Nadia Murad, de esclava sexual del Estado Islámico a Nobel de la Paz

Nadia Murad y Denis Mukwege, ganadores del Premio Nobel de la Paz. / Reuters

La activista recibe el galardón, después de haber sobrevivido a meses de calvario en manos de los yihadistas en Irak y convertida en portavoz de la minoría yazidí

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

Los abusos sexuales son una plaga que invade cada terreno del planeta y los principales culpables son aquellos que provocan estas atrocidades. Pero también son responsables aquellos que deciden mirar hacia otro lado o, simplemente, no hacer nada al respecto. Hacia este colectivo pusieron el foco este lunes Denis Mukwege, médico congoleño de 63 años, y Nadia Murad, una joven iraquí yazidí de 25.

El primero es un ginecólogo que desde hace dos décadas trata a las víctimas de violencia sexual desde su hospital de Panzi, al este de la República Democrática del Congo. Murad es una superviviente a la barbarie. Fue secuestrada, torturada y violada por los yihadistas del Estado Islámico en 2014. Su madre y seis hermanos fueron asesinados. Ella logró escapar, se convirtió en embajadora de la ONU para la Dignidad de los Sobrevivientes de Trata de Personas y lucha por que las persecuciones a su pueblo se reconozcan como genocidio.

Al recibir este lunes el galardón, Murad urgió a la comunidad internacional a proteger a su pueblo y obrar por la liberación de miles de mujeres y niños que siguen en manos de los yihadistas.

«Si la comunidad internacional desea realmente asistir a las víctimas de este genocidio (...) debe asegurarles una protección internacional», declaró la joven de 25 años en su discurso de agradecimiento, en el que consideró «inconcebible» que el mundo no haya hecho más para liberar a los más de 3.000 yazidíes que el EI tiene todavía retenidos.

LOS NOBEL 2018

Nobel de Medicina.
James Allison - Tasuku Honjo. Estos dos inmunólogos fueron elegidos por la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska por descubrir cómo usar las propias células del cuerpo humano para combatir el cáncer. Según el jurado, estos «hitos» establecen «un principio nuevo» ya que aprovechan la «habilidad del sistema inmunitario para atacar el cáncer».
Nobel de Física.
Donna Strickland - Gerard Mourou - Arthur Ashkin. La Real Academia de las Ciencias de Suecia premió dos trabajos. Por una parte, el de Ashkin, que desarrolla «las pinzas ópticas y su aplicación en sistemas biológicos». A Mourou y Strickland se les reconoce «su método para generar impulsos ópticos ultra cortos y de alta intensidad», que han «abierto nuevas áreas de investigación».
Nobel de Química.
Frances Arnold - George Smith - Gregory Winter. Arnold logró el premio de Química por la evolución dirigida de enzimas, mientras que sus colegas George Smith y Gregory Winter lo hicieron por su labor en la presentación en fagos (técnica de laboratorio para el estudio de las diferentes proteínas) de péptidos y anticuerpos, lo que permite la producción de nuevos fármacos.
Nobel de la Paz.
Nadia Murad - Denis Mukwege. La joven iraquí Nadia Murad y el médico congoleño Denis Mukwege fueron premiados por su lucha contra los abusos sexuales que sufre la población más vulnerable en el mundo, sobre todo las mujeres. En el caso de Murad, la Academia reconoció su coraje para luchar contra los crímenes de guerra «y buscar la justicia para las víctimas».
Nobel de Economía.
William Nordhaus - Paul Romer. Los dos economistas estadounidenses fueron reconocidos por sus estudios, en los que integran el cambio climático y las innovaciones tecnológicas en el «análisis macroeconómico a largo plazo», en unos modelos que abordan algunas de las «cuestiones más básicas y urgentes» del planeta ampliando el análisis económico.

Primera personalidad iraquí en recibir tal recompensa, Nadia Murad continúa actualmente desde Alemania, país donde reside, el «combate de su pueblo para que los países europeos acojan a los desplazados yazidíes y para que se reconozcan como genocidio las persecuciones cometidas en 2014 por el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Para ello, los yazidíes cuentan con una gran aliada: Amal Clooney, la abogada y activista de los derechos humanos libanobritánica, que ha escrito el prólogo del libro de Nadia Murad «Yo seré la última».

