La derecha pone un cordón sanitario a Vox y Revilla no cierra la puerta a PP y Cs

La derecha pone un cordón sanitario a Vox y Revilla no cierra la puerta a PP y Cs
Javier Cotera

El candidato del PRC sale sin rasguños del debate de los seis principales candidatos a la Presidencia de Cantabria organizado por El Diario Montañés, mientras Sáenz de Buruaga se convierte en la diana de los ataques de sus rivales

Enrique Munárriz
ENRIQUE MUNÁRRIZSantander

El refranero popular consagra que es bueno que hablen de uno aunque sea mal. Si se da por cierto, María José Sáenz de Buruaga fue la campeona del primer debate que se celebra en la historia de la región con seis candidatos a la Presidencia de Cantabria que ayer organizó El Diario. Todos contra el PP, que no gobierna desde hace cuatro años, y su candidata contra Miguel Ángel Revilla, el enemigo a batir, el único rival que le importaba sobre el escenario y el hombre que puede acabar con la hegemonía popular después de 23 años. El debate fue cordial para alegría de los electores en tiempos de extremos, aunque se calentó por momentos cuando se metieron en la harina de amasar los pactos. La principal novedad llegó justo en el último bloque, antes del minuto final de cada candidato, cuando PP y Ciudadanos desecharon, grosso modo, impulsar 'un pacto a la andaluza' con un tripartito; el PSOE trazó una línea de veto a las derechas, lo que limita a Pablo Zuloaga a reeditar un bipartito con el PRC o Podemos; y Revilla, que ya se ve ganador hasta el punto que ni siquiera se molestó en pedir el voto, se dejó querer por todos, excepto por los de Santiago Abascal.

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El presidente cántabro no despejó la gran pregunta de con quién pactará si está en su mano conformar un gobierno. Revilla regateó la pregunta aprovechando el pase que le lanzó el candidato de Vox, Cristóbal Palacio, y echó balones fuera. Fue uno de los hitos del debate, cuando el abogado sentenció que el regionalista iba a ganar los comicios –algo que despertó el asombro del resto llegando a reprocharle desde el atril con un «si lo dices tú»– y acusó a PP, PSOE y Ciudadanos de ser «tres bailarines que aspiran a que Miguel Ángel le toque con la varita y les permita gobernar con él».Sus palabras removieron a sus contrincantes, que torcieron el gesto, pero poco le importó. Trató de ponerles entre la espada y la pared y de retratarles con un punto servilista. Se creció en ese momento, acusó al resto de bailarle el agua y a Revilla de condicionar a sus adversarios. «El aviso a navegantes era el que se meta conmigo no sale en la foto y estamos consiguiendo un debate en el que, en principio, va a ser el líder del próximo gobierno mira con complacencia, de un lado a otro, y ve como ninguno le ataca directamente, porque tienen miedo a ofender al jefe y que luego no les llame», ironizó tras reconocer que sus opciones de gobierno son nulas y se dedicará a hacer una labor de oposición «mejorando el Gobierno que surja de estas elecciones a través de la ayuda constructiva».  

–¿Tiene bailarines alrededor, presidente?, preguntó la moderadora, Pilar González Ruiz, para darle la réplica.

«Pero vamos a ver... Qué cosas acabo de oír», se escabulló el regionalista, quien usó su turno para dar una lección de buenos modales y educación a Palacio y, de paso, abroncarle. «No estoy condicionando a nadie. No es mi estilo. Lo que he dicho es que vamos a intentar huir de los insultos, no de la crítica. ¿O usted lo que estaría deseando es que me llamen enano, viejo, desfasado...? El insulto hay que desterrarle de la vida política», espetó visiblemente molesto y llamándole la atención por interrumpirle. Entre medias, sin resolver la incógnita, dejó claro que el PRC no negociará con los que quieren volver al centralismo y suprimir las autonomías». Todo lo demás, incluido un PP al que hace cuatro años no hubiera ni cogido el teléfono, está sobre la mesa.

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El presidente, realmente, dejó que los demás lo dijesen todo y como si la pelea no fuese con él. A su aire. Divide y vencerás. Es un clásico de cualquier manual de estrategia de combate desde Julio César. La guerra abierta por el liderazgo de la derecha sirvió, además de los reproches, para que Ciudadanos y PP se distanciasen de Vox, con una invocación implícita al voto útil y descartasen, de facto, un tripartito. Félix Álvarez, directo y sin medias tintas, fue el más claro: «Me resultaría difícil llegar a un acuerdo de gobierno con Vox, que pretende modificar la Constitución para modificar la autonomía de Cantabria». Sáenz de Buruaga, que insistió en que «no es momento de hablar de pactos», utilizó el guante de seda para dar el portazo. «Hay cuestiones innegociables como la defensa de la autonomía y, sobre todo, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y la lucha contra la violencia de género», dijo en una clara alusión a los de Abascal. Y, por si quedaba alguna duda, dejó claro que un acuerdo «no implica asumir la personalidad de otros ni convertirse en lo que no es». A partir de ahí, la presidenta del PP aspira a «ser la alternativa a Revilla y no la muleta, como otros» y escenificó su talante negociador: «con Cantabria puedo hablar con cualquiera. Pactaré con quien se una con ese programa y a la Cantabria de las oportunidades»

Con el cordón sanitario de la derecha confeccionado, el candidato de Ciudadanos, que se ve gobernando, siguió marcando líneas rojas hasta quedarse solo con PP y PRC. Dijo que tampoco ve una alianza con Podemos, porque pretende modificar la Constitución «para crear una España plurinacional y aceptar referéndums de independencia», ni tampoco con el PSOE de Sánchez , «que llegó a la Presidencia con independentistas, nacionalistas y filoetarras y que, además, nos llama perros a los que vamos a Alsasua a defender España».

