Las 7.440 vidas cántabras que se llevó la Guerra Civil

Enrique Menéndez ante el monumento ‘a los héroes de la República y la libertad’, en Ciriego /
Enrique Menéndez ante el monumento ‘a los héroes de la República y la libertad’, en Ciriego

Un trabajo del historiador Enrique Menéndez repasa con todo detalle las consecuencias de la contienda

ÁLVARO MACHÍNSantander

Mira a diario las esquelas del periódico. Las estudia con detenimiento. El año pasado detectó siete casos. Siete nombres. Personas que en su día, en los años malditos, fueron incluidas en una lista dramática. Desaparecidos. Nadie les borró de unos listados que reposan hoy en algún archivo. El repaso de las necrológicas le parece una anécdota, pero es un ejemplo de hasta qué punto ha sido minucioso en su trabajo. Minucioso en la revisión de millones de papeles. Y también en cada uno de los casos. No es solo cuestión de números. Los 7.440 cántabros que, según su estudio, perdieron la vida por la Guerra Civil tienen una historia que Enrique Menéndez ha repasado, una a una. De dónde eran, en qué lugar cayeron, cómo o en qué creían en unos tiempos en los que cosas como esa marcaban estar conmigo o contra mí.

Busca y rebusca un dato entre los 2.078 folios de su tesis. Es licenciado en Derecho (trabaja como procurador) y doctor en Historia. En los últimos trece años ha sido también otra cosa. Un estudioso metódico. Por eso llena sus explicaciones de matices, de coletillas. Los 1.156 cántabros muertos por la represión republicana se elevarían a 1.307 si se contara a los 68 forasteros en su mayoría veraneantes y estudiantes que firmaron aquí el último párrafo de su biografía. A ellos y a los 10 con domicilio no determinado o a los 73 vecinos de los pueblos de Burgos y Palencia que quedaron adscritos a la provincia de Santander cuando se produjo el alzamiento la localidad cántabra de Espinosa de Bricia (Valderredible) quedó, por contra, adscrita a la zona nacional. Muertos en tierra de nadie.

Matices como la fecha límite. Su lista va hasta 1948, año en el que se produce la derogación del bando de Estado de Guerra. O como el desglose de los 2.289 cántabros muertos por la represión del otro bando, el de los nacionales. De ellos, 864 fueron ejecutados por la sentencia de un consejo de guerra aquí mismo, en Cantabria. Otros 288 cayeron de la misma manera, pero fuera de los límites de la región. «Paseados y desaparecidos», dice antes de detallar a las 538 víctimas mortales incluidas en el apartado Ejecutados sin sentencia, represión irregular o extrajudicial. Quedan los sesenta que murieron por suicidios inducidos o malos tratos o los 97 emboscados, huídos o guerrilleros. Los 442 que completan la cifra corresponden a fallecidos en campos de concentración, batallones disciplinarios o destacamentos penales.

El conflicto en cifras

2.289
víctimas mortales cántabras por la represión franquista, según detalla el trabajo

1.601
Soldados cántabros del bando nacional caídos en combate (con los mismos parámetros)

22
ahogados en las embarcaciones que huyeron sobrecargadas cuando entraron los nacionales

Hay cientos de historias que ayudan a entender los números. Las cifras de antes. Porque antes de que estallara la guerra, en los primeros meses del 36, ya murieron en Cantabria 23 personas. Víctimas de unos y otros, una etiqueta terrible que marcaba la sociedad de aquellos días. La crónica del 3 de junio lo demuestra. Al director de La Región, un periódico de ideología izquierdista, le pegaron dos tiros mientras jugaba a las cartas en el bar La Zanguina (lo que hoy es El Tívoli). Luciano Malumbres se llamaba. «Ese es», gritaron una mujer y un muchacho para identificar al presunto autor de los disparos. «Vestía bien, aunque algo modesto y llevaba un reloj de metal blanco», detallaron las crónicas de entonces, que lo definieron como un «falangista» que «había venido a ver a su hermano a la prisión provincial».

A él, Amadeo Pico, lo mataron en la calle Tableros. Esa misma tarde, mientras lanzaban bidones de líquido inflamable contra varios comercios marcados, por Perines se escuchó un «este es fascista» previo al sonido de la pólvora. Otro disparo, otro muerto.

