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La peste

Olga Agüero
OLGA AGÜERO

En ausencia de inversiones más relevantes, esta semana la alcaldesa de Santander se retrató poniendo la primera piedra de otro Burguer King. Antes íbamos a Londres a poner hamburguesas para aprender inglés y ahora nos ponen la hamburguesería en casa. Por si, a resultas del Brexit, allí solo interesa acoger a nuestros graduados más brillantes, que prácticamente llevan el inglés aprendido.

Shakespeare nunca caduca. Ni el idioma ni su tragedia universal. Incluso aflora en Cantabria con extraordinaria literalidad. «Empieza por la mañana oliendo a gas y termina por la tarde apestando a coliflor cocida», denunciaba el otro día una señora en estas páginas. Algo huele a podrido en Guarnizo y no son los contratos del Servicio Cántabro de Salud, las cloacas que ventila Villarejo, ni la fratricida trinca parlamentaria podemita. No saben de dónde soplan tan fétidos vientos, pero el Gobierno confirma que no son malos para la salud. Y si lo fuesen, ya se descubrirá después, cuando no tenga remedio. En realidad, nuestras autoridades saben que somos capaces de soportar pestilencias de intensidad mayúscula, a juzgar por las concatenadas y frecuentes imputaciones diestras y siniestras. No quitan sus manzanas podridas y pretendemos que disipen una simple peste a coliflor.

Por el número de alfombras levantadas en este país, se puede aseverar –sin pesimismo trágico alguno– que estamos huérfanos de referentes sin mácula de corrupción y amoralidad. Por el abismo del descrédito se precipitan comisionistas políticos, cajas y bancos, ovejas negras del ámbito judicial, SGAE, cúpula empresarial y sindicatos; mafias y amistades peligrosas con Villarejo. Ni siquiera la monarquía podría seguir esquivando a la justicia si no fuese inviolable. Se propagan la desesperanza y el desasosiego. Se tambalean todos los dogmas. Desde que a Francisco le ha salido oposición en su propia curia vaticana, ya ni siquiera el Papa es infalible. Si algo huele a podrido aquí, en Cantabria, no podemos detectarlo, porque la anunciada oficina anticorrupción de Revilla se cuece a fuego lento en el epílogo de una espinosa e insípida legislatura con vocación de transición, que se está haciendo larga desde que el primer día que empezó.

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