«El de Altamira es mi libro 99, pero el que cree que existe una fórmula para el éxito es tonto»

El narrador Alberto Vázquez-Figueroa, en su domicilio madrileño, se ha adentrado en el mundo del hombre prehistórico y Altamira tras escribir casi cien libros. /José Ramón Ladra
El narrador Alberto Vázquez-Figueroa, en su domicilio madrileño, se ha adentrado en el mundo del hombre prehistórico y Altamira tras escribir casi cien libros. / José Ramón Ladra

Se considera un «contador de historias». Narrador, periodista, inventor, submarinista, el autor de 'Tuareg' suma ahora la prehistoria y los bisontes a sus 30 millones de libros vendidos en el mundo

GUILLERMO BALBONASANTANDER.

Huye del concepto de escritor, de su tribu y de lo que representa socialmente. Alberto Vázquez-Figueroa (Tenerife, 1936) se considera «un contador de historias. Eso es lo que he hecho toda mi vida, desde que tenía 16 años tras vivir en el desierto, y es lo que sigo haciendo ahora». El humor asoma a menudo en su conversación cuando recuerda paradojas, gestos absurdos y naderías que tienen en común la estupidez humana. En su domicilio madrileño el octogenario narrador canario continúa con su escritura prolífica y ya no le salen las cuentas cuando recuerda las cifras hiperbólicas que envuelven su trayectoria: 30 millones de libros vendidos en todo el mundo, un centenar de títulos publicados, casi cuarenta películas. Aunque le asaltan las dudas, dejando a un lado los títulos que ha escrito con pseudónimo, asegura que su enésimo fruto, 'Los bisontes de Altamira' (editorial Kolima), con prólogo de su amigo Miguel Ángel Revilla, hace el número 99. Una productora planifica ya una serie televisiva. Las experiencias, los recuerdos, lo autobiográfico han estado muy presentes en sus ficciones, pero Altamira y la prehistoria le han enfrentado a un relato diferente donde solo el estudio y la imaginación permiten paliar el vacío del tiempo.

El autor de 'Tuareg', 'Ébano' u 'Océano' tiene asumido que un libro «sale bien o mal y no depende del tiempo que le dediques. Más de la mitad de los que he escrito son un desastre. Si supiera una fórmula para el éxito, la aplicaría siempre. Pero el que cree que eso existe, es que es tonto».

El periodista, corresponsal de guerra, inventor, submarinista, el último superviviente del equipo de Jacques Custeau, lo tiene claro: «Un libro es como hacer el amor», dice entre carcajadas, «a veces es como llegar a la luna y otras no merecía la pena ni haberse quitado los zapatos».

Una productora de televisión proyecta ya realizar una serie sobre su visión de Altamira

- ¿Cómo surgió su interés por Altamira?

-Conocí a Revilla a través de un amigo común. Lo traje a comer a casa y se enamoro de la tortilla de patatas que hace mi mujer. En las conversaciones que tuvimos surgió la posibilidad de esta historia. La pregunta llamativa y misteriosa era cómo había surgido esa criatura genial que de repente hace aquellas pinturas. No había entonces más de 8.000 habitantes en la península y un millón en todo el mundo. Empecé a estudiar y me encontré con cosas muy interesantes. Los hombres de hace 15.000 años ya conocían el fuego pero, sin embargo, para ellos lo más importante fue descubrir la aguja de coser. Hasta ese momento se cubrían con pieles pero al descubrir la aguja de hueso y un tendón de un animal pudieron empezar a unir pieles y hacerse vestimentas a su manera, gorros y sobre todo botas. Y ese fue el primer gran adelanto de la humanidad. Se habla de la rueda pero ahí estaban los incas, por ejemplo, que constituyeron una gran civilización y no tenían necesidad de ella en esa orografía.

-¿Conoció Altamira?

-Sí, claro. Estuve hace muchísimos años, y ahora me parece lógico que con las restricciones de visitas, la neocueva y las reproducciones casi perfectas puedan acercar la cueva. En todo caso para mí esta novela ha sido diferente porque hasta ahora si yo escribía, por ejemplo, de los tuareg era porque me pasé 30 años conociéndolos y media vida en Africa. O escribía un libro sobre el Amazonas pues estuve más de veinte años en Sudamérica. He basado casi siempre mis novelas en experiencias anteriores y esto ha sido diferente.Pero me ha gustado porque uno aprende cosas nuevas y el saber no ocupa lugar a condición, eso sí, de que lo que aprendas merezca la pena.

«Los escritores son todos aburridos y fastidiosos... son de una pedantería insoportable»

-¿Qué otras cosas le han despertado atención?

-Una cosa que me sorprendió y me volvió un poco loco con la novela era qué comían aquellos hombres. Tomates, no; patatas no... ; tampoco nueces, ni cebolla, ni almendras...y empiezas a volverte loco para no meter la pata. Sin embargo, se ponían morados de trufas y, por supuesto, carne. Y lo que más les interesaba eran los bisontes por la piel. Así que la historia supone en definitiva un viaje en busca de bisontes.

-Y tras recoger en sus libros geografías, países, viajes, culturas... este parece una vuelta a lo fundacional.

-Lo que de verdad me maravilla es cómo un hombre en el interior de una cueva, a 200 metros de la entrada, pudo pintar aquellas figuras de bisontes sin tener delante el modelo. Es la historia de un antepasado muy remoto, Ansoc, el gran pintor que hace alrededor de 15.000 años convirtió una cueva en el más asombroso escenario del arte y la creación. Miles de años después sigue asombrando. Como dijo Picasso, «desde Altamira todo es decadencia».