Casos, cifras, víctimas

Muertos y más muertos. Los 67 que dejó el bombardeo de Santander el 27 de diciembre del 36. El más trágico. Era un domingo por la mañana. De sol rico de invierno de finales de año. Tan rico que no se tomaron en serio las alarmas que ya habían sonado otras veces. No volvieron a ignorarlas. En los otros cinco bombardeos que dejaron víctimas en la capital y en las 180 veces que se escuchó el zumbido de los aviones por los alrededores. Pavor. Bombas en Torrelavega, Reinosa, Renedo, Oruña, Puente Arce o Toranzo en paralelo a la ofensiva de los nacionales. O las de Ontón y Castro, vinculadas al frente vizcaíno.

Más de 2.000 folios y un sobresaliente cum laude

la investigación

«Se han consultado todos los archivos posibles». Hemerotecas, documentos judiciales, militares, de prisiones, de hospitales... Más de cinco millones de folios para un trabajo que ocupa 2.078 repartidos en dos tomos enormes. Contrastó todo porque entiende que la clave es «no dejarse llevar». No dar por supuesto. Por eso, los que da por desaparecidos lo son porque están realmente contrastados y ha podido cribar muertes vinculadas a la delincuencia común, a motivos que no tuvieron que ver con la contienda o la represión. Caso por caso.

También las duplicidades de nombres en varias listas. Todas esas tareas le sirvieron para una tesis doctoral que defendió el pasado 28 de enero tras trece años de investigación y que se saldó con un sobresaliente cum laude. El título, Guerra Civil en Cantabria. La represión republicana y franquista (1936-1948).

Pese a todo, Menéndez que insiste en todo momento en que se procura evitar cualquier juicio de valor y cualquier pronunciamiento en este sentido advierte de que «queda aún mucho material sin clasificar». Siempre incertidumbres. «Por eso, el 100% del conocimiento total sobre este tema es imposible». Y ahora, ¿qué? «Mi intención es publicar el trabajo».

Tras el ataque aéreo del día 27, un grupo de milicianos se presentó en el Alfonso Pérez, el barco que se habilitó como prisión. Al poco rato. Arrojaron bombas de mano y fueron voceando nombres en las bodegas. Cuando aparecían por cubierta, a los falangistas y requetés les pegaban un tiro en la nuca. Hay 156 nombres de ese barco en el balance.

Los cadáveres de los 22 de Cabárceno ni aparecieron. Las tropas nacionales retuvieron en la iglesia y en el edificio de la compañía Orconera a los detenidos para depurar responsabilidades. A 22 los mataron en la zona de la Agüera, entre Penagos y Pámanes, y en el Puente del Diablo, en la carretera de Cayón a Villacarriedo. Tampoco se sabe dónde fueron a parar el autor cree que están en Ciriego los que, presuntamente, viajaron en un camión hasta Santander desde Voto. Un tal Jerónimo apareció por el pueblo años después. Contó que les fusilaron y que él se tiró del vehículo a tiempo. Libró. Se han identificado once nombres (se habla de entre 12 28 muertos).

Escenarios variados. En la Bahía llegaron a aparecer 86 cadáveres. Les fondeaban en la Isla de Mouro, la zona más profunda. Atados y con un lastre. Las barcas salían con pasajeros que no volvían. Las orillas de las playas de Galizano o Ribamontán al Mar fueron su último destino. Un lugar de ejecución sistemático, una definición que, según el autor, no se le puede atribuir a Cabo Mayor, al Faro. Sí cayeron en los alrededores. Pero no despeñados. Por la zona varios paseos terminaron con tiros. Las autopsias revelan que esa fue la causa de algunos de los que aparecieron flotando. Disparos, asfixias por inmersión... No las grandes fracturas que hubiera provocado el impacto contra las rocas.

Los buzos tampoco encontraron cadáveres hundidos. Y hasta la hermana de uno de los fareros de la época declaró que allí, por entonces, había demasiados testigos. Demasiada luz para algo que se hacía a oscuras. Por eso Menéndez no descarta que hubiera algún caso, pero sí que fuera «un lugar habitual» para las ejecuciones según toda la documentación. Fuentes que, si acaso, podrían ubicar allí la muerte de un grupo de vascos fueron siete, en total de ideología nacionalista. Algunos de ellos aparecieron literalmente machacados. De eso sí se recogió algún testimonio. «Estaban en las peñas».

 

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