Secuestrada por el Daésh, Murad, como otras miles de niñas y mujeres de su comunidad, fue torturada y víctima de múltiples violaciones colectivas antes de ser vendida varias veces en el mercado de esclavas de los yihadistas en 2014.

Ese año, el Daésh experimentó un rápido ascenso y se apoderó de amplios sectores del país. En agosto, fue el pueblo de Murad, cerca del bastión yazidí de Sinjar, el que sucumbió al asalto de los yihadistas.

Los combatientes del EI, a bordo de camionetas con su bandera negra, irrumpieron en Kosho, mataron a hombres, convirtieron en niños soldados a los más jóvenes y condenaron a miles de mujeres a trabajos forzados y al esclavismo sexual. Al igual que otras mujeres, Murad fue conducida por la fuerza a Mosul (norte), entonces «capital» del EI en Irak.

«Incapaz de soportar tantas violaciones», según sus propias palabras, decidió escapar. Gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, Nadia obtuvo documentos de identidad que le permitieron llegar hasta el Kurdistán iraquí.

«Quisieron robarnos nuestro honor»

Allí, tras enterarse de la muerte de seis de sus hermanos y de su madre, tomó contacto con una organización de ayuda a los yazidíes, que le permitió reunirse con su hermana en Alemania.

En un conmovedor discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York, Murad contó que fue obligada a «casarse» con un yihadista que la golpeaba. Los yihadistas quisieron «robarnos nuestro honor pero perdieron su honor», afirmó a continuación ante los eurodiputados Murad, quien fue nombrada embajadora de buena voluntad de la ONU y lucha en favor de la protección de las víctimas del tráfico de personas.

Incluso este lunes, Nadia Murad -al igual que su amiga Lamiya Aji Bashar, con la que ganó el Premio Sájarov del Parlamento Europeo en 2016- repite sin cesar que más de 3.000 yazidíes siguen desaparecidas y que probablemente siguen aún en cautiverio.

Después de la atribución en octubre del Premio Nobel de la Paz, Murad explicó que para ella, «la justicia no quiere decir matar a todos los miembros del Dáesh que cometieron esos crímenes», sino «llevarles ante un tribunal y verlos admitir ante la justicia los crímenes que cometieron contra los yazidíes y que se les castigue» por estos actos.

Para los combatientes de «Daésh», acrónimo en árabe del EI, y su interpretación ultrarrigorista del islam, los yazidíes son herejes. Los fieles, de habla kurda, de esta religión esotérica ancestral creen en el Dios único y en el «jefe de los ángeles», representado por un pavo real.

En Alemania, Nadia Murad se ha convertido en una respetada portavoz de su pueblo, que antes de 2014 contaba con 550.000 miembros en Irak. Hoy, casi 100.000 han abandonado el país y otros están desplazados en el Kurdistán.

Hace un año, el Consejo de Seguridad de la ONU se comprometió también a ayudar a Irak a reunir pruebas de los crímenes contra la Humanidad y genocidio perpetrados por el EI.

El 'combate' de Nadia Murad le ha reservado también algunas buenas sorpresas. El 20 de agosto, la joven anunció en Twitter su boda con otro activista de la causa yazidí, Abid Shamdeen. «El combate a favor de nuestro pueblo nos ha unido y seguiremos ese camino juntos», escribió.

Más responsables

«No son los autores de la violencia los únicos responsables de sus crímenes, sino también los que deciden mirar hacia otro lado», afirmó Mukwege tras recibir el galardón de manos de la presidenta del comité Nobel, Berit Reiss-Andersen, en el Ayuntamiento de Oslo. «Si hay que librar una guerra es la guerra contra la indiferencia que corroe a nuestras sociedades», añadió en un discurso cristalino, donde evitó cualquier floritura para habar de su cruda realidad.

«Bebés, niñas, muchachas, madres, abuelas, y también hombres y muchachos, (son) violados de forma cruel, a menudo en público y de forma colectiva, insertando plástico caliente y objetos contundentes en sus partes genitales», denunció el doctor congoleño.

Mukwege lamentó, además, que el destino de la población congoleña pase a segundo plano detrás de la explotación salvaje de materias primas. «Mi país está sistemáticamente saqueado con la complicidad de gente que pretende ser nuestros dirigentes» afirmó. «Saqueo en detrimento de millones de hombres, mujeres y niños inocentes, abandonados a una extrema miseria, mientras los beneficios acaban en las cuentas opacas de una oligarquía depredadora».

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