La crisis territorial sepulta el debate electoral

Juanma Moreno (i) y Pablo Casado. /Rafa Alcaide (Efe)
Juanma Moreno (i) y Pablo Casado. / Rafa Alcaide (Efe)

La confrontación sobre la situación en Cataluña es un escenario favorable para PP, Ciudadanos y Vox, pero es letal para el PSOE y Podemos

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

La crisis de Cataluña va a inundar los debates electorales que se avecinan en 2019, y que no serán pocos. Las municipales, autonómicas y europeas se celebrarán el 26 de mayo; las generales es probable que se convoquen en otoño; y no hay que descartar nuevos comicios en Cataluña. La confrontación por la política territorial divide y desmoviliza a la izquierda, muy segmentada ante este debate, pero une y moviliza a la derecha, siempre cohesionada en defensa de la unidad nacional.

Las últimas convocatorias electorales, Cataluña y Andalucía, han demostrado que en la dialéctica territorial las posiciones extremas rentabilizan sus posturas mientras que las tesis conciliadoras son penalizadas. El independentismo y Ciudadanos fueron los triunfadores de los comicios catalanes del 21 de diciembre de 2017 con discursos maximalistas que aplastaron las posturas intermedias de socialistas y comunes. Los liberales, Partido Popular (PP) y Vox protagonizaron con un lenguaje aguerrido un histórico cambio en Andalucía el 2 de diciembre pasado en detrimento de PSOE y Adelante Andalucía. Ante los desafíos territoriales, el electorado de la izquierda se fractura entre fieles irredentos y disconformes con la estrategia. Un problema que no tienen las formaciones conservadoras, cuyo ejército electoral no entiende de matices, crece y se moviliza como un solo hombre ante el riesgo, cierto o exagerado, de la disgregación nacional.

Los estudios demoscópicos demuestran que se ha agrandado la brecha ante el modelo territorial entre la derecha y la izquierda. Entre el 51% y 55% de los votantes de PP y Ciudadanos quiere una España sin autonomías o con menos competencias, según el sondeo del CIS de noviembre. En cambio, los votantes socialistas y de Podemos entre el 59 y 63% defienden el modelo territorial como está configurado o con más autonomía para las comunidades. Por resumir, la derecha demanda centralización y la izquierda, igual o más descentralización.

Estas posturas ante una crisis como la de Cataluña emergen con toda su crudeza. Los expertos en sociología electoral coincidían en que las políticas de la derecha con José María Aznar y Mariano Rajoy eran una fábrica de independentistas. Ese mismo consenso se ha dado la vuelta en los últimos años, y los soberanistas se han convertido en una fábrica de conservadores jacobinos.

La derecha, como se ha comprobado en Andalucía, está comoda en ese debate y remonta posiciones. Aunque no está representada por un solo partido, como lo fue el monolítico PP de Aznar y el de los primeros años de Rajoy, ahora está fraccionada en tres. Pero los populares, Ciudadanos y Vox abarcan ahora el mismo espacio electoral que el que ocupaba por sí solo el PP en sus mejores años. La suma de esas tres formaciones tiene al alcance la mayoría absoluta en el Congreso y así lo constatan las últimas encuestas.

Como también se ha demostrado en Andalucía, los tres están dispuestos a entenderse, aunque está por ver si esa sintonía se reedita en otros territorios y a escala nacional. Los populares lo dan por seguro, los liberales dicen que ya veremos.

Diferencias socialistas

Entre sus elementos cohesionadores sobresale su oposición frontal hacia la postura dialogante del Gobierno socialista con los independentistas de la Generalitat de Cataluña. Un común denominador que no existe en la izquierda. Los socialistas no cierran filas con la estrategia de Pedro Sánchez, y algunos barones como la andaluza Susana Díaz, el castellano-manchego, Emiliano García-Page, y el aragonés Javier Lambán, airean sin rubor las diferencias. En el universo socialista cohabitan estas posiciones con las ideas federalizantes del catalán Miquel Iceta o de la balear Francina Armengol. Agua y aceite.

Unas discrepancias que se capilarizan en su electorado y encuentran su mejor cauce de expresión en la abstención. El PSOE perdió en Andalucía 400.000 votos que, en su mayoría, se quedaron en casa, y en menor medida se trasvasaron a otros partidos «más firmes» en la defensa de la unidad de España y la mano dura con los secesionistas. Lo mismo se puede decir con Unidos Podemos, que vio evaporarse 300.000 sufragios, aunque en su caso intervienen además otros factores.

Un dirigente socialista bromeaba con ribetes tremendistas con que durante la Guerra Civil los líderes republicanos lanzaban soflamas con la tesis de que Madrid iba a ser la tumba del fascismo. Pues bien, ahora, decía este diputado, Cataluña puede convertirse en la tumba política del socialismo y la rampa de lanzamiento de fuerzas como Vox, tan atractivo hoy entre la derecha como lo fue Podemos entre la izquierda hace cuatro años.

Un escenario que puede envenenarse más con el juicio a los líderes del 'procés' que comenzará en enero y que, a buen seguro, exacerbará los ánimos de todos en puertas de la triple jornada electoral del 26 de mayo. Triple, siempre que Sánchez no quiera convertirla en un 'superdomingo' con la generales, un posibilidad remota hoy en día, pero que nadie se atreve a descartar.

El Gobierno socialista se ha dado de bruces con que su agenda social, la gran baza política de Sánchez, no cala, o al menos no como quisiera, entre la ciudadanía. El lastre de no poder contar con unos Presupuestos expansivos en el gasto social por la oposición de PP y Ciudadanos a elevar el techo de déficit ha sido un serio revés para sus planes y acortará la legislatura, como ha reconocido el propio presidente del Gobierno, aunque otras veces se enroca en su empeño de agotarla en 2020. El incremento del salario mínimo, la subida del sueldo de los funcionarios, la escueta mejora de las pensiones, el aumento de las partidas para financiar la dependencia o las becas no son suficientes para trasladar el debate del ámbito territorial al ideológico, un campo de juego en el que el antagonismo entre izquierda y derecha suele favorecer a la primera.

La mayoría de la moción

El tiempo corre a favor del conservadurismo porque el debate en Cataluña, lejos de enfriarse, sube de temperatura a medida que caen las hojas del calendario. El escenarios postelectoral, además, tampoco es favorable para una izquierda abocada a pactar con los secesionistas si las urnas no lo remedian, y no parece que vaya a ser así. La alianza de la moción de censura sirvió para echar a Rajoy, pero es ineficaz para sustentar al Gobierno. Solo con agitar el fantasma de su reedición, PP, Ciudadanos y Vox ganan adeptos y, al mismo tiempo, ahuyentan a los votos menos comprometidos de la izquierda.

En el PSOE, sobre todo Pedro Sánchez, confían en que azuzar el miedo a la extrema derecha y apelar a la movilización sean resortes suficientes para anular el impacto del debate territorial. Pero no las tienen todas consigo. «Aquí solo se va a hablar de Cataluña y se nos va a acusar de tener una postura genuflexa», pronostica un expresidente autonómico socialista. «Nuestras expectativas mejorarían si rompemos el frente de la derecha y atraemos a Ciudadanos hacia el centro para poder pactar», acota otro diputado del PSOE aunque sin mucha fe en su receta. El laboratorio andaluz puede ser un buen referente para medir la esperanza de vida de la alianza tripartita, el «Three Party», según José Luis Rodríguez Zapatero, aunque el 26 de mayo esté como quien dice a la vuelta de la esquina.

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