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Desde la otra orilla, Pablo Zuloaga no se fía de las intenciones de la derecha e insistió en que «salen a hacer un pacto a la andaluza». El dirigente socialista, que ya había manifestado sus intenciones en varias ocasiones, recordó que no quiere una Cantabria de «privilegiados como quieren las derechas» y reiteró «que somos capaces de llegar a acuerdos de futuro, que miren adelante y no atrás, garantizando derechos y no derechas».

Una idea en la que ahondó Mónica Rodero (Podemos), quien dejó entrever que, si se necesitan sus votos, exigirán entrar en el Gobierno de Cantabria como Pablo Iglesias está pidiendo a Sánchez a nivel nacional. «El próximo Gobierno nos va a tener pendientes de que se va a ocupar de los cántabros, que hasta ahora no lo ha hecho. Es fundamental nuestra presencia para el desarrollo de una región innovadora, sostenible que cree empleo de calidad». Y, adelantándose a su cierre, apeló al voto útil de aquellos que vayan a votar a otras fuerzas de izquierdas –Marea Cántabra o Cantabristas– porque frente a ellos «Podemos tiene posibilidades reales de entrar al Parlamento».

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Más allá de alianzas de futuro, que fue el sexto bloque tras analizar la situación de Cantabria, infraestructuras, sanidad, educación y economía y empleo, el primer debate electoral, una de las pocas ocasiones de los candidatos para decantar el porcentaje de indecisos sin precedentes antes en las autonómicas, se saldó sin bajas. Miguel Ángel Revilla salió sin rasguños en todas las áreas, menospreciando hasta en tres ocasiones las críticas del resto y disculpándoles, como todo un perdonavidas, porque es «lógico» y «normal en campaña»; Buruaga tuvo un discurso contenido, de guante blanco, invisibilizando a todos menos al regionalista y defendiéndose de continuas críticas incluso a su liderazgo –«la salud de mi liderazgo debe ser muy buena porque todas las críticas se dirigen al PP», ironizó–; y Álvarez le robo el plano entrando en el cuerpo a cuerpo con todos –a Zuloaga le acusó de «irse corriendo de Bezana para hacerse selfies en la Delegación» y le echó en cara las irregularidades en el SCS, a Buruaga su «cuajo» por venderse como alternativa cuando «no consiguió ni cambiar al portavoz de su grupo parlamentario» y al PSOE y Podemos les comparó casi con el demonio–. Fue el único que disparó contra todos –salvo el PRC– con ironía, fluidez y sin dar tiempo, en muchas ocasiones, a responder.

Pablo Zuloaga se desenvolvió con solvencia, tuteó a sus rivales en las réplicas y se mostró como el garante de los servicios públicos frente una derecha «privatizadora» que favorece a los «privilegiados» y sin dirigirse, algo meditado, a su socio. Se encontró cómodo y con soltura en el plató y aprovechó para colar sus propuestas y las señas de identidad impulsadas por Sánchez desde que llegó a Moncloa.

A Mónica Rodero se la vio más nerviosa que al resto pero sobrevivió e, incluso, le coló a Ciudadanos un gol en su intervención al recordarle que dio el gobierno a Rajoy a cualquier precio. Y, por último, Cristóbal Palacio, a pesar de llegar con el debate empezado, metió dos marchas más del resto y luchó contra la invisibilización a la que intentaron someterle entrando en el cuerpo a cuerpo.

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El presidente dejó muy claro desde el primer momento que él había venido a hablar de su libro. No entró trapo de los ataques y contrapuso la Cantabria que heredó del PP con la de ahora: menos paro, aunque el empleo sea precario –«como en toda España»–, más médicos, más profesores y menos ratio de alumnos, la reapertura de Sniace, el impulso de la industria o las políticas sociales. Un lienzo que nada tenía que ver con el que dibujó el bloque PP, Ciudadanos y Vox. A pesar de que intentaban ir cada uno por su lado y guardar las distancias, sus trazos, por momentos, parecían hechos por la misma mano. Criticaron casi al unísono al bipartito por la gestión sanitaria, que ha llevado a los profesionales a una huelga y por los contratos irregulares en el Servicio Cántabro de Salud que llevaron a dimitir a la cúpula sanitaria;anunciaron que iban a revertir el «fiasco» del calendario escolar, que ha enfadado a padres, maestros y alumnos; o las críticas por los incumplimientos de la llegada del tren de altas prestaciones o el proyecto a Bilbao.

Zuloaga cargó contra el PP y defendió proyectos como La Pasiega y el plan eólico, torpedeados dentro y fuera del gobierno, como si la cosa no fuera con él. «Es sorprendente oír a Zuloaga porque parece que los socialistas no están ni han estado en el gobierno», respondió Buruaga tras recibir duras críticas. Mientas Rodero aprovechó cada turno para colar sus propuestas: reindustrialización de Besaya y Campoo, sacar el Plan Regional de Ordenación del Territorio.

En el minuto de oro final, los candidatos pidieron el voto de forma más o menos convencional. Sólo Revilla se lo ahorro. «No voy a hacerlo. Todos somos sobradamente conocidos. Obren en consecuencia». Fue protagonista hasta el final.