Javier Fernández Rubio - editor y escritor

«El verdadero cambio climático está en la amenaza a la lectura»

Tras una extensa dedicación profesional al periodismo, Javier Fernández Rubio vive centrado en el mundo de la edición/María Gil Lastra
Tras una extensa dedicación profesional al periodismo, Javier Fernández Rubio vive centrado en el mundo de la edición / María Gil Lastra

La editorial cántabra El Desvelo, camino de cumplir una década y tras superar el centenar de títulos, consolida su proyección. Su fundador refiere las tribulaciones y certezas del sector

GUILLERMO BALBONA SANTANDER

«¿Se puede vivir sin libros? Sí, perfectamente. Pero hay que preguntarse entonces a qué llamamos vida». El santanderino Javier Fernández Rubio (1966), periodista y escritor, defiende la trinchera de editor con una reivindicación de las esencias lectoras y culturales. Fundador y artífice de El Desvelo Ediciones hace ya casi una década, ha configurado desde Cantabria un catálogo con cinco grandes colecciones o apartados diferenciados que acaba de superar los cien títulos y que distribuye por toda España. Su proyecto ha convocado ya cerca de doscientos actos públicos y ha obtenido dos veces el premio al Mejor Libro Editado en Cantabria y finalista de los Premios Visual. Su presencia en ferias y festivales es notoria con citas frecuentes en Madrid, Gerona, Bilbao o Guadalajara (México).

–¿Cuáles son las señas de identidad de El Desvelo?

–Somos una editorial independiente de tipo literario y con distribución comercial en toda España. Más señas de identidad: somos y estamos en Santander y entramos en un taxi y sobra sitio. Pero vamos a donde queremos y eso nos encanta.

–Las cifras de estos años son reveladoras. Pero, ¿estar en la periferia de la periferia tiene un precio? ¿O las fronteras están superadas?

–Sí, tiene un precio, aunque no es el que se suele pensar. Hacer libros es relativamente fácil al menos con respecto a lo que suponía en los tiempos del plomo. Existen programas informáticos con calidad profesional y las imprentas han rebajado sus pretensiones tanto económicas como de tirada. También hay una constelación de servicios que hacen que la edición sea profesional: diseño y maquetación, corrección, traducción, ilustración... Pero todo eso se puede controlar. Lo difícil empieza después de que está hecho físicamente el libro, porque a medida que el libro se aleja del autor y del editor la capacidad de control se esfuma y entra en juego la capacidad de seducción. ¿Qué hacer con el libro, pues? Ahí nos apoyamos en una distribuidora, que te elige a ti y no al revés, como hacen los libreros, y entramos en un torrente comercial, presidido por la sobreoferta editorial, para dar con el lector. Entonces vivir en la periferia pesa. Digamos que es un camino más largo, que requiere paciencia y mucho optimismo, pero que es inevitable para tener la suficiente masa crítica de lectores con la que sostenerse.

–¿Cómo es un editor del siglo XXI?

–Igual que en siglos anteriores. En lo sustancial no varía, lo que puede variar es el escenario o los útiles de trabajo. Entonces hay que preguntarse qué es editar. Editar es tener la decisión de hacer público un contenido, un producto en este caso cultural, pero lo determinante es hacer algo público, es desvelar, que es lo que nos da nombre. Editar es tanto hacer una colección de cromos, como una colección de ropa o un libro o un disco. En cierto modo es una decisión 'política' si entendemos lo político en un sentido amplio. Mucha gente no se da cuenta, pero cuando le da al botón de publicar en su red social está editando. Lo que le convierte en editor no es el acopio de materiales sino darle al botón de publicar o compartir. Ese es el acto significativo.

–¿Cómo se sobrevive en un mercado tan competitivo y feroz?

–Siendo competitivo y feroz.

–¿En nueve años ha notado, aunque fuera una ligera impresión, que su labor ha contado con la atención de quienes pregonan y se jactan de tener políticas culturales?

–Esta es una pregunta casi siempre inevitable y siempre que la oigo me viene a la cabeza la imagen de un gran músico o pintor cenando en las cocinas de un arzobispo o un duque. Ahora la realeza son los políticos pero la cultura, sea lo que sea, se ha democratizado. Si he de llamar la atención de alguien, que sea del publico. Se esté o no en el circuito comercial, ya no se pinta, escribe o se hace música al dictado del gran señor. Esto es importante porque, sobre todo en las empresas culturales pequeñas, existe la mecánica todavía de pensar, y exigir, del poder político que te resuelva los problemas. Parece como si deseáramos volver a las cocinas del arzobispo. Pero eso no es ni posible ni deseable. Hay que preguntarse más bien qué hacemos nosotros, y los que son nuestros iguales, por nuestro trabajo, por las condiciones en que se desarrolla. Luego, pero de manera subordinada, hay que exigir a los gestores políticos medidas que apuntalen un ecosistema que por definición es tan delicado como precario y pedirlo como lo piden otros sectores productivos de los respectivos departamentos de lo público, sin complejos, pero sin exigencias trasnochadas. Los políticos no son la respuesta porque no es su papel. La respuesta siempre se articula en primera persona, como mucho del plural, y es más importante la cooperación entre iguales que la subordinación al poder político, que suele estar a otra cosa.

–Su experiencia en el mundo del periodismo y la cultura, ¿de qué modo se ha aplicado al proyecto?

–El mundo del periodismo es edición también. Sí que me ha servido. Sirve sobre todo para ponerse en lugar del lector. Cuando se hace un periódico o un libro hay una pregunta muy reveladora: ¿Este producto que tengo en mis manos vale el precio que pago por él? ¿Vale el periódico del día el euro y pico que he pagado por él? ¿Vale este libro el precio que he pagado por él? Si la respuesta es afirmativa, estamos ante un buen periódico y libro; si la respuesta es negativa, tenemos un problema.

SEÑALES EN CORTO

Tres libros que le hicieron editor
La isla del tesoro, Ulises y Bella del Señor.
Tres que le hubiera gustado editar
Los tres citados, aunque el segundo me hubiera quitado diez años de vida
Un libro para forjar un lector
. El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov.
Una definición breve de El Desvelo
Editorial independiente de tipo literario.
Un deseo al cumplir una década
Tener una década más por delante.

–¿Qué opina del fenómeno de la autoedición y de las redes como cauce de publicación?

–La autoedición tiene una larga tradición aunque ahora esté bastante desprestigiada, pero no lo está tanto por el hecho de hacérselo uno mismo sino por los criterios que se siguen a la hora de autopublicarse. La mediación que propicia un editor no es algo caprichoso que encarezca innecesariamente el producto. Es algo necesario. Es la garantía para el lector de que un libro ha pasado por un criterio y unas manos. Editar es seleccionar, sugerir, corregir, componer... Todos estos pasos son imprescindibles y justifican la mediación. De lo contrario es como pensar que uno es más listo que su médico, pero automedicarse no es algo que yo recomendaría a quien tiene un problema de salud. Durante estos últimos años, los gurús de las plataformas tecnológicas han predicado la buena nueva de la desaparición del papel y de la mediación. Han promovido el hágaselo usted mismo con plantillas molonas. El resultado ha sido la frustración porque editar es más que usar una plantilla y una carátula. El papel sigue ahí y el editor también. Guste o no siguen siendo necesarios.

–¿Qué títulos han servido para subrayar su identidad y reforzar una posición en el mundo editorial?

–Aquellos que parecían más descabellados comercialmente. Hemos publicado a autores ya desaparecidos y también a autores vivos, a jóvenes y a no tan jóvenes, a mujeres y a hombres, en géneros como la poesía, la narrativa y el ensayo; pero pienso en libros como los de Walter Serner, William Morris, Mary Wolstonecraft, Maria Leitner o Vera Brittain como aquellos que nos han diferenciado más.

–La evolución de estos años, ¿de qué modo se ha traducido en un cambio, o en indicadores significativos para el ecosistema del proyecto?

–Es cierto que ha habido cambios. Pensamos mucho en la vida comercial de los libros en un mundo apegado a la novedad y donde tener dos meses es ya estar viejo. Es alucinante entrar en una librería y comprobar la velocidad en que aparecen y desaparecen los libros. El lector está ávido de novedad y quiere ver el escaparate renovada cada 15 días como si se tratase de Zara. Pero nosotros no aspiramos a ser Zara, aspiramos a nutrir el fondo librero que es precisamente el más castigado por la crisis. Por lo tanto cada vez incidimos más en tener presencia pública, no solo en los medios de comunicación y haciendo actos públicos en bastantes puntos de España, sino también echando mano del marketing en la medida de lo posible.

–¿El secreto está en apostar por lo diferente, por lo desconocido incluso?

–Sí, jugar al hueco como en el fútbol. No tiene sentido hacer lo mismo que otros más grandes hacen y que hacen bien y con más medios. Pero aparte de ser una decisión estratégica es que me gusta.

–Hay quienes consideramos sagrado el olor de los libros. ¿A qué huele el Desvelo?

–Pues huele muy bien, y no lo digo yo. Yo también soy un olfateador de ejemplares hasta el punto de que, si no me gusta el olor, no leo. Los míos huelen a cola y papel, que es lo que seduce, pero la composición exacta de este perfume es mérito del impresor.

–¿Dónde reside la manida y verdadera crisis del libro?

–Tenemos una idea progresiva del tiempo, pensamos que en el futuro todo ira mejor, pero ¿y si siempre va a ser así? Aquí cada uno habla de la feria como le va en ella, pero la auténtica crisis, desde mi punto de vista, es la eterna crisis de la lectura. Cuando me preguntan qué pedirías, yo siempre digo lo mismo: lectores. Si hay lectores todo va bien y lo demás es superfluo. Además, creo que es un imperativo moral extender la cultura en la medida de nuestras posibilidades.

–¿El libro digital representa una especie de cambio climático?

–No, en absoluto. El libro digital es tan libro como el de papel, solo cambia el soporte. El cambio climático real está en la amenaza a la lectura. Es la lectura en cualquier soporte la que está en riesgo. Un sistema educativo en donde el libro es tratado como una vieja gloria onerosa, con docentes que no leen y por lo tanto no transmiten el hábito, con una universidad que ni está ni se la espera, con otra formas de ocio que compiten directamente con el libro como es Netflix, con una crisis económica que se ha cebado en el consumo cultural... Me cuesta entender cómo, siendo más accesible que nunca la lectura, sigue existiendo una brecha entre un grupo lector, minoritario, y una gran masa ajena a los libros. El 40% de los españoles no toca un libro ni con pinzas. Nunca. Ya no se trata de barreras económicas. Se trata simplemente de que muchas personas consideran leer una actividad superflua cuando la lectura es el gran hábito de transmisión de conocimiento y movilizador que existe. ¿Se puede vivir sin libros? Sí, perfectamente. Pero hay que preguntarse entonces a qué llamamos vida.

–El Desvelo se ha destacado por una excelente labor de traducción. ¿Cómo es el proceso hasta llegar?

–Se está recuperando la traducción después de un momento muy malo por la crisis. Para nosotros es una decisión personal e importante porque encarece el libro, pero el punto de mira está en el libro en sí y el coste de la traducción puede amortiguarse con el mayor atractivo que pueda tener para el público un autor extranjero y con algún tipo de ayuda que, aunque nunca cubra el coste íntegro, lo haga factible. Además, tenemos la suerte de contar con traductores habituales con los que el trabajo se convierte en algo cercano y sencillo. Un libro traducido tiene realmente dos autores y el traductor habla de tú a tú con el autor. Es un diálogo fascinante.

–¿Hay editores independientes? ¿Y autores?

–La independencia como la verdad, la objetividad y otros conceptos es más cuestión de grados que de valores absolutos. Todos elegimos nuestro grado de dependencia/independencia, pero hay que saber que la independencia tiene un coste añadido. Es más cómodo ser dependiente, pero escribir y editar es una manera de complicarse la vida. Si lo que se busca es la comodidad hay actividades mucho más placenteras.

–¿Cómo es la relación de su sello con los libreros?

–Hay muchas librerías en España que piden mis libros y estoy contento de ello. A muchos de ellos no los conozco personalmente, por lo que pienso que mis libros tienen un valor objetivo que va más allá de cadenas de favores o complicidades personales. Para mí, el librero es parte esencial de la cadena del libro. Todos queremos que todo esté expuesto en todas partes. Pero no puede ser. Puede haber un criterio en la selección y puede discutirse este criterio, pero lo cierto es que la librería, y pienso en las librerías independientes, son un cuello de embudo en un contexto de sobreproducción. Por eso yo valoro al librero que apuesta por mí y en él me vuelco.

¿Qué opinión le merece el actual paisaje cultural de Cantabria?

–Es un paisaje lleno de singularidades. Cabe preguntarse entonces si lo singular es representativo del conjunto o más bien la excepción. Habría que observar cada campo de actividad para responder a esta pregunta. Yo, mientras tanto, me quedo con mi individualidad y que otros digan si el conjunto se parece más a Versalles o a Passchendaele. No es una cuestión que me quite el sueño.

«En lo minoritario dentro de lo minoritario, ahí es donde estamos»

–Existen grupúsculos de pequeños contra grandes. ¿Son una pataleta o una salida lógica?

–Es una manera de estar comprensible. Si se refiere a la configuración de agrupaciones, más que de grupos jurídicamente constituidos, surge por la necesidad de compartir sinergias y visibilizarse mejor. Piénsese que editar es una actividad más solitaria de lo que suele creerse. No hay más historia y no creo que nadie tenga vocación de ser el mosquito en la oreja del elefante y provocar una estampida.

–¿Hay un lector 'Desvelo'?

–Buscamos al lector que quiera algo distinto. No tiene por qué ser un experto, basta con ser apasionado, un gran consumidor de lectura, alguien que lee lo obvio del momento, pero que de vez en cuando sale a cenar por ahí para salirse de la rutina gastronómica. Ahí, en lo minoritario dentro de la minoritario, es donde estamos.

–¿Qué importancia le da al diseño?

–Mucha. Es la imagen de cada libro y si hay que estar en una mesa de novedades se ha de llamar la atención. El libro también es un objeto, un objeto sensorial, que entra... hasta por el gusto si me apura. En el libro hay componentes fetichistas y nos gusta que nuestros libros sean objetos de deseo.