«No se puede ser periodista sin pasión»

La periodista Mercedes Gallego, en la playa de Los Locos de Suances ./Daniel Pedriza
La periodista Mercedes Gallego, en la playa de Los Locos de Suances . / Daniel Pedriza

Mercedes Gallego, periodista de raza y una de las últimas grandes corresponsales de guerra que se han jugado la vida por informar, ha venido a descubrir Cantabria

Nieves Bolado
NIEVES BOLADOSantander

Con 24 años se marchó a México a hacer periodismo y desde entonces ha vivido los principales acontecimientos del continente americano. Desde el East Village de Nueva York, donde vive, a Monimbó, jugándose la vida hace apenas un mes ante los paramilitares nicaragüenses, esta periodista jerezana es considerada como una de las últimas grandes corresponsales de guerra. Envió dramáticas crónicas de la invasión de Irak 'empotrada' con los marines norteamericanos en primera línea de batalla. En octubre de 2002 el Pentágono invitó a cinco periodistas de todo el mundo a acompañar a las tropas norteamericanas en la invasión de Irak. Mercedes Gallego (Jerez de la Frontera, 1970), corresponsal de Vocento y El Correo en Nueva York desde hace 24 años, fue una de las elegidas. Haití, Nicaragua, las Torres Gemelas, el levantamiento zapatista, el funeral del Ché... Una periodista de auténtica raza, activista, que se ha jugado varias veces la vida por informar. Ha venido a Cantabria para descubrir la región.

-¿Pueden convivir periodismo y activismo?

-Siempre que se respeten los estándares éticos y morales que, como periodista, debes defender: justicia, verdad y derecho a la información.

–¿Cree que es objetivo exponer convicciones?

–Una de las primeras cosas que me ensenaron en la Facultad de Periodismo fue que la objetividad no existe. Usted misma me ha elegido a mí, y no otra persona, para hacer esta entrevista; de alguna manera está haciendo una selección subjetiva.

«Ser corresponsal de guerra puede parecer glamuroso pero es una forma de denunciar injusticias»

-Tiene querencia al terreno hostil...

-Es que se aprende más de las dificultades. La gente es quien me motiva en las situaciones peligrosas. Me admira el grado de superación que surge de esas personas en momentos límite, en los que tú misma no sabes reaccionar, mientras recibes una lección de vida de quienes están sufriendo ante tus ojos.

-¿Cómo en el terremoto de Haití de 2010?

-Así es. No puedes creer que un país que ha soportado tanta miseria sufra, además, un terremoto apocalíptico, que sus gentes estén durmiendo en la calle junto a una montaña de muertos, resignadamente. No sabes de dónde sacan esa fortaleza interior. Tú, que piensas que eres la fuerte, te haces pequeñita, te llevan a otra dimensión, relativizando nuestras vidas y poniéndonos en entredicho cuando nos venimos abajo por problemas menores.

-¿Ser corresponsal de guerra es buscar leyenda?

-Puede parecer glamuroso, pero los periodistas debemos plantearlo como una manera más de denunciar las injusticias. Somos pequeños quijotes que vamos por la vida luchando contra molinos de viento y que cuando nos topamos con las aspas de la injusticia les clavamos la lanza de nuestra pluma, dando así otro sentido a nuestra vida, intentando hacer un mundo mejor.

-¿Es la nuestra una profesión de románticos?

-¡Desde luego! García Márquez decía que no se puede ser periodista sin pasión y si careces de ella te conviertes en un oficinista. Hay que estar lo más cerca posible de la noticia y de los seres humanos que la protagonizan, de la gente a la que nadie escucha, para darle voz.

-Pero usted ha puesto el micrófono a los Bush, Clinton, Trump...

-A veces un presidente te da un gran titular, y te cuelgas una medalla, pero disfruto más entrevistando a otras personas. Créame que no le doy ninguna importancia. Por ejemplo al actual secretario de Defensa en Estados Unidos y jefe del Pentágono, James Matiss, le entrevisté varias veces cuando estuve 'empotrada' en la guerra de Irak, y cuando le designaron me lo tuvieron que recordar en el periódico. Sin embargo, a quien recuerdo es a un soldado, un chavalillo muy joven, al que le presté mi teléfono para llamar a su madre. Se le quebró la voz al escucharla, empezó a llorar y no pudo hablar. A él sí que no le he olvidado.

