El lord contra el magnate y una batalla entre leyes

El magnate Philip Green, a la izquierda, y el exministro Peter Hain, a la derecha./AFP
El magnate Philip Green, a la izquierda, y el exministro Peter Hain, a la derecha. / AFP

El exministro Peter Hain asocia un caso de acosos sexuales a Philip Green, cuya identidad era protegida por los tribunales

ÍÑIGO GURRUCHAGALondres

Las dos sentencias de los jueces británicos en el caso 'ABC v Telegraph' identifican al denunciante con las tres primeras letras del alfabeto porque, tal como explican, publicar su nombre equivaldría a rechazar la demanda de ABC antes de que el procedimiento judicial culmine con una sentencia firme.

La última sentencia del Tribunal de Apelación aceptaba, el martes, que los argumentos de los abogados de ABC tenían la suficiente entidad como para prolongar la prohibición al diario 'The Daily Telegraph' de publicar testimonios de supuestas víctimas de acoso sexual e identificar a ABC, que les habría compensado económicamente tras firmar contratos de no divulgación de lo sucedido

El tribunal dedica una parte de su sentencia a exponer lo evidente. Identificar a ABC es un sinsentido cuando no se ha dado un fallo definitivo sobre la prohibición. Los medios publicaron que «un destacado empresario» había logrado que los tribunales mantengan la prohibición temporal de identificarle y el populacho se dedicó a elegir entre sus sospechosos preferidos.

Hasta que el jueves, lord Hain, que como ministro de Tony Blair guió las fallidas negociaciones sobre la cosoberanía de Gibraltar con el Gobierno de José María Aznar, se puso en pie en la Cámara de los Lores y nombró a sir Philip Green como el ABC del caso judicial. Lo hizo en nombre del interés público y del aliento a las denuncias del movimiento 'Me Too'.

Complot en Putney

Hain pudo hacer lo que los medios no podían porque la ley da inmunidad a todos los parlamentarios por aquello que digan en el recinto de las cámaras legislativas. Hay precedentes de este tipo de desafío a los tribunales desde el Palacio de Westminster, o desde el 'Speakers Corner', rincón de los oradores, en Hyde Park, donde la inmunidad, no absoluta, protege a quien habla sin tocar el suelo diectanente con sus pies.

Green ya tenía reputación de malvado tras la quiebra de uno de sus comercios, la cadena BHS, que vendió por una libra a un empresario fantasmal y en unas condiciones que habían contribuido a crear un enorme agujero en el fondo de pensiones de los empleados. Tras agrias denuncias, también en el Parlamento, Green rellenó parte del agujero con su dinero.

Hain pudo hacer lo que los medios no podían porque la ley da inmunidad a todos los parlamentarios por aquello que digan en el recinto de las cámaras legislativas

Una búsqueda de imágenes de Philip Green en la web ilustra su prodigioso éxito en el mercado de la ropa y su popularidad con supermodelos, dignatarios, famosos o políticos. Qué fiestas, qué derroche de champán y de dinero, qué yates y tan permanentes bronceados. Un gran talento para ese negocio, sin duda.

Los detalles que tiene el 'Telegraph' están protegidos por la prohibición provisional de publicarlos dictada por el Tribunal de Apelación, pero algunas mujeres- la exsecretaria de un amigo o una exsecretaria de Estado de pensiones- han contado su experiencia del otro Green, brutal en desprecios y en cacerías sexuales.

Al magnate le ha pillado la divulgación de su secreto en un balneario de Arizona, y desde allí ha criticado a Hain, que ha tenido que proclamar que en ningún caso la firma de abogados que representa al 'Telegraph' y para la que Hain ha hecho algunos trabajos, le informó sobre la identidad de ABC, lo que constituiría quizás un delito de desacato a la Justicia.

Peter Hain, notorio también por su permanente bronceado, tiene historial en enredos judiciales. Nacido en Kenia y crecido en Sudáfrica, alcanzó fama en Reino Unido como activista contra el 'apartheid'. Hasta que un día entró en la sucursal de un banco en una calle de su barrio, Putney, se fue a una ventanilla, anagó tener un arma y le quitó al cajero el dinero que tenía

No probado, dijo el jurado que vio el caso, preservando su inocencia. Hain explicó al tribunal su hipótesis sobre lo ocurrido. El régimen sudafricano había encontrado un hombre que se parecía mucho a él. Un comando habría esperado en un coche aparcado en la calle a que Hain saliera a comprar un paquete de folios A4 para seguir escribiendo su libro y, cuando salió, su doble robó el banco. Había testigos de su itinerario por el barrio, pero los del interior del banco habrían confundido la identidad del malhechor con la del apuesto portavoz del movimiento antirracista que solía salir en la tele.

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