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Superdotados que se ocultan

CANTABRIA

Superdotados que se ocultan

25.04.10 - 00:17 -
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El miedo a que los niños que nacen con una inteligencia muy por encima de la media acaben por frustrarse al no llegar a lo que se espera de ellos -ser extraordinarios en todo-, el temor a que los otros niños les dejen de lado y les insulten -un hecho a día de hoy-, y la presión por parte de los profesores, inseguros ante un alumno brillante, son los motivos por los que los padres de un menor con altas capacidades de Cantabria ocultan su identidad al hablar con EL DIARIO MONTAÑÉS. El Director del centro de estudios del niño tampoco es partidario de que se dé su nombre: «Pues claro, hay muchas envidias y se le empezaría a tratar como a un monstruito que no puede fallar en nada. Cuanto antes se asuma que no todos los chicos con altas capacidades van a ser astronautas será mejor para el sistema educativo».
«No queremos que esté en el punto de mira» -explican los progenitores de este niño de 9 años diagnosticado de altas capacidades con un cociente intelectual (CI) de 130, cuando la media se sitúa entre 85 y 100)-. Sus padres insisten en que es «un crío normal, que hoy es muy inteligente pero que en otro momento puede cambiar y entonces el tropiezo tendrá una doble carga. Su nivel para aceptar la frustración ya de por sí es muy bajo, porque es tremendamente perfeccionista, y sería un golpe duro».
Ahí está el problema. Es cierto que puede cambiar, puesto que el CI es móvil y se disipa si no es ejercitado. Por eso, muchos expertos consideran que el sistema educativo español atiende a la diversidad por abajo, es decir, a los chicos con retraso, pero no ayuda a los que destacan por arriba. Rafael Andrés, director del Colegio Santa Juliana, en Santillana del Mar, explica que «la gente piensa que como son inteligentes salen por sí solos, sin ayuda, pero al contrario, se aburren y abandonan los estudios si nadie les reta. Entre un 2% y un 5% de la población tienen altas capacidades; no se diagnostica por el miedo que tiene el tutor a que después se le exija a ese chico que sea extraordinario. Es fundamental normalizarlo en la sociedad y que la Administración también lo normalice».
¿Cómo lo detectaron los padres de este niño de 9 años? «Nuestro hijo no estudia para aprobar, lo hace porque le interesa; tiene muchas inquietudes y ganas de saber. Destaca por ser muy observador y por una asombrosa capacidad de orientación», explican. Fueron los docentes del chico quienes, cuando éste contaba con cinco años, descubrieron que destacaba por encima de la media de la clase, por su riqueza de vocabulario y perspicacia. En un test de barrido que hicieron todos los alumnos sacó las máximas puntuaciones. Después, le hicieron las pruebas que confirmaron que tenía altas capacidades. «Si no soy el más listo de la clase, estoy entre los dos primeros», dice el niño, ajeno a todo. «De mayor... quiero ser piloto de avión, o policía u obrero».
Desde que tiene dos años habla construyendo frases coherentes -un rasgo común entre los niños con sobredotación (el término acuñado actualmente para referirse a los superdotados). «En Reyes nunca ha habido que ayudarle a montar los juguetes, lo hace él solo», señala su madre. «Se recorre los museos con un ansia por aprender que es hasta obsesiva, -añade su padre-, pero por lo demás, nuestra experiencia es que es más normal de lo que la sociedad prevé; la gente cae en tópicos».
Estos padres tienen como premisa normalizarlo. «Él no sabe que es un niño con altas capacidades ni se lo vamos a decir. No queremos forzarle ni apuntarle a mil cosas sólo porque tenga habilidades. En su tiempo de ocio hará lo que a él le apetezca. Es imprescindible que disfrute con lo que aprende, si no la presión acabaría por desmotivarle, así que, si lo pide, se le dará, pero no le exigiremos que toque un instrumento o que aprenda cinco idiomas».
«Mamá, me aburro»
Los alumnos con altas capacidades son críticos con el sistema educativo. «Llegan a casa enfadados si se ha perdido el tiempo en clase. El segundo día que hacen este tipo de comentarios: «Mamá me he aburrido porque hemos perdido el tiempo, los otros chicos me miran raro. Como son inteligentes saben que para adaptarse tienen que esconderse», explica el orientador del IES La Granja, Marino Pérez Avellaneda.
«Que son los grandes olvidados del sistema educativo es un hecho tajante», apuntan Javier Venero Aja, director del Instituto Cántabro de Altas Capacidades, y Marino Pérez, asesor de este proyecto que ya está en marcha en Cantabria. «Es un centro privado preparado para que los chicos no pierdan este don y se echen a perder o se oculten. Estadísticamente hay un alumno con altas capacidades por clase; es fundamental detectarlos, trabajar con ellos y estimularlos».
Los propios docentes que no están preparados «sienten celos y les ponen a prueba constantemente», asegura el doctor Amable Cima, director del Instituto Asturcántabro para superdotados, un centro en el que ocho chicos cántabros con altas capacidades reciben una ampliación curricular. «Ocurre que el propio profesor les acribilla a preguntas para dejarles en evidencia y demostrar que no son tan listos», asegura el doctor. Ante tanta presión los alumnos suelen hacer una «regresión a la media», explica Cima, «bajan al nivel de todos y disimulan, hacen que no saben leer, o lo hacen mal para sacar malas notas. En España no se premia los méritos académicos».
En las chicas esto es más radical, «literalmente se esconden en la adolescencia para no destacar. No es bueno ser distinto, ni por arriba ni por abajo, los demás no lo entienden y les dejan fuera del grupo. El 80% de los alumnos con altas capacidades no terminan la educación obligatoria y el 30% se vuelven alumnos conflictivos, o bien porque se aburren y se desmotivan o bien porque se unen a los más rebeldes de la clase para integrarse».
Rafael Andrés, director del Colegio Santa Juliana, añade que «cuesta dar el paso del diagnóstico porque el docente teme poner la etiqueta. Es un riesgo pero también un requisito para recibir recursos por parte de la Administración. Sin el diagnóstico, ¿que hacemos en los centros, les dejamos morir en el limbo?
Acelerarles un curso
«Cada niño es un mundo, no se puede hablar en bloque», señala el equipo de orientación educativa y de psicopedagogía de Educación, desde donde se explica que «es una población normal; dentro de ella hay matrículas y suspensos, unos más listos que otros o más maduros. Saltarse un curso dependerá de su madurez y de estar seguros de que el niño tendrá una perfecta integración. No puede decirse si es una buena medida en general porque depende de cada contexto».
La consejería asegura que «estos niños no están solos. Los centros educativos están capacitados para atender su situación», bien con medidas previstas por la Ley, como la aceleración de curso, o bien con actividades para estimularles como proyectos de investigación, campamentos científicos o de creación literaria que «nutren toda su curiosidad».
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