China avanza por tierras movedizas

China avanza por tierras movedizas

La guerra que le ha declarado Trump pone al país en apuros, y puede que la gran transformación socioeconómica que ha protagonizado no sea suficiente para amortiguar el golpe

ZIGOR ALDAMAShanghai

Siempre que se le presenta la oportunidad, Donald Trump afirma ufano que China está perdiendo la guerra comercial que le ha declarado. El presidente de Estados Unidos señala que su país ingresa decenas de miles de millones de dólares gracias a los aranceles que impone a los productos chinos, se regodea en las dificultades que muchas empresas dependientes de las exportaciones están sufriendo en el gigante asiático y, por último, subraya con orgullo que las compañías americanas están regresando a casa y creando puestos de trabajo en la aún primera superpotencia.

Por si fuese poco, el controvertido empresario metido a político recuerda que todavía tiene un as en la manga: un último arancel para gravar los productos chinos por valor de 300.000 millones de dólares que aún no tienen impuestos especiales. Si cumple su promesa, entrarán pronto en vigor. «No necesitamos a China. Honestamente, nos iría mucho mejor sin ella», sentenció Trump vía Twitter, al parecer su herramienta de comunicación favorita.

Desde Pekín, sin embargo, la situación se analiza de diferente forma. Aunque los líderes del país se muestran mucho más comedidos en sus declaraciones y prefieren llamar al diálogo para cerrar un conflicto que puede terminar lastrando el crecimiento económico de todo el mundo, la prensa oficial -en su papel de vocera del Gobierno- recuerda a menudo que la segunda potencia mundial no va a quedarse de brazos cruzados. Ya ha comenzado a gravar productos estadounidenses con un valor de más de 100.000 millones de dólares, y podría propinar un sonoro bofetón a gigantescas multinacionales americanas que tienen en el país comunista uno de sus principales mercados. KFC, por ejemplo, vende más pollo frito en China que en Estados Unidos. Lo mismo sucede con los vehículos de General Motors. Apple y Starbucks son dos ejemplos más de las grandes corporaciones que podrían verse más afectadas.

Hu Xijin, editor jefe del diario ultranacionalista chino Global Times, resumió así la situación: «La guerra comercial es mala, pero su efecto es menor del que Trump señala y estamos haciendo bien las cosas. China tiene munición para devolver el golpe, y a Estados Unidos le va a doler». Detalló en ese sentido cuáles son las bazas de Pekín: «Sin un mercado de 1.400 millones de personas, el sector agroalimentario estadounidense no tendrá adónde ir. La tierra se abandonará y los granjeros irán a la bancarrota. El mercado automovilístico chino también es ya mayor que el americano. China puede desarrollar la tecnología que necesita, pero Estados Unidos no encontrará un mercado que sustituya al chino».

El mercado interno, clave

Efectivamente, el consumo interno del gigante asiático ya es su principal motor económico. Es un cambio que representa la culminación de la profunda transformación socioeconómica que Pekín ha alentado para reducir su dependencia del exterior. En torno al 60% del crecimiento se genera ahora en el mercado interno, gracias al espectacular aumento de la capacidad adquisitiva de la población y la reducción del peso que tienen en la composición económica del país el comercio exterior y la industria, que han cedido su relevancia a un sector servicios que representa ya más del 51% de la riqueza. Sin duda, la demografía está de parte de China.

Pero hay datos que también dejan en evidencia las debilidades del Gran Dragón: el crecimiento económico se frenó durante el segundo trimestre del año hasta su ritmo más lento en tres décadas -un 6,2%-, y el gran superávit comercial del que disfruta China con el resto del mundo demuestra que las exportaciones son todavía un pilar fundamental de su riqueza y del motor de generación de empleo. Tanto es así que la guerra comercial se ve como el factor determinante en la devaluación de la divisa china, el yuan, que el último mes ha vivido su mayor caída desde 1994 y se ha situado en su valor más bajo de los últimos 11 años frente al dólar.

El Índice de los Gestores de Compras, que se utiliza a menudo como termómetro del optimismo de las empresas, tampoco resulta muy halagüeño. En julio volvió a estar por debajo de los 50 puntos -lo cual refleja una perspectiva negativa-, y en lo que va de año solo en tres meses ha superado esa cota. A esta coyuntura, además, se suma la ralentización del sector inmobiliario, la guerra tecnológica que afecta a Huawei y a más de un centenar de sus proveedores, y una ingente deuda en rápido crecimiento. Empresas, gobiernos e individuos pidieron prestado en la época de vacas gordas, y ahora cunde el temor a los impagos. Todavía son puntuales, pero diferentes analistas han advertido de que algunas de las estadísticas de la economía china actual son más preocupantes que las que llevaron a Estados Unidos a la crisis en 2008.

Miedo a perder el empleo, pese a no tener oficialmente un problema de paro

Oficialmente, China no tiene un problema de paro. La tasa de desempleo se mantiene estable por debajo de un 4% que lima las ligeras diferencias existentes entre el ámbito rural y el urbano. Pero incluso en ese último, que es el que más preocupa al Gobierno, la variable no supera el 5%. Desde Pekín afirman que incluso con el crecimiento económico más bajo de las últimas tres décadas es suficiente para crear los empleos urbanos que requiere el país. Son vitales porque la mayoría van a parar a jóvenes recién graduados, y porque de ellos depende la legitimidad del Partido Comunista al frente de la segunda potencia mundial.

El problema está en que muchos no dan credibilidad a estos porcentajes tan bajos y, en general, a las estadísticas oficiales que a menudo se han revelado manipuladas. «Antes la mayoría de mis amigos, y yo mismo, cambiábamos de trabajo a menudo. Era la forma más habitual de lograr mejores condiciones salariales y de avanzar en la carrera profesional. Las empresas se pegaban por el talento. Pero ahora eso se ha acabado y las perspectivas no son buenas», afirma Shen Haiyan, un informático que acaricia la treintena en Shanghái.

«Por primera vez desde que llegué a China hace casi diez años, veo que mis empleados están preocupados por sus puestos de trabajo y la rotación ha descendido bastante», concuerda el gerente de una empresa industrial vasca que pide mantenerse en el anonimato. «La sensación generalizada es que el golpe de la guerra comercial y tecnológica es más fuerte de lo que el Gobierno quiere hacer creer. Y nosotros lo comprobamos tanto en las ventas de nuestros productos en China como en las conversaciones que mantenemos con la competencia». El empresario critica la opacidad de los dirigentes locales, pero confía en que tengan un colchón bastante mullido como para hacer frente a una posible crisis. «A diferencia de otros países, China tiene mucho músculo para mitigar consecuencias adversas», sentencia.