El giro que marcó a la enfermería su propio rumbo

De izquierda a derecha, Laura García, Pablo Pérez, Isabel Velasco y Teresa Pelillo, en Valdecilla. /Celedonio Martínez
De izquierda a derecha, Laura García, Pablo Pérez, Isabel Velasco y Teresa Pelillo, en Valdecilla. / Celedonio Martínez

Hace 40 años que las escuelas de ATS se integraron en la Universidad, tiempo en el que la profesión «se ha transformado»

Ana Rosa García
ANA ROSA GARCÍASantander

Fue el 9 de noviembre de hace justo 40 años cuando Isabel Salvador empezó a trabajar en Valdecilla. Acababa de trasladarse desde Navarra, donde se había estrenado como enfermera en el quirófano de urgencias en plenos Sanfermines. «Recuerdo que estábamos pendientes de las noticias para saber lo que nos venía de los encierros», apunta. Aquella inolvidable mezcla de nervios, inquietudes, ilusión, ganas de aprender, miedos... con la que emprendió su carrera, ligada después «toda la vida» a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), la experimenta estos días Laura García, una joven que comparte su vocación por el cuidado y que apenas ha cumplido su primera semana como correturnos en el hospital. Entre los inicios de una generación y otra «la enfermería se ha transformado de forma radical», coinciden. Y si cabe, «en Atención Primaria, más aún», sostiene Teresa Pelillo, perteneciente a la primera promoción de la Escuela de Enfermería 'Casa de Salud Valdecilla' que «dimos el paso de salir a los pueblos».

«En 1981 llegué a aldeas de montaña, en el valle de Ruesga, donde no había ni luz. Hasta entonces, solo contaban con un médico que pasaba consulta en su casa. La promoción de la salud y la prevención la hacíamos como podíamos. Los pacientes no te exigían nada, solo te llamaban cuando se ponían malos, para inyectables, sondas... La mayoría era gente dedicada a la ganadería a quienes su salud no les preocupaba demasiado», cuenta la actual responsable de enfermería del centro de salud de Laredo. «Ibas en tu coche, si le tenías, sin material fungible siquiera, y si nevaba te quedabas incomunicado», cuenta.

HITOS

Titulación universitaria
En 1977, las Escuelas de Asistentes Técnicos Sanitarios (ATS) se integraron en la Universidad y la enfermería se convirtió en una diplomatura.
Formación mixta
En el curso 1976-1977, las aulas de la Escuela de Salud Valdecilla acogen por primera vez a mujeres y hombres y se extingue la obligatoriedad del internado.
Estructura
En 1989, la Escuela se integra dentro de la estructura de la Universidad de Cantabria. Dos años después el Consejo de Gobierno crea el Departamento de Enfermería.
Licenciatura
El Plan Bolonia, por el que se crea el Espacio Europeo de Educación Superior, modificó en 2008 el sistema universitario y la enfermería pasó a ser un Grado.
Doctorado
Con el Grado, los enfermeros ya pueden cursar el máster y el doctorado como cualquier otro profesional, al tiempo que se les abre la puerta a la investigación.

Su relato resulta «enternecedor» para Laura, a quien le «cuesta imaginar» aquella enfermería «de la que venimos». Este año se cumplen cuatro décadas de la integración de las Escuelas de Asistentes Técnicos Sanitarios (ATS) a la Universidad, con la titulación de diplomatura, que alcanzó el Grado (licenciatura) en 2008, de la mano del Plan Bolonia.

«Los avances tecnológicos nos alejan de los pacientes, creo que se puede y se debe humanizar más el cuidado» Isabel Salvador

A través de las experiencias de veteranas en activo, los más jóvenes descubren el «giro» experimentado por la profesión, cada vez con más autonomía y capacidad de resolución, con su propia parcela en el ámbito de la gestión y explotando su potencial investigador. «Cuando las enfermeras rurales empezamos como ATS, la gente nos seguía llamando practicantes. A lo largo de los 20 años que estuve por los pueblos de Ruesga ya fuimos asistiendo a un cambio paulatino, a mejor. Aprendimos cómo tratar al niño sano, al paciente diabético, al hipertenso, etc. Antes no había consejos de gestión ni coordinadores. Éramos solo el médico y la enfermera; resultaba impensable que pudiéramos tener nuestra propia consulta».

La de Teresa fue también la primera promoción mixta de enfermería en Cantabria (curso 1976-1977). «Hasta entonces los hombres estudiaban separados de las mujeres». La presencia masculina dentro del colectivo ha ido ganando peso con el tiempo, como remarca Pablo: «Ya no somos tan pocos». Él ha trabajado tanto en Atención Primaria como en Especializada, aunque ahora está volcado en la educación para la salud dentro del proyecto de enfermería escolar, pionero en España, que se ha desarrollado en cuatro colegios de la región gracias al impulso de la Fundación Cántabra para la Salud del Colegio de Enfermería.

