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Tirar o dejar caer

Marta San Miguel
MARTA SAN MIGUELSantander

Entre los edificios que dejamos caer y los que tiramos, cada vez nos queda menos margen para trazar un mapa histórico en Santander. La retórica del desarrollo económico hace desaparecer y surgir nuevas fachadas: es inevitable, y en muchos casos necesario, pero cuando se trata de justificar el derribo de un edificio como el de Miguel Fisac en el Puerto, surge la duda de si no era evitable, si las instituciones implicadas no podían haber llegado a un acuerdo antes de consumar su ausencia. La búsqueda de soluciones intermedias para reinventar los usos de cierta arquitectura, ya sea civil o industrial, puede ser lo que nos diferencie como ciudad, pero a la vista está que nos cuesta convivir con lo que fuimos, ¿en qué nos convierte haber tirado hacia delante con el derribo, a pesar de las advertencias del Colegio de Arquitectos, con el único –y loable– propósito de asegurar el crecimiento?

Salvo la orografía natural que nos hace mirar hacia el mar como a nadie, sólo somos una ciudad hecha de calles y casas, de ventanas, cenizas del incendio, balcones, escaparates. Somos avenidas paralelas y escaleras mecánicas. Flores de temporada. Rincones. La gentrificación no ha llegado a Santander. Aquí vamos más lentos. Aquí tenemos otros fenómenos urbanísticos que evidencian la extraña convivencia entre lo que fuimos y lo que somos, como el caso del polígono industrial de Nueva Montaña, con una fábrica que expulsa humo, camiones y puestos de trabajo; otros tantos talleres y pymes instalados en las naves, y entre ellos, un centro comercial de proporciones mastodónticas, rodeado a su vez por un barrio residencial con plazas ajardinadas, bares y columpios.

El futuro impone una extraña estética, pero el presente nos devuelve una imagen de nosotros poco halagüeña, no tanto por demoler la obra de Fisac en nombre del crecimiento portuario, y por tanto de la ciudad, sino por haberlo condenado durante décadas a ser sólo eso, algo prescindible: el edificio del arquitecto modernista, Premio Nacional y hacedor de símbolos urbanísticos de los 70, era a estas alturas algo tan valioso como inútil, ya que estaba totalmente en desuso. ¿Cómo se llega a esa situación? ¿Cómo encaja el abandono en el progreso? Entonces uno recuerda los edificios en ruina del Cabildo, demolidos en nombre de la seguridad; la antigua Lonja de Santander, derruida en nombre de la estética y lo salubre, y anticipa el mismo mal endémico para lo que nos rodea. Abandonar el patrimonio es tan efectivo como la piqueta: lleva más tiempo, pero al final, el edificio acaba cayendo en nombre del progreso y con el amparo de la ley.

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