El discreto encanto de Aitor Buñuel

Javier Menéndez Llamazares
JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

Si IA lo largo de la historia de la segunda B, algunos equipos apostaron por Góngora y otros por Quevedo, pero la verdadera arma secreta del Racing de esta campaña ha sido Buñuel, que al final ha resultado ser quien tenía a buen recaudo la llave del ascenso, en una pierna diestra que, cuando la desenfunda, puede desatar la locura. O hacer buena toda una temporada.

Porque lo cierto es que, hasta entonces –es decir, hasta que su gol sideral nos devolvió la respiración–, lo del Racing volvía a parecer una historia de Buñuel, pero el otro, ese que hacía películas raras. Como esa que en los Campos de Sport llevan varios años reponiendo, en la que un grupo de amigos no consiguen salir de una habitación, por más que lo intentan. Ahora que ya ha pasado todo podemos decirlo como si nada, pero lo cierto es que durante muchos minutos parecía que nuestro 'Ángel exterminador' iba a ser el Atlético Baleares.

Y es que sería difícil escribir un guión más surrealista para esta temporada, con un equipo arrollador en la primera al que, contra cualquier lógica, los refuerzos le van minando. En el que sus estrellas se van oscureciendo. Que entra en crisis cuando ya todo parece ganado. Porque el Racing es un equipo tan especial, que es incapaz de hacerlo fácil. Ni hablar. Si se puede llegar dando un rodeo, mejor. El Racing, para qué negarlo, nos ha hecho adictos al suspense.

Más surrealismo: ¿qué club es capaz de lograr un ascenso sin ganar en los últimos ocho partidos del campeonato, play off incluído? Menos mal que el Buñuel que nos ha tocado ha sido Aitor y no Luis; porque ambos son artistas, pero al otro no le gustaban los 'happy end' a lo Hollywood, y el nuestro sin embargo nos ha regalado un final feliz, justo cuando ya menos lo esperábamos.

Porque el guión de ayer lo tenía todo para pasar a la historia de las gestas del racinguismo: un rival antipático donde los haya –¿realmente es necesario llevar tan lejos la rivalidad deportiva?–, de los que juegan a un deporte que tan sólo remotamente recuerda al fútbol, un campo inexpugnable, y el grueso de la afición en casa, viéndolo por la tele, por motivos en los que mejor ni entramos. Una salida en tromba del rival, y en cuanto los nuestros se recomponen y empiezan a controlar el partido, una falta que no señala el árbitro termina en el otro área con un penalti en contra, y todos los fantasmas de las últimas fases de ascenso aullando desde Son Malferit, que más que de un peli surrealista parece sacado de un relato de Poe.

Entonces, al borde del naufragio, las cámaras se ceban con un racinguista que muerde su bufanda. La imagen del partido hasta entonces, un espejo de lo que ocurría enfrente de tantas pantallas, en muchos lugares del mundo. Mordíamos, masticábamos nuestra propia desesperación.

Hasta que el menos esperado, el que parecía un mero actor secundario, el chico que nunca da una voz. decidió que iba a pasar a la historia, sucediendo a Moratón en el selecto club de los goleadores legendarios. De Mallorca al cielo. Buñuelistas para siempre.

Luego, la épica de costumbre. Enzo en el córner. La defensa numantina. El miedo en el cuerpo hasta el último minuto, y más allá, en un descuento eterno. El placer algo malévolo de aplicar al contrario su propia medicina. Y, al fin, la explosión, que tiene tanto de júbilo como de alivio: adiós a la pesadilla de la Segunda B, ojalá que para siempre.

Ahora toca celebrar el ascenso, pero no olvidemos que, aunque el Racing esté en Segunda, en realidad sigue siendo de Primera.