Cantabria exporta altos vuelos

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José Manuel Oceja, de Cantabria, fue uno de los fundadores del aeródromo y es instructor de vuelo. / ALBERTO AJA

  • La instalación, con todos los permisos, sirve como sede del Club de Vuelo Herrerense y la Escuela Aeroperfils

  • Pilotos y alumnos de la región son la base del aeródromo de ultraligeros de Herrera de Pisuerga

El de la tierra castellana, ese blanco y gris de la cordillera que comparte el Norte, el verde brillante de la tierruca y el infinito azul turquesa del Cantábrico. Si el cielo lo permite, el viaje es en cuatricomía. Es la gama desde Herrera a la costa. A Comillas, a Suances... Una media hora. La percepción del mapa de un país cambia desde el aire. El concepto de distancia, de paisaje... De eso saben mucho en este lugar. Cinco hangares, 19 ultraligeros, una pista, miles de horas de vuelo, cientos de anécdotas... De los 25 socios que gestionan el aeródromo de Herrera de Pisuerga (Palencia), más de la mitad son cántabros. Y aún queda. Porque aquí vuelan y enseñan a volar. «Ahora tengo cinco alumnos, todos son de allí», dice José Manuel Oceja, uno de los fundadores de esta instalación. Es, también, cántabro.

Unos venían de la aviación privada, otros del parapente... Les tiró aquello del ultraligero. A finales de los noventa se juntaron en Bárcena de Cudón -el aeródromo ya existía allí- y certificaron el campo. Pero «problemas con los vecinos y las dificultades con la climatología» les animaron a emigrar. Oceja y otro compañero fueron de forma provisional a Villoldo hasta que en 2001, el ayuntamiento de Herrera de Pisuerga cedió unos terrenos para construir un nuevo aeródromo. «Éramos 18. Gente de Cantabria, de Herrera, de Aguilar...». Consiguieron certificar la instalación y empezaron a crecer. Un hangar, otro, otro más... «En 2004 surgió la inquietud de hacer una escuela». Ya van por la promoción número catorce. «Algunos de los alumnos que pasan, se quedan». A día de hoy este lugar -el aeródromo de Herera de Pisuerga- es la sede del Club de Vuelo Herrerense y la Escuela Aeroperfils (homologada por Aviación Civil). Una asociación sin ánimo de lucro que hace realidad la pasión de sus socios (tienen allí sus aviones, organizan sus excursiones y, básicamente, vuelan), se encarga de la formación de alumnos y ofrece también la posibilidad de hacer vuelos de divulgación con sus costes estipulados. «Viene gente con tarjetas regalo, te llaman grupos... Por 120 euros, una hora y pico. O por unos 40, una media hora. Ir a Aguilar y volver, por ejemplo. Lo que sacas es para mantenimiento, pagar la gasolina, los seguros... Además, fomentas la actividad de la zona y haces divulgación de tu deporte», explican. Y aclaran. «Vuelo visual diurno con ultraligeros». No de noche, no con niebla, no con muchas nubes... Se trata de ver y de ir seguro.

El lugar es idóneo. De un lado, las corrientes marítimas quedan atrapadas en la Cordillera. Del otro, la Meseta. «Es un microclima. Con una primavera y un verano de postal. «Lo peor es enero y febrero, con las heladas. Te pones a muchos grados bajo cero».

La actividad de un sábado

Mientras José Manuel lo explica va llegando gente. Alfredo está aterrizando. Viene de dar una clase. Fue un antiguo alumno y ahora es piloto privado e instructor. Tomás se baja del coche. Viene de Santander y se examina el 9 de octubre. «Llevaba años con el tema del simulador de vuelo...». Nacho, junto a su ultraligero, dice que «ha quedado un día buenísimo» y Tato anda revisando el aparato que acaba de comprarse. Todos cántabros. «Igual nos vamos a Valladolid, a Matilla de los Caños. Vamos para allá, comemos, estamos un rato y vuelta... Ese es el plan de los fines de semana. Depende de cómo veamos el tiempo, vamos para el Este o para el Oeste», explican Adolfo y Francisco antes de compartir cabina en su Jodel D18. Desde aquí, en tres horas, se plantan en Pontevedra. Ir a comer un arrocito a Gandía y vuelta. En el día. La semana que viene, unos tienen previsto irse a Francia. En septiembre, a Jerez.

Como amigos hablando de coches, aquí los Ford o los Citroen son Land Africa, Tecnam P96, Zenair 601 o Rans Coyote. Cuando se refieren al CTLS de Christian sólo les falta hacer reverencias. «Técnicamente, en ultraligero, no hay nada mejor». Una autonomía de 1.700 kilómetros, una velocidad de crucero de 200-220 kilómetros por hora... Christian es suizo, un piloto comercial jubilado que se ha retirado en esta zona. Su casa, la familia, el avión... Pasa por el campo casi todos los días. El aparato es de un blanco impoluto. Precioso. «Entre 95.000 y 120.000 euros», dicen al hablar del precio. «Pero esto es como comprar un Rolls o un Ibiza, hay de todo». De hecho, se empeñan en rebajar el mito de lo inasequible. Ni por dinero ni por dificultad. «Es confortable. Consumes entre 16 y 18 litros por hora y lo bueno es el autopiloto (el piloto automático)», explica con discreción el propietario de este 'pájaro' perfecto.

El vuelo

«Entramos en cabecera para despegue inmediato». Llega la hora de tocar el cielo. Cerrar las puertas de la cúpula, bloquear los seguros, colocarse el cinturón, los auriculares... Pocos metros de pista y... Es curioso. La velocidad se percibe más con el suelo cerca. Con el horizonte como perspectiva, uno tiene la sensación de ir casi parado a más de cien por hora. Sólo la vertical sirve como medida, como referencia de movimiento. No hay vértigo, pese a las alturas. Los campos de girasoles son manchas amarillas. Bien cerca, el entronque del Canal de Castilla con el Pisuerga y las gargantas que forma el río. Buena vista. Más allá, el pantano de Aguilar, la 'playa de Castilla' y las tiendas de los turistas que acampan por la zona. «Mira, a las tres», dice Alfredo a los mandos para ubicar en pleno vuelo el ultraligero en el que vuela José Manuel. Fotos de uno a otro. Los pilotos explican. Que hay que tener cuidado con los buitres, que es importante -aunque parece obvio, no lo es- ver muy bien... «Despegue, viento cruzado, viento en cola, base y final», dicen al relatar un circuito.

La pista está ya justo en frente. Últimas maniobras. Depende del aparato, pero se toma tierra a velocidades que oscilan entre los sesenta y noventa por hora. La vista vuelve a entender los tamaños de las cosas a medida que la tierra se acerca. Es un ligero impacto con el suelo. Muy suave. Sorprende, incluso, la delicadeza con que se posan en la tierra. Fin del vuelo y comentarios. «Es una gozada», dice el novato. «Esto sólo tiene un problema», responde el piloto ya con los pies en el firme. «El vicio». La adicción a tomar distancia.