediatamente, cuando tu trabajo no se recibe bien. En ese sentido, el conocimiento de uno mismo no tiene lugar para la piedad propia. Es el motor que te hace seguir. Si dejas el flagelo a un lado, aunque no sea tan dramático como suena, el acicate te permite seguir mejorando. Yo si no ensayo, no tengo la voz que tengo que tener, no llego a las notas y si no hay una motivación psicológica profunda, no lo haría. Tiene que haber un miedo rodando por dentro, una alerta. Eso son los mecanismos propios del ser humanos para seguir.

- ¿Convive bien con el silencio?

– El ser humano está lleno de ruido continuamente. Yo disfruto porque me conozco y sé que después del tumulto hay un libro, algo que quieres escuchar, hay un tú personal al que atender. Todo convive con la fragilidad y la grandeza del ser humano.

«El miedo a no gustar es uno de los más grandes que existe; te crea una necesidad»

- Este año ha grabado con Los Syrex. Desde su perspectiva, ¿Cómo ve a esas bandas que parecen haberse quedado con el éxito vinculado solo a una época?

- ¡No me lo han mandado el disco, los cabrones! A ver cómo explico esto. He tenido la virtud de mantener relaciones en un tiempo determinado que han trascendido todas las épocas. Con Leslie (vocalista de Los Syrex) tengo el mismo cariño que cuando le vi en Barcelona por primera vez. Se estableció una relación de camaradería, como los cristianos en las catacumbas.

- ¿Porque la vivían a escondidas?

- (Ríe) No, pero eso de saber que hacíamos una música que no era lo que más pedía el país, que era vocacional y veníamos de una cofradía en la que nos retroalimentábamos. No me hace falta verlos a menudo para hacer algo encantado cuando me llaman. Creo que cada uno admite su relación con el éxito de una forma muy personal. Todo este tiempo han seguido tocando, haciendo el mismo repertorio, no han arrastrado dificultades extras de seguir creciendo hacia otras partes. Todos ellos tienen profesiones paralelas. ¡Habría que preguntarnos a los que seguimos si teníamos otra cosa que hacer!

– ¿Usted tenía otras opciones al margen de la música?

– Yo no tenía más remedio que seguir porque todo lo que tenía detrás era peor que lo que vendría por delante. Tuve que coger al toro por los cuernos. O eso, o me daba la cornada. El castigo de no tener éxito es no poder hacer tu trabajo. Necesitas retroalimentarlo. Lo mejor es no tener cuentas pendientes con la vida; no puedes ser el 'capo di tutti'.

– Su ciudad natal ha hecho de la música un eje de dinamización con Granada Ciudad del Rock. ¿Qué le parece el proyecto?

– A mí desde luego lo que me emociona y me conforta ver que los chavales siguen buscándose la vida como sea. En una ciudad como Granada haría falta un estudio sociológico de altísimo nivel técnico para saber por qué esa ciudad ha concitado tantísima creación, pero no solo musical, sino también literaria, pictórica, teniendo un tamaño medio, con una dificultad para posicionarse, sobre todo dominada por un monumento que es un canto al orientalismo. Los músicos no son solo héroes locales, sino nacionales e incluso internacionales y que tengan esa preocupación por seguir en la ciudad, cosa que yo no pude hacer, es estupendo. Me parece cojonudo.

- Es doctor honoris causa de dos universidades. Tal y como están las cosas, hablar de una tesis es más arriesgado que el rock...

- ¡Ya lo creo! (ríe). Granada tiene una universidad acojonante que es el motor real de la modernización y lo que ha mantenido el pensamiento y no ha tenido más remedio que volcarse en la calle. Tiene que servir al sitio que la abastece y en ese sentido, cuando voy a Granada voy a una ciudad que, al margen del día a día, está en constante búsqueda. Málaga, por ejemplo, encontró el nicho del arte y Granada y la música.

– Otro granadino y amigo, Luis García Montero, está ahora al frente de la principal institución de enseñanza del español, el Instituto Cervantes.

– A Luis le he visto siempre con admiración; es un prodigio de ciudadano y, por añadidura, de granadino. Es un honor tener a un tío así, con esa bonhomía ahí situado. Las tesis que él tiene sobre lo que enriquece no envidiar, son una cosa acojonante.

– ¿Defender la ideología sigue siendo una utopía?

– Has dicho justo la frase de una canción que yo reformé, 'A todo pulmón' de Alejandro Lerner. Me dijo Pilar Bardem que como había escrito 'Buena o mala pero mía'. Se me ocurrió cambiarlo y dije: «bella como una utopía», la del que espera que pase algo. Cuando te das cuenta de la velocidad externa, seguir posicionándote ahí, en la defensa, es un esfuerzo ímprobo. El día a día es un trabajo duro para la sensibilidad, pero en esto nos ha tocado militar.

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