La estrategia del caballo de Troya sueco

Simpatizantes de la ultraderecha sueca. /AFP
Simpatizantes de la ultraderecha sueca. / AFP

La extrema derecha escandinava emula a otros ultranacionalismos y renuncia a desligarse de la UE para «cambiarla desde dentro»

Salvador Arroyo
SALVADOR ARROYO

Demócratas de Suecia, que en septiembre se convirtió en la tercera fuerza política del país paradigma del Estado del bienestar, ha sido el último partido de extrema derecha europeo que ha decidido abrazar la estrategia del caballo de Troya. Su líder, Jimmie Akesson, confirmaba esta misma semana en declaraciones a Reuters que la desconexión (ese 'swexit', espejo del 'brexit') ya no figura entre sus objetivos políticos. «No haremos ninguna demanda para salir de la UE o para celebrar un referéndum sobre la adhesión». ¿El motivo? «Nunca había habido tantas oportunidades como hoy para cambiar la UE desde dentro».

     Si se tienen en cuenta sus postulados políticos, los objetivos son claros: más nacionalización, refuerzo del cristianismo frente al islamismo, restringir la inmigración o prohibir la atención médica a los 'ilegales'. Se trata, en definitiva, de adaptar el proyecto a su gusto sin destruirlo. Porque Demócratas de Suecia, como en los últimos años han hecho otras formaciones que se mueven en la misma corriente, son conscientes de que promover la escisión puede restar votos. El 'brexit' demuestra que las consecuencias pueden ser caóticas. Un quebradero de cabeza innecesario para ciudadanos y empresas.

     No han llegado al poder en Suecia porque el Partido Socialdemócrata de Stefan Löfven aplicó el cordón sanitario alcanzando un difícil pacto de equilibrios con tres formaciones de centroderecha, pero el 17,6% del electorado que les apoyó es su mejor baza para ganar músculo en las elecciones europeas de mayo. La incógnita es si en ese asalto a Europa se plegarán al proyecto que abanderan los nacional populistas Matteo Salvini (la Liga) y Marine Le Pen (Agrupación Nacional, antiguo Frente Nacional). Confluyen en principios.

     El italiano, con su particular retórica, ha desgranado en los últimos meses los pilares de ese programa común. Habla de «seguridad, desarrollo, familia, defensa de las raíces cristianas de Europa» y, por supuesto, de «acabar» con lo que considera «burocracias que bloquean», fijando el punto de mira en la Comisión Europea. Traducido: meter la marcha atrás en el objetivo de una Europa más cohesionada, acotar (o recortar) los logros sociales y extender la xenofobia.

     Salvini abandera ese «frente de la libertad» que se construye desde hace meses bajo la sombra de 'The Movement', el grupo antieuropeo fundado por Steve Bannon, el estratega que llevó a Donald Tump a la Casa Blanca. Además de Le Pen, tiene el respaldo efectivo del holandés Partido por la Libertad. Y lo ha buscado en el de Ley y Justicia (PiS) de Jaroslaw Kaczynski, en el Gobierno en Polonia. También se reunió en septiembre con el primer ministro húngaro, Viktor Orban, cuyo partido, Fidesz, está integrado en el grupo de los populares en la Eurocámara.

     

     El caso polaco y húngaro

     

     Polonia y Hungría (en cabeza como receptores de ayudas europeas) serían puntales claves para Salvini por razones evidentes: sus derivas reaccionarias le convencen. Ambos guían con autoritarismo sus políticas y rechazan abrir las fronteras a refugiados. Pero, además, se sienten ultrajados por los expedientes que la UE les ha abierto por violar el Estado de Derecho. A Varsovia, entre otras cosas, por intentar coartar la independencia del sistema judicial. Al húngaro Orban se le ha reprobado por restringir la libertad de prensa, controlar el poder judicial e incluso se le ha acusado de nepotismo.

     Ninguno de estos líderes ha comprometido expresamente, por el momento, su entrada en ese grupo de asalto paneuropeo para los comicios de mayo. Y todo apunta a que el escenario se trazará en la propia Eurocámara a posteriori, en la conformación de grupos.

     La fórmula 'Salvini-Le Pen' tampoco convence al partido de extrema derecha español Vox. Su líder, Santigo Abascal, descartó hace escasamente un mes coaligarse con «fuerzas extranjeras». Y ahí está una de las claves, en la propia esencia ultranacionalista que complica el encaje de intereses particulares (pongamos, por ejemplo, el reparto de fondos europeos). La inmigración les une en una idea: cerrojazo. Pero les divide en las soluciones para los que ya viven en sus países.

     Y luego hay una tercera variable. Demócratas de Suecia, como Vox, también dice no a esa gran coalición. Akesson, de hecho, augura que «no tendrá éxito». ¿El motivo? La división sobre Rusia. Un ejemplo. Salvini (como Le Pen) han demostrado posiciones cercanas a Vladímir Putin (el italiano ha sido especialmente crítico con las sanciones de la UE a Moscú). Pero el polaco Jaroslaw Kaczynski rema en sentido opuesto. Desconfía. Siempre ha sospechado que el Kremlin está detrás de la catástrofe aérea de Smolensk (Rusia), en la que falleció su hermano Lech Kaczynski.

 

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