La dulce historia de La Lechera

Vista aérea de las actuales instalaciones de La Lechera, con sus singulares torre y chimenea, aún en pie./Javier Rosendo
Vista aérea de las actuales instalaciones de La Lechera, con sus singulares torre y chimenea, aún en pie. / Javier Rosendo

El complejo fabril se inauguró en diciembre de 1899 convirtiéndose en una de las grandes industrias de Torrelavega con su simbólica chimenea de 50 metros El emblemático edificio fue azucarera, fábrica de leche condensada y Feria de Muestras

JOSÉ IGNACIO ARMINIO ROIZ

La vieja chimenea de La Lechera, que ha sido noticia esta semana porque amenaza con nuevos desprendimientos (cascotes y una abrazadera rota) por falta de mantenimiento, ha superado no pocas vicisitudes a lo largo de su ya dilatada historia. Tras la pérdida de las últimas colonias en 1898, especialmente Cuba, en España se pusieron en marcha numerosas fábricas de azúcar de remolacha. Así surgió la de La Lechera, que se inauguró en diciembre de 1899, convirtiéndose en una de las grandes industrias de Torrelavega con su emblemática chimenea de más de 50 metros de altura.

El historiador local José Ortiz Sal recuerda que la Azucarera Montañesa, que así se llamaba la sociedad, contaba entre sus miembros fundadores con José María González Trevilla, entonces alcalde de Santander con diversos intereses empresariales en Torrelavega. La construcción de la fábrica fue dirigida por Talleres San Martín, con sede en la capital cántabra, suministradores de las columnas de hierro que permitieron levantar las naves y albergar las máquinas, llegadas de Alemania y Barcelona. También se construyó un gran espacio adosado, capaz de almacenar 40.000 sacos de azúcar y 4.000 toneladas de residuo de remolacha (melaza).

La fábrica aprovechaba la pulpa y el resto de subproductos para poner a la venta alimento para el ganado. Como ocurrió con otras grandes industrias, la elección de Torrelavega no fue casual: contaba con agua del río, caliza para hacer cal y depurar el jugo de remolacha, y una posición estratégica en el corazón de Cantabria, con buenas comunicaciones para facilitar la movilidad del producto y del carbón, que se utilizaba para calentar el agua, generar vapor (de ahí la importancia de la chimenea) y mover buena parte de la maquinaria.

Transformada en sede de ferias comerciales, recuperó su esplendor a partir de los años 80

La azucarera generó grandes beneficios en los primeros años. Durante la recolección de la remolacha, entre octubre y diciembre, daba trabajo a 300 obreros y por las principales calles de la ciudad desfilaban con sus carros campesinos con las 15.000 toneladas de remolacha que se procesaban por temporada. Parte del dinero pagado a los labradores y jornaleros terminaba en los bolsillos de los comerciantes y hosteleros de Torrelavega, que esperaban esos beneficios como agua de mayo en pleno invierno, como bien recuerda Ortiz Sal.

Proyecto para la reparación integral de la chimenea

Mientras La Lechera espera su nuevo destino (convertirse en un gran centro cultural de referencia regional), las instalaciones, uno de los símbolos de la ciudad, se deterioran y un ejemplo de ello es la chimenea, que amenaza con provocar nuevos desprendimientos desde 50 metros. Precisamente, la elevada altura es uno de los principales inconvenientes de cara a buscar la manera de proceder a su arreglo. Para solucionar el problema, el Ayuntamiento tiene previsto encargar un proyecto para la reparación integral de la estructura, utilizando para los trabajos la instalación de un andamio perimetral y, posiblemente, una estructura metálica interior de refuerzo.

En 1904 hubo cambio de propietarios. La Sociedad General Azucarera de España se hizo cargo de ella, un conglomerado de empresas que condujo a la fábrica a cifras récord de producción, pero las cosas no tardaron en torcerse por bajo rendimiento económico, llegando el cierre de la actividad en 1914, como precisa el libro 'Torrelavega 1900'.

Personal de la fábrica cuando se dedicaba a la producción y comercialización de lácteos. En una de las cajas con botes de leche condensada se puede leer el mensaje publicitario «Haga frío o calor, La Lechera es siempre la mejor»
Personal de la fábrica cuando se dedicaba a la producción y comercialización de lácteos. En una de las cajas con botes de leche condensada se puede leer el mensaje publicitario «Haga frío o calor, La Lechera es siempre la mejor» / DM

No obstante, la historia de esta gran industria siguió siendo 'dulce' unas décadas más. Del azúcar inicial pasó a producir leche condensada, entre otros productos lácteos, de la mano de una nueva empresa que puso en marcha de nuevo las instalaciones en 1926. Se llamaba Lechera Montañesa y su primer presidente fue Pablo Garnica, importante industrial y político que después apareció en la órbita de Sniace y dio nombre a una calle cercana.

Leche 'El Niño'

El producto estrella de la nueva etapa fue la leche condensada 'El Niño', que también dio nombre a otra popular calle que llega hasta La Lechera (Paseo del Niño). El periodista y escritor Javier Rodríguez, amante de rememorar lo mejor de tiempos pasados, destaca que la leche condensada y una harina lacteada de idéntico nombre, lograron un éxito «impresionante». Sólo de la popular leche condensada se llegaron a vender en España 25.000 unidades diarias. «El recuerdo de aquella deliciosa leche y del niño que aparecía en la etiqueta de sus envases, permanece fijo en la memoria de los torrelaveguenses de mayor edad», señala Rodríguez.

La multinacional suiza Nestlé, su principal competidora, se hizo con el control de la empresa en el año 1930 y en las décadas siguientes la actividad fue decayendo hasta que las instalaciones se convirtieron en almacén, primero de Nestlé y luego de Sniace, sufriendo un paulatino deterioro hasta que llegó su nuevo destino: las naves se restauraron a principios de los años 80 y pasaron a ser la Feria de Muestras de Cantabria.

La Lechera, convertida en sede de ferias comerciales, volvió a vivir un momento de esplendor durante más de dos décadas. La Feria de Muestras alcanzó fama nacional con un calendario anual en el que destacaron citas emblemáticas como Automoción, Hostal-Alimentaria o Hábitat. Pero la mala gestión pública (regional y municipal), las nuevas tecnologías y el cambio de hábitos en la sociedad provocaron una larga agonía y, finalmente, su cierre a principios de esta legislatura.

Desde entonces, el recinto de La Lechera, propiedad municipal y con más de 5.000 metros cuadrados, vuelve a ser un espacio infrautilizado a la espera de un nuevo destino que no termina de llegar: el gran centro cultural de referencia regional comprometido por el Gobierno de Cantabria.

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