EL PCE

Han pasado 40 años de la legalización del Partido Comunista de España –los rojos, de verdad–. A los más veteranos les traerá cierta nostalgia el recuerdo del proceso de transición

CLAUDIO ACEBO

España apostaba fuerte en foros internacionales; había que devolver cuanto antes la democracia cerrando las heridas y la fractura de la Guerra Civil y la dictadura. No olvidemos lo que supuso aquella situación, dos años después de la muerte de Franco dando un vuelco total a la situación política de entonces con un panorama desolador: asesinatos (Matanza de Atocha), juicios sumarísimos alentados por la derecha más extrema, y los camisas azules a las puertas de su disolución en plena Semana Santa del 77.

Nadie esperaba que en aquellos días de devoción, el Gobierno de Adolfo Suárez pusiera sobre la mesa la supresión del aparato político que dio cobertura al partido único con el que gobernó el dictador, y que se atreviera aprovechando las vacaciones de legalizar al pecé. Nada es casualidad y la manifestación de más de 100.000 personas arropando a los abogados asesinados por ultraderechistas el 24 de enero de ese año, supuso para el presidente un toque de atención, valorando cuanto antes esta legalización. Y así fue: las personas de cierta edad recuerdan aquel Sábado de Gloria del PCE. En 40 años se ha echado por tierra todo el trabajo de luchadores, obreros e intelectuales. Gracias a ellos pudieron darse otras elecciones democráticas desde la República.

La irrupción de Felipe González de la mano de su padrino Willy Brandt, allanó un camino donde los comunistas no supieron encontrar ese hueco esperado, soñado y fulminado por una cadena de incompetentes al frente del partido, y el totalitarismo del Este que se iba deshaciendo como un azucarillo a medida que pasaban los años. Quedan para el recuerdo aquellos líderes carismáticos, intelectuales, buenísimos, luchando por unos principios. Cuarenta años más tarde, solo queda desolación y desconsuelo. ¿Qué fue de los teóricos? ¿Los que prometieron igualdad para todos? Los de ahora son una mala broma, una pesadilla sin sentido. ¿Qué fue de la clase obrera? ¿Dónde andan sus dirigentes? España les importa una mierda y los que vamos a pie menos. Ellos continúan alentándose: "¿Qué hay de lo mío?"