¡Arriba, parias de la Tierra!

Imagen del mítico videojuego ‘Street Fighter’/
Imagen del mítico videojuego ‘Street Fighter’

En los 90, cuando el pirateo consistía en grabar el VHS del videoclub y los salones recreativos eran un Facebook a pecho descubierto, aquel universo de puñetazos y música de organillo se convirtió en un fenómeno de masas. El Santander Alternativo organiza este fin de semana un campeonato de aquellas recreativas históricas

GONZALO SELLERSSantander

Siempre me ha fascinado la gente que nace con un don. Quizás porque yo llegué de fábrica sin ninguno. Me hicieron con un molde estándar, como un coche de serie sin GPS ni alfombrillas calefactables de regalo. Nunca fui el que mejor jugaba al fútbol de mi clase, ni el que mejor escribía, ni el que mejor mezclaba el calimocho -he conocido auténticos alquimistas- ni el que hacía la mejor caída de ojos para derretir a la reina del baile. Y lo peor de todo, nunca supe hacer los malditos combos del Street Fighter. En aquella imberbe década de los 90, cuando el pirateo consistía en grabar el VHS del videoclub y los salones recreativos eran un Facebook a pecho descubierto, aquel universo de patadas, puñetazos y música de organillo electrónico se convirtió en un fenómeno de masas para toda una generación.

En aquellos años, los videojuegos todavía estaban en la Edad de Piedra. Esta semana he descubierto que existe un Tetris de Peppa Pig, pero para mí siempre será aquel cartucho de una Game Boy en blanco y negro más grande que muchos smartphones. Mi primer Pacman fue el de aquella Atari que llegó con la revolución digital a casa: videoconsola, dos canales de televisión extra y el primer ordenador, un Spectrum de casette. Mi generación aprendió a conducir con el Out Run. Aquel ferrari rojo con la rubia de copiloto era lo más cerca que muchos íbamos a estar nunca de las playas de California, y el Sega Rally nos sentó frente al mismo volante que el de un Carlos Sainz que por entonces dominaba el Mundial. Fernando Alonso tenía 13 años y la Fórmula Uno ni estaba ni se la esperaba.

Todos esos juegos fueron los bisontes de Altamira de una industria que ahora mueve, sólo en España, mil millones de euros anuales. Ya nadie discute que títulos como The Last of Us o Arkham City se han ganado por derecho propio el título de arte con mayúsculas. Dan Houser (Grand Theft Auto), Todd Howard (Fallout) y Rob Pardo (World of Warcraft) pueden sentarse hoy, sin ningún rubor, en la misma mesa que Gerhard Ritcher o Miquel Barceló. Pero hace dos décadas, nuestros padres sólo los conocían despectivamente como los marcianitos, mientras que nosotros convertimos aquellas máquinas recreativas en cuadriláteros en los que colgarnos medallas en la pechera. Allí estaban los del don natural, con un séquito que les rodeaba para admirar sus golpes de palanca y el martilleo de los botones de plástico rojos y azules. Y también los que, como yo, nos dejábamos la paga semanal en monedas de cinco duros sin salir a hombros ni cortar una misera oreja. Imaginen el nivel de frustración de un adolescente actual sin teléfono móvil, sin peinado a lo Neymar y sin vídeos de ElRubius. Pues lo mismo.

Así que mientras el barcelonismo celebraba su primera Copa de Europa, caía el telón de acero y Yugoslavia empezaba a sangrar, mi mayor aspiración juvenil era aprender a hacer un hadouken. La teoría era sencilla: mover la palanca en forma de media luna hacia delante y apretar el botón del puñetazo. Era el golpe definitivo. Un meteoro azul y blanco que sólo Ryu, el protagonista del juego, el Tom Cruise de kimono blanco y cinta roja en la melena, podía lanzar. Nunca supe hacerlo y eso me ha convertido en la persona que soy hoy.

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Como buen español, decidí buscar en el lado oscuro y las malas artes lo que no podía conseguir con el talento. En los países de bien, llámense Suiza o Finlandia, por ejemplo, mi afición por los videojuegos no hubiera sobrevivido a aquella decepción. Pero vivimos en un país en el que el ingenio -llámese pillería, llámese mezquindad- se valora más que el inglés hablado y escrito en un curriculum. Los británicos lo llaman foul play. Aquí lo llamamos ganar. Fue entonces cuando descubrí el poder de los parias. Con el monstruo Blanka, el obeso luchador de sumo Honda o el feo de Zangiev podía quitarles la sonrisa de la cara a los Ryu, Ken, Guile y demás galanes de sonrisa perfecta. El truco era tan efectivo como aburrido y rastrero. Acorralarles en un lateral de la pantalla y apretar como un autómata el botón de la patada baja para que no pudieran moverse. Una y otra vez. Sin jogo bonito ni fuegos artificiales. Lo más parecido a tragarse un Albacete-Lugo de Segunda División cuando los dos se clasifican con un 0-0. Y así, de la manera más ruin, empapado como Carrie en una escabechina de pixeles, con la sonrisa desencajada de Jack Nicholson mientras atravesaba una puerta a machetazos, fue como gané mi primera partida de Street Fighter.

Sólo espero que no haya sido la última. Este fin de semana volveré a intentarlo en el campeonato de videojuegos retro (Tetris, Pacman, Sega Rally y Street Fighter) que los amigos de Astur Video Games han organizado para el evento 'Santander Alternativo' de El Diario Montañés. Del 13 al 15 de mayo en el Palacio de Exposiciones de Santander.

 

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