«Cuando empecé en aldeas solo había un médico, que atendía en su casa, y aún nos llamaban practicantes» Teresa Pelillo Enfermera de Atención Primaria

«Es muy gratificante ver la respuesta de los niños, que son esponjas; cómo aprenden a comer mejor, adquieren hábitos como el lavado de manos y el ejercicio, e incluso desde bien pequeños ensayamos, por ejemplo, a quién llamar y qué decir si los abuelos, que son con los que más horas suelen pasar, se ponen enfermos», explica. Una formación adaptada a cada edad (desde los 3 a los 18 años), que, «a través de pequeñas dosis día a día, se traduce en grandes resultados». Y, a su vez, «el hecho de que te identifiquen como un referente de salud -apunta Laura, que también ha participado en el proyecto- te da una herramienta muy potente, te permite enseñarles lo que es una urgencia y lo que no, para evitar que se asusten o creen pánico alrededor cuando no hay motivo».

Hasta entonces esta tarea educativa se venía haciendo desde los consultorios, «donde la enfermería tiene su propia parcela dentro de la salud», destaca Teresa, con una peculiaridad propia de la Atención Primaria, que es «la relación que se establece con el paciente. Igual que atiendes a lo largo de su vida a jóvenes que has visto nacer, ves morir a gente que has tratado durante décadas. Ha sido tan grande el cambio que parece como si viviéramos otra sanidad. El paciente de ahora te exige mucho más y a diario, es más demandante de atención sanitaria».

«Más humanidad»

Laura aún era una estudiante adolescente el 3 de noviembre de 1999, fecha marcada por la tragedia en la historia de Valdecilla, al derrumbarse la fachada de Traumatología. Cuando empezó las prácticas ya conoció un hospital muy distinto al que describe Isabel de sus comienzos: «Era más pequeño, como una gran familia. Con los años, la atención sanitaria ha evolucionado mucho, el edificio se ha ido adaptando y se ha incorporado tecnología, que es imprescindible, pero por el camino se han quedado cosas que hay que preservar: lo más importante, la humanidad». Sus recuerdos más entrañables tienen nombre de pacientes. «Nos escribían muchísimas cartas y nos venían a ver después del alta. Incluso había gente que consideraba su cumpleaños el día que había salido de la UCI, porque había sobrevivido».

«Ya no somos tan pocos hombres. Hemos ganado competencias y tenemos un futuro apasionante» Pablo Pérez Enfermero escolar

Por eso, hace hincapié en «no descuidar el contacto y el trato humano con el enfermo. Ahora se ven rodeados de tantos aparatos que no nos ven. Les supervisamos desde el control, pero eso ellos no lo saben y necesitan sentir que hay alguien a su lado. Más de una vez un paciente intubado daba toques con la mano en la cama para llamar nuestra atención, y solo con preguntarle si le pasaba algo era suficiente». Esa distancia «también se ha notado en Atención Primaria», subraya Teresa. «Antes no había ordenador en la consulta, estabas cara a cara con el paciente, ahora hablas con él a la vez que escribes en la pantalla».

Ambas defienden que, aunque el ritmo de trabajo «nos lleva a hacer cada vez más cosas, y en ocasiones nos falta personal, siempre queda un poco de tiempo para apoyar una mano y tener una palabra de aliento. Sobre todo, en situaciones complicadas como las que se viven en intensivos. El paciente necesita ese contacto, que no le toquemos solo para pincharle. Se puede y se debe humanizar más el cuidado a los enfermos». Y también a sus familias, apostilla. «A veces se nos olvida que están ahí, angustiados, esperando en una sala a que llegue la hora de la visita a la UCI, a tener noticias de un familiar al que acaban de operar... Podemos hacer mucho más por ellos, informarles si va a haber un retraso, por ejemplo, ese 'algo' que parece poco es muchísimo», insiste Isabel, que hace dos años dejó los turnos y las guardias de Valdecilla para desempeñar su tarea en el servicio de drogodependencias de Sanidad.

«Se está avanzando en las especialidades, que es el camino para ofrecer un cuidado de calidad» Laura García Enfermera hospitalaria

Además, reivindica «el compañerismo», porque «nosotras siempre fuimos una piña. Nos sentíamos respaldadas, había tiempo para aprender. Ahora, a estas jóvenes casi casi las sueltan en un pasillo y a funcionar», declara. Y Laura, como aludida, no le quita razón. «Al estar de correturnos vas de un sitio a otro. Es una de las cosas que quedan por pulir. Se está avanzando mucho en las especialidades de enfermería. A la hora de trabajar y de prestar cuidados de calidad a un paciente siempre va a ser más rico dedicarse a un campo en concreto. Yo ahora mismo no me veo igual de capacitada ni de segura en estas condiciones que cuando he estado de continuo en un puesto en el Hospital de Laredo».

Pero esta circunstancia laboral no resta a los jóvenes ni un ápice de optimismo. «Ha sido tan rápida la evolución de la enfermería en tan poco tiempo, tantas las competencias que hemos ganado, que creo que tenemos por delante un futuro apasionante», opina Pablo, «con muchas herramientas y campos que te impulsan a querer seguir aprendiendo, a valorarnos cada vez más como profesión», señala Laura. Un hito que no pasa por alto ninguno de ellos es que «se abriera el doctorado a la enfermería, para impartir clases en la universidad y potenciar la investigación. Creo que ahora hemos empezado a despegar».

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