Francisco cambia el Catecismo para declarar inadmisible la pena de muerte

Fotografía de archivo tomada el 29 de julio de 2018, que muestra al papa Francisco durante el rezo del Angelus en la plaza de San Pedro en el Vaticano./Efe
Fotografía de archivo tomada el 29 de julio de 2018, que muestra al papa Francisco durante el rezo del Angelus en la plaza de San Pedro en el Vaticano. / Efe

El Papa recuerda que la pena capital «atenta contra la dignidad de la persona» y reclama su abolición en todo el mundo

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino justificó en su 'Suma Teológica' la pena de muerte: «Matar a un malhechor es lícito en cuanto se ordena al bien de toda la comunidad». Ayer, el papa Francisco acabó con cualquier defensa del castigo capital que quedara aún en la Iglesia y ordenó que se modificara el Catecismo, el libro que contiene la explicación de la doctrina católica, para declarar «inadmisible» la pena de muerte e incluir un compromiso para luchar contra ella en todo el mundo.

«La Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que 'la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona', y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo», reza tras su modificación el artículo 2.267 del Catecismo. El nuevo texto explica que «durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima (...) fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos». Pero ahora la Iglesia reconoce que «hoy está más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves», además de resaltar que «se han implementado sistemas de detención más eficaces que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos [y que] al mismo tiempo no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente».

El texto oficial entrará en vigor después de que sea publicado por el diario oficial L'Osservatore Romano y por las Acta Apostolicae Sedis, el boletín oficial de la Santa Sede, y la modificación está siendo explicada a todos los obispos a través de una carta que firma el cardenal español Luis F. Ladaria, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y que subraya que el nuevo documento «descansa principalmente en la conciencia cada vez más clara en la Iglesia del respeto que se debe a toda vida humana».

Desde la segunda mitad del siglo XX la Iglesia ha dado pasos progresivos para pedir la limitación, primero, y ahora la abolición, de la pena de muerte. De Pablo VI a Francisco, todos los pontífices han expresado su rechazo a esta práctica, que en cualquier caso, permaneció (ya con una redacción que la acotaba a casos residuales) en el Catecismo actualizado de 1992, promulgado por Juan Pablo II. En 2005, Benedicto XVI matizó en su Compendio (un resumen del catecismo) que «si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará» a ellos, pero todavía había un resquicio que Francisco se acaba de encargar de cerrar.

Sin duda, el papa argentino es el que más alto ha clamado contra la pena capital, en ocasiones ante foros muy incómodos, partidarios del castigo máximo. Como en 2015, cuando pronunció un discurso histórico en el Congreso de Estados Unidos en el que abogó por su abolición. De hecho, Francisco ha intercedido en numerosas ocasiones para que Estados Unidos frene ejecuciones. Además, en 2016 pidió a los gobernantes de los países que aún la aplican que suspendieran las ejecuciones por respeto al Jubileo Santo de la Misericordia.

Según el último informe de Amnistía Internacional, en 2017 se registraron 993 ejecuciones en 23 países, lo que representó un descenso del 4% respecto al año anterior y del 39% respecto a 2015, cuando se registraron 1.634 ejecuciones, la cifra más alta desde 1989. China, Irán, Arabia Saudí, Irak y Pakistán, por este orden, fueron los países que más personas ejecutaron. Estados Unidos, por su parte, dictó 41 condenas a muerte y llevó a cabo 23. En el mundo, los métodos más frecuentes fueron la decapitación, el ahorcamiento, la inyección letal o la muerte por arma de fuego. A finales de 2017, 142 países habían abolido por ley o en la práctica la pena capital.

Los dos textos del catecismo

«La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana. Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquel que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos».

«Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común. Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente. Por tanto la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que 'la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona', y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo».

 

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