-¿Y qué equilibrio ha jugado entre la imaginación y el estudio?

-La imaginación asoma en todo aquello que me sirve para recrear un viaje que hacen para atravesar la península en un trayecto en el que se van encontrando con cosas muy sorprendentes, que podrían haber ocurrido, tribus que podían haber conocido...Lo importante es tener en cuenta que nada de esto es históricamente cierto porque no se había descubierto la escritura. Mientras no se descubra la escritura no hay relato, nadie ha dejado marcado si tenían o no nombre. Este es un juego de no pillarte los dedos. La experiencia siempre me ha llevado a concluir que cuando algo no es seguro , evítalo. Si es al revés, dilo. Y, sobre todo, se trata de decirle a la gente aquello en lo que no ha reparado como lo de la aguja. Y eso sale del estudio también. Con 82 años vas aprendiendo cosas, unas inútiles y otras no.

«En toda mi vida solo he conocido un político honrado: Héctor García Godoy. Lo envenenaron»

-¿Queda algo siempre por contar?

-En esta profesión de pronto tienes que darte cuenta de que con olfato en tal sitio hay una historia. Esta ha sido creo mi novela 99, si dejo aparte otras escritas con pseudónimo. No es solo lo que has escrito sino aquello que te ha interesado y no lo has reflejado por escrito. Lo importante es captar con olfato esa historia que está ahí. El otro día (en la presentación de la novela en Madrid) comentamos el hecho de que fuera una mujer la autora de las pinturas de Altamira, si por ejemplo fuera fruto de la decoración. Eso sería revolucionario.

-¿Quién es Vázquez-Figueroa tras escribir cien libros?

-Es que yo no soy escritor, soy un contador de historias. Un escritor es un tipo muy sofisticado. Yo me crié en el desierto donde por la noche nos reuníamos todos tras la cena. Y lo importante no era el jefe, ni el mejor cazador ni el más valiente, ni el mejor guerrero, lo importante era el contador de historias. Era la televisión del momento. Te contaban historias de amor, de aventuras, de otra gente, de guerra y del pasado. Pasé mi infancia con mi tía y crecí allí y decidí que lo que quería era ser un contador de historias.

-¿Y qué decisión tomó?

-Cuando volví a España empecé a practicar con el ejemplo y me puse a contar mi vida en el desierto por eso hice 'Arena y viento', que es mi primer libro y quizás, en ese sentido, el mejor. Era la historia de un niño huérfano que cuenta su experiencia cuando se traslada a vivir al desierto. Y ese fue el inicio. No me veía con animo de meterme en una redacción de un periódico y con dos amigos viaje por el mundo en un barco de vela. Al volver tampoco entraba en mis planes quedarme encerrado. Tenía una ventaja para esa época y es que yo era mi propio fotógrafo, hacía el trabajo de dos y me empezaron a mandar por el mundo. Vinieron las corresponsalías, las guerras, los libros de viajes y fui escribiendo mucho.

-¿Cree que la novela sigue siendo el camino más adecuado para encauzar las historias?

-Las novelas, a no ser que seas un gran pensador capaz de decir cosas muy importantes, son la mejor elección cuando quieres contar historias. Y eso es lo que fui haciendo. Las trece primeras no tuvieron éxito pero seguí adelante mientras continuaba con mis viajes y el submarinismo... Y ya con 39 años sale 'Ébano' que es el gran pelotazo en mi carrera. Luego 'Tuareg'...El que cree que escribir un libro y tener éxito responde a una fórmula matemática es que es tonto.

«En el desierto aprendí que el importante no era el jefe ni el cazador, sino el que contaba las historias»

-¿Le habrán dicho a menudo que ha tenido 'ayudas' para producir tanto?

-Es al revés, yo he sido 'negro 'para otros alguna vez y he escrito muchos libros con pseudónimo. Hace poco una escritora me dijo que había tardado tres años y medio en terminar su último libro. Si yo tardara eso en los sesenta años profesionales que llevo, cuántos podría haber escrito máximo. El libro más rápido que he escrito, 'El Perro', lo acabé en un fin de semana. Y en 'Tuareg', mi libro más vendido, tarde veintitantos. Mientras estudiaba para preparar los 'bisontes' yo he escrito otra novela ('Rumbo a la noche').

-¿Cómo ve al ser humano en este siglo XXI?

-Si habláramos de género (entre risas) desde luego es mas interesante la mujer de hoy. La condición humana siempre es la misma, lo que cambian son las condiciones externas. Te remontas precisamente hace 13.000 años, o a la época de los romanos, o a la de los egipcios, y la corrupción, el odio, la envidia... siempre es lo mismo. Los defectos o pecados y virtudes capitales son iguales. Cambia el entorno, la vestimenta, las costumbres...

-¿Y qué entiende por evolución?

-¿Evolución? Eso está muy bien para la cosas, las empresas...Una vez el Ministerio de Industria me pidó que diera una conferencia ante los inventores españoles. Y yo les dije: cuando inventen algo no se pregunten a quién beneficia, sino a quién perjudica. Del poder al que perjudica dependerá que salga o no adelante su invento.

-¿Somos más tontos?

-He conocido a gente muy inteligente y a mucho ceporro, sobre todo políticos. Y luego gente que tiene una visión del mundo. Como César Manrique, que demostró una superinteligencia para ver lugares y cambiarlos.