Cuando el museo es un camposanto

Decenas de turistas admiran los panteones y la arquitectura del cementerio de Ballena, en una de sus avenidas./AV
Decenas de turistas admiran los panteones y la arquitectura del cementerio de Ballena, en una de sus avenidas. / AV

El de Ballena es uno de los reclamos más visitados del emergente turismo de cementerios

JAVIER GANGOITI

Un gato blanco duerme a la sombra de un panteón en el cementerio municipal de Ballena, en Castro Urdiales. Unas huellas mojadas delatan su rutina. Cuando tiene sed gatea hacia un barreño lleno de agua fresca, igual que otros felinos acostados en los mausoleos del camposanto. De pronto, los pasos de un grupo de turistas interrumpen su descanso.

No vienen de luto. Ni siquiera conocen a nadie que descanse en esa morada. Llevan cámara de fotos y se detienen a admirar todos los monumentos del cementerio. Como en un museo. Este tipo de excursiones, a las que están un poco más acostumbrados en otros países de Europa, han consolidado una nueva forma de viajar: el turismo de cementerios o necroturismo. España es uno de los países que se incorpora a este nuevo fenómeno del sector.

Las obras comenzaron en 1885 y duraron 3 años

Una costumbre que, al principio, puede generar reticencias, pero que ayuda a conocer auténticas obras de arte en diferentes puntos del país, y uno de los lugares más hermosos es el cementerio castreño de Ballena. Declarado Bien de Interés Cultural (BIC) con la categoría de Monumento en 1994, este camposanto de más de 125 años atrae a cada vez más turistas. Sin descanso.

El cementerio de Ballena es como una pequeña ciudad. Sus alcantarillas, sus calles perfectamente alineadas y su impecable pavimento revelan el minucioso cuidado que se ha realizado durante décadas. No en vano fue elegido mejor cementerio de España el año pasado, igualado con el de Sumacárcel, en Valencia. En cuanto uno entra y desciende por cualquiera de sus avenidas hacia el mar se da cuenta de que visitarlo implica sumergirse en una atmósfera distinta. Ayuda su posición privilegiada, en lo alto de una pequeña península en el sitio de Ballena (de donde adoptó su nombre), pero, sobre todo, su proyección a cargo de Alfredo de la Escalera y Amblard (Cádiz, 1947), arquitecto diocesano y provincial de finales del siglo XIX. El gaditano pensó en un estilo ecléctico para reunir varias tendencias en un único lugar: se pueden admirar panteones neogóticos, modernistas y de estilo neoclásico, siempre a juego con las zonas verdes del cementerio.

Éste fue elegido mejor cementerio de España el año pasado

La belleza del mobiliario aumenta con los candelabros, vidrieras, mosaicos y cruces que adornan la morada. Una de las imágenes más llamativas se encuentra en un panteón custodiado por un precioso -y enorme- ángel, junto a un gran obelisco. El arquitecto castreño Leonardo Rucabado ideó el monumento para la familia de su mujer, Emma Del Sel, pero finalmente fueron los restos del genio los que terminaron descansando en su propia creación en 1918. No es el único personaje ilustre que descansa en el camposanto castreño. El músico y compositor Arturo Dúo Vital (Castro Urdiales, 1901) también yace en su tierra natal.

Reúne movimientos artísticos de su época, como el modernismo, el neogótico o el neoclásico

El patrimonio arquitectónico del cementerio de Ballena se completa con la capilla de la entrada. Dispone de un pórtico elevado con acceso al monumento y es mucho más amplia de lo que parece desde el exterior. Tanto es así que, anteriormente, la capilla albergaba una sala de autopsias, un laboratorio y un depósito para los cadáveres.

'Tu familia no te olvida'; 'Amarte ha sido fácil, olvidarte imposible'; 'Te queremos, aita'. De vez en cuando, la lectura apenas susurrada de la multitud de epitafios acaba con el silencio. Son palabras traducidas a diferentes idiomas a lo largo de la visita. Después de todo, el ambiente no dista tanto al de un museo, y así lo creen cada vez más españoles, franceses, japoneses o alemanes cuando dan una oportunidad a estas visitas «exclusivas», como lo define una pareja procedente de Madrid.

El silencio, la calidad de los monumentos, los motivos dorados y los mensajes de último adiós evocan un ambiente muy especial. Así lo reflejó el poeta Fernando Zamora (Zamora, 1940) en el segundo cuarteto de su soneto en homenaje al camposanto de la localidad castreña: «Castro, con vocación marinera, ofrece desde un arte sacrosanto, a sus difuntos a modo de manto, monumentos de historia duradera».

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