La fiebre consumista ahoga a los festivales de música

Nada es suficiente; ni los grandes nombres ni las confirmaciones clásicas. Los grandes eventos pierden alma en una marea de confirmaciones constantes que parece no satisfacer al público

La fiebre consumista ahoga a los festivales de música
A. Valdés
Nacho Criado
NACHO CRIADO

«Vaya tanda». «Faltan cabezas de cartel». «Mucha broza». «Muy mal los nombres internacionales este año». «Decepción». «¿Otra vez Izal y Vetusta Morla?». «Echo de menos a Izal y a Vetusta Morla». «Conmigo no contéis este año». Si estás en redes sociales y te gustan los festivales de música, has tenido que leer alguno de estos miles de comentarios cada vez que un festival grande de nuestro país anuncia nuevos nombres. O incluso escribirlos tú.

No te pongas a la defensiva, que este artículo no va tanto contra ti, sino que pretende ser una reflexión más general. Vivimos en una sociedad consumista. ¡Menuda revelación, eh! No hace falta que me des las gracias, pero alguien debía descubrírtelo.

A través de oleadas constantes de publicidad, desde siempre en la tele y ahora en combinación con nuestros fieles smartphones, nos prometen que podemos tener todo, fácil e inmediato. Todo. Porque tú lo vales. Porque tú que eres tan guapa y tan lista, tú que te mereces, un príncipe, un dentista… perdón, que me lío.

Y así, de esa forma, acumulamos compulsivamente ropa y, desde hace un tiempo, nombres y más nombres festivaleros. Queremos nombres. Muchos. Y gordos. Y nuevos. Pero también los de siempre. Lo queremos todo. And I want it now. Y de esa forma, los festivales han pasado de anunciar su cartel y punto, a tirarse todo el año alimentando la hoguera de la expectación. El hype, para los modernos.

«La semana que viene, confirmaciones». «Este miércoles, nuevo cabeza de cartel». Excitación constante. Like tras like. RT si te gusta. Pero… ¿qué sucede cuando no gusta? Pues los palos, los zascas, los haters (y las, que aquí sí que hay paridad).

Nos han, nos hemos acostumbrado a esa histeria consumista. Y lo que consumimos son artistas. O su mero anuncio. Porque luego incluso ni siquiera los ves cuando llegue el festival. Porque hay un solape. Porque tienes sed. Porque te meas. Porque estás ligando. O sobando.

Pongo dos casos actuales. De dos festivales que sigo mucho. Sonorama Ribera ha anunciado una tanda de nombres encabezada por Crystal Fighters. Estos hippies buenrolleros de electrónica pop son todo unos clásicos de los festivales españoles. Y esta será su única fecha festivalera en España en 2019. En esa tanda hay algunas de las bandas jóvenes que más han despuntado este último año (Carolina Durante, Agoraphobia, Veintiuno, Los Vinagres…) y algunos pesos pesados como Second o Fuel Fandango. Ha dado lo mismo. Hordas de críticas esperando internacionales de otro estilo y nacionales… no sé bien de qué estilo, pero otro.

Al mismo tiempo, el madrileño Mad Cool lleva desde enero sufriendo una presión tremenda para confirmar nuevos nombres. Tras su histórica (para lo bueno y lo malo) edición 2018, el listón del cartel está insuperable. Ya el propio festival lo dijo desde el inicio: iba a ser difícil aunar de nuevo el regreso de Pearl Jam y Arctic Monkeys con un aluvión de bandas del nivel de Tame Impala, Kasabian, Jack White, Alice in Chains, Depeche Mode, QOTSA, Dua Lipa, Nine Inch Nails… Pero les ha dado igual advertir antes. Las críticas esperando más y el «vendo abono» son constantes.

Siempre contando con que cumplan con lo prometido («va a merecer la pena la espera», «falta aún un tercio del cartel…»), yo miro los nombres ya confirmados y no veo donde está la decepción. A mí también me falta un gran cabeza el jueves, porque además Bon Iver no me entusiasma. Pero veo nada menos que a The Cure, a The National con nuevo disco, los regresos de Vampire Weekend y The Smashing Pumpkins, dos leyendas como Iggy Pop y Noel Gallagher, en electrónica Eric Prydz y The Chemical Brothers, nuevos iconos millenial como The 1975, Tash Sultana o Greta Van Fleet, la inmensa Sharon Van Etten… llámame conformista pero, a falta del cierre, no me parece precisamente un cartel flojito para estar recibiendo semejante acoso.

Ahora bien, ¿en qué medida los festivales son responsables de esta espiral de consumo? Pues quizá bastante. Quizá todos seamos culpables, prensa incluida, de estar en esta locura que prima más la expectación que la realidad, los clicks que el contenido de la noticia. A lo mejor hay que volver a centrarse en lo importante: que el festival tenga alma, esté bien organizado y sin fallos y, por supuesto, actúen grandes artistas, consagