Lo que hago yo no lo hace nadie

Georgia Brown./
Georgia Brown.

Hay cantantes con una voz tan aguda que humilla a Mariah Carey, y conciertos tan largos que dejan las cuatro horas de Bruce Springsteen en un breve aperitivo. El Guinness es el mejor sitio para encontrarlos

CARLOS BENITO

Con todas las novedades editoriales sobre rock que abarrotan los expositores, tiene un poco de delito ponerse a leer en clave musical el Libro Guinness de los Récords, pero también es verdad que lo que se encuentra ahí no suele estar en ninguna otra parte: ya se sabe que en este volumen anual están representados todos los ámbitos de la experiencia humana, pero reducidos a una especie de extremismo absurdo, a una caricatura asombrosa pero también desconcertante. La música cada vez tiene más que ver con las clasificaciones al estilo deportivo, gracias a fenómenos como las listas de lo mejor del año o los concursos de talentos, y el Guinness ha encontrado ámbitos inesperados donde esa competición es posible. Vamos a repasar cinco epígrafes: los hay mucho más disparatados, como el de mantener una guitarra en equilibrio sobre la frente durante tres minutos y veinticinco segundos, pero intentaremos no perder del todo el contacto con el sentido común.

Las voces más extremas

Los rangos muy amplios siempre impresionan, como sabe cualquiera que haya charlado con algún fan de Mariah Carey, y muchas veces tienen un reflejo exagerado en las crónicas periodísticas, donde esas voces se convierten mágicamente en un instrumento elástico capaz de abarcar incontables octavas. En el Guinness, esta categoría está repartida entre dos fenómenos: el estadounidense Tim Storms es la persona con mayor rango vocal (diez octavas, asegura el libro) y también el ser humano que ha emitido la nota más grave de manera verificada por expertos (un G -7, si tienen curiosidad). Incluso fue contratado en una ocasion para grabar «frecuencias que están por debajo del umbral de audición humano» destinadas a dar mal rollo en un cortometraje. En el otro extremo del espectro está la brasileña Georgia Brown, que ostenta el récord de rango vocal femenino más extenso (ocho octavas) con la nota más aguda que se ha certificado (un G 10). Storms se dedica a la música cristiana a capela y Brown, al soul y sus derivados urbanos contemporáneos, pero, cuando explotan sus capacidades al máximo, su canto deja de sonar a música: lo de él es más bien un retumbar tectónico y lo de ella, un pitido de electrodoméstico estropeado.

El batería más rápido

Entramos aquí en un universo complejo, porque existen corrientes fieramente enfrentadas que defienden distintas normas a la hora de medir la velocidad del aporreo. En la competición Worlds Fastest Drummer, la más popular dentro de la llamada Batería Deportiva Extrema, la marca mundial corresponde al estadounidense Tom Grosset, con 1.208 baquetazos en un minuto (en el segundo puesto, por cierto, está un ilustre, Mike Mangini, actual miembro de Dream Theater). Pero el que aparece en el Guinness es el indio Siddharth Nagarajan, un batería profesional que el pasado febrero alcanzó los 2.109 golpes en un minuto. Hijo de un famoso intérprete de tabla (el doble tambor típico de la música tradicional de esa región de Asia), Siddarth debutó en público cuando tenía dos años y medio.

El concierto más largo

En este apartado también arrasan los indios. Esos conciertos de cuatro horas de Bruce Springsteen son una broma, un abrir y cerrar de oídos si se comparan con lo de Kuzhalmannam Ramakrishnan, maestro del mridangam (otro instrumento de percusión, característico de la música carnática) que protagonizó una actuación en solitario de 501 horas en un hospital de Kerala. Sí, eso vienen a ser 21 días. Y, en efecto, a los enfermos del hospital les llegaban sus ritmos, que él vincula a la meditación y a la terapia: «Los pacientes podían escucharme por la noche desde sus habitaciones, y muchos vinieron a oírme. Algunos daban su opinión. Se observó que la presión sanguínea de los pacientes mejoraba. No toqué el mridangam de la manera habitual, sino en sincronía con nuestro corazón», ha explicado Kuzhalmannam, que cuenta con otros cuatro récords mundiales de percusión. El concierto más largo de un grupo también se celebró en India: la banda de la Bodhi Foundation & Maharashtra Youth Development Organisation estuvo a lo suyo durante 64 horas, 5 minutos y 7 segundos.

La actuación a mayor profundidad

¿Quizá echan de menos un poco de rock? En nuestra ayuda vienen Agonizer, banda finlandesa que en 2007 tocó en las minas de Pyhäsalmi, a 1.271 metros de la superficie: ¿a que es apropiado que un grupo de metal toque en una explotación de cinc y cobre? El lugar, por cierto, cuenta con la sauna a mayor profundidad del mundo. Por razones de seguridad, Agonizer tuvieron que restringir el aforo, pero luego compensaron a los fans con una segunda actuación en un hotel cercano. Este es uno de esos récords que exigen un ejercicio de simetría: el concierto celebrado a mayor altitud (pero sobre la superficie terrestre, no a bordo de aviones, globos aerostáticos o estaciones espaciales) corrió a cargo del británico Oz Bayldon, fundador de la ONG Music4Children. Bayldon batió esa marca por primera vez en 2005, pero después fue superado por un grupo de alemanes en Bolivia, así que en 2012 decidió llegar más arriba: se llevó tres guitarras hasta los 6.476 metros de altitud, en el Himalaya, y tocó durante cuarenta minutos para un selecto público de catorce personas. El tío les cobró diez libras de entrada, que fueron a engrosar las 35.000 recaudadas para un orfanato nepalí.

El más rápido cambiando cuerdas

El australiano Glenn Haworth regenta en Sídney la tienda de guitarras que abrió su padre, así que contó con todas las facilidades para entrenar su récord: en 2009 cambió las cuerdas de treinta guitarras en una hora (en realidad, fueron treinta guitarras y media, es decir, 183 cuerdas). Las reglas establecían además que debía dejarlas afinadas. A Glenn debió de gustarle la experiencia, porque cuatro años después logró su segunda entrada en el Guinness: suyo es también el maratón más largo de ukelele, de 25 horas. Se llevó un sofá de casa para estar cómodo, pudo descansar cinco minutos cada hora, tocó algunas canciones como si fuese zurdo (para descansar los dedos) y acabó el show con 'Over The Rainbow', el gran clásico ukelelista. «Ahora quiero estar un tiempo sin ver un ukelele», declaró al final.

 

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