Marte en la Tierra

Riotinto. Un río rojo y estéril, un cráter gigantesco y la memoria del trabajo ayudan a comprender lo que fue durante décadas la imponente explotación minera de Huelva

MARÍA UNCETA
Los minerales que fluyen al cauce dan nombre y un aspecto casi irreal al río Tinto, una de las singularidades de la comarca obunense. / MIGUEL VÁZQUEZ/
Los minerales que fluyen al cauce dan nombre y un aspecto casi irreal al río Tinto, una de las singularidades de la comarca obunense. / MIGUEL VÁZQUEZ

Sería interesante contemplar Riotinto desde el aire, apreciar su aspecto al sobrevolar los enormes cráteres de las minas a cielo abierto y seguir el curso del río y sus lagunas, con sus aguas teñidas de rojo encajadas entre las laderas verdes. Si hay algún territorio en que el paisaje puede calificarse de lunar, Riotinto tiene muchos boletos, con sus rocas de reflejos metálicos, las terrazas rojas y marrones que se escalonan y las desnudas montañas de escorias que crecen en el entorno del complejo minero. La naturaleza y la actuación de los hombres hacen del Parque Minero de Riotinto un lugar especial, con una belleza descarnada y grandiosa.

Riotinto es la explotación de mineral más antigua de la península Ibérica y, posiblemente, de Europa. Sus yacimientos de piritas, de los que se extraía primero cobre, luego hierro, y también oro y plata, fueron conocidos y explotados desde la Edad de los Metales. Con ellos aparece relacionado un pueblo y una cultura, Tartessos, de perfiles todavía nebulosos para los historiadores.

Y es precisamente bajo un cerro llamado Salomón, en una cueva abierta en las entrañas de la sierra de Padre Caro, en las estribaciones de la sierra de Aracena, donde nace el manantial de aguas sulfúricas y ferruginosas que da origen al río Tinto. Algunos relatos legendarios cuentan que el mejor mineral obtenido en las minas tenía por destino la corte del opulento rey Salomón. Una curiosa coincidencia entre la fantasía y la toponimia.

Cuando se asoma uno a la gigantesca mina a cielo abierto de Corta Atalaya, o recorre los doscientos metros de galerías de la mina Peña de Hierro, o visita el Museo Minero que lleva el nombre de Ernest Lluch -presidente de la Fundación asesinado por ETA en enero de 2001-, es imposible no apasionarse por el relato, con claros ribetes épicos, de veinte siglos de historia de la minería. Esa tierra horadada, plegada sobre sí misma, con su superficie arañada y recubierta de capas de residuos minerales que centellean bajo el sol, tiene una enorme carga dramática.

Ahora los científicos de la NASA se interesan por la zona, pues investigan las similitudes que puede haber entre el subsuelo del río y el de Marte. Según afirman, este territorio presenta analogías importantes con el planeta rojo, que pueden ayudar en la búsqueda de vida en él.

Aunque el descubrimiento de las minas de Riotinto se remonta al tercer milenio antes de nuestra era, la explotación cabal de las minas fue obra de los romanos. Su gran capacidad técnica y logística consiguió arrancar de esa tierra rica en metales casi todo lo que ella podía entonces dar. Cuando en el siglo XVI, tras el paréntesis de la Edad Media, se trató de volver a poner las minas en explotación, los encargados del sondeo consideraron que sus posibilidades estaban agotadas.

Montañas de escoria

Era el año 1556 y las arcas del rey Felipe II, exhaustas como consecuencia de las aventuras militares y expansionistas del Imperio, podrían encontrar en el mineral una inyección financiera. Pero el equipo encargado de explorar la zona, con Francisco de Mendoza, del Consejo de Hacienda del reino, y el cura Diego Delgado a la cabeza, elaboró un informe negativo sobre su viabilidad técnica y económica. Encontraron, eso sí, numerosos vestigios de las antiguas explotaciones romanas: restos de columnas talladas, piedras labradas con inscripciones, herramientas, hornos de fundición, galerías y montañas de escoria.

Tras este intento nadie volvió a ocuparse de las minas durante otro siglo y medio, hasta que un pionero sueco llamado Liebert Wolters obtuvo en 1724 una concesión para su explotación por treinta años. Técnicos y mineros venidos de Suecia trabajaron durante un tiempo en la extracción del mineral. Aunque el verdadero apogeo vino de la mano de una empresa británica. En 1873 el gobierno de la primera República vendió las minas al consorcio londinense Mathesson por 92,8 millones de pesetas.

Pioneros del fútbol

La Rio Tinto Company Limited explotó hasta 1954 vetas y filones y creó el mayor complejo minero de piritas de Europa. El momento coincidió con los inicios de la revolución industrial en nuestro país y los británicos, que ya tenían una considerable trayectoria, exportaron su técnica, sus métodos de trabajo, sus sistemas de organización social y hasta su arquitectura y sus formas de vida. El barrio inglés de Bellavista, en Riotinto, es el testimonio más visible de este trasplante cultural.

Y, como es sabido, el primer equipo de fútbol que hubo en España nació aquí, en 1914, bajo el nombre de Balompié Rio Tinto; su antecedente, el Rio Tinto Foot-ball Club, estaba formado exclusivamente por súbditos de su Graciosa Majestad que asombraban a los nativos con su extraño juego y su atrevida indumentaria.

También en esa época, y de la mano de la minería, llegó el ferrocarril a Riotinto. Entre 1873 y 1875 se construyeron 300 kilómetros de vías que, servían para el transporte del mineral hasta el puerto de Huelva, y para el traslado de pasajeros. En 1963 dejó de funcionar para los pasajeros y en 1984, para las mercancías. El tren minero, con convoyes formados por locomotoras y vagones antiguos restaurados, recorre ahora una veintena de kilómetros, pasando junto a las aguas enrojecidas del río para que los visitantes del Parque de Riotinto conozcan los alucinantes paisajes del entorno.

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