«En las violaciones en el Ejército hay una forma de poder. Lo hacen porque pueden y con impunidad»

-Tuvo mucho valor al informar al mundo de las violaciones que hubo en aquella guerra.

-Hay que tenerlo porque cuanto más grande es la injusticia más me gusta darle voz, y en la guerra, los soldados fueron protagonistas de un drama pero también verdugos matando a un iraquí o violando a una compañera.

-¿Cómo se digiere eso?

-No logro encajar aquellas salvajadas, ¿cómo puedes violar a tus compañeras en un escenario tan difícil? No es cierto que en la guerra valga todo o que haya mucha testoterona suelta. Son excusas fáciles. Detrás de esas violaciones existe una lucha de poder, una inseguridad de esos hombres, y su forma de recuperar el control es la violencia sexual. Lo hacen porque pueden.

-¿Con impunidad?

-Absoluta, y es la raíz del problema. Las mujeres que lo denunciaban eran las primeras castigadas con cárcel porque admitían que había existido un acto sexual, ilegal dentro del ejército. Después ya se vería si fue consentido o forzado; mientras tanto, el hombre, con negarlo, se salvaba.

-Tremendo.

-Y tienes que seguir viviendo con tu violador en una situación de guerra en la que ese hombre, que suele ser tu superior, te está amenazando y controlando. A mí me llegaron a decir a la cara que si no se las podía violar ¿para qué estaban allí?

-¿Ha llorado?

-De frustración, porque alguien trató de cautivarme, y como yo le rechazaba, su respuesta fue bloquear mi trabajo y dificultarme que las crónicas llegaran al periódico, que era el motivo de estar allí. Estaba en pleno desierto y no podía coger un taxi y largarme.

-Y lloró mucho por Julio Anguita Parrado.

-De dolor. Julio era mi mejor amigo. Trabajábamos ambos en Nueva York y juntos fuimos a cubrir la guerra de Irak; volver a casa sola fue algo muy difícil de superar.

-Y ser la fedataria de su última voluntad, un problema.

-Es que el compromiso suele traer problemas; es algo que tengo asumido. Pedro J. Ramírez puede ser un enemigo muy poderoso y despiadado. Lo pasé muy mal por perder a Julio y por las mentiras y ataques que sufrí por dar a conocer su voluntad, que no era otra que Pedro J., su director entonces, no fuera a su funeral si le mataban. Había otra gente que sabía de ese deseo y que no habló ni para respetarle ni para defenderme. Me sentí muy sola cuando lo asesinaron. Estaba en medio del desierto, rodeada de marines que no sabían dar un trato humano. Sólo un soldado que me dio media botella de vino, que ni sé de dónde sacó. Me la bebí sola, llorando toda la noche, metida en un tanque.

-¿Cómo ganó esa batalla?

-Siendo fiel a mis principios, porque haciendo lo éticamente correcto, sales adelante contra viento y marea. Y el grupo Vocento siempre ha estado a mi lado.

–¿Se ve sentada en una redacción?

–No. Es lo único que no me gusta de nuestra profesion. Para mí, la gente lo es todo. A veces me considero un dinosaurio en un oficio que se está perdiendo. La nuestra no es una profesión cualquiera. Te marca, porque es parte de ti y te lleva a dejar muchas cosas de lado. He vivido muy lejos de mi familia, no he formado una propia, mi padre tiene 90 anos y le veo dos veces al ano pensando si sera la ultima, pero me ha compensando. Soy una privilegiada.

-¿Qué ha hallado en Cantabria?

-Paz. Playas que parecían Ibiza, un sol como el de Andalucía, una arquitectura sólida, como vosotros mismos. El frescor de la noche, el verde luminoso, y un viaje en el tiempo al que el padre Ormazabal nos ha conducido explicándonos el claustro de la Colegiata de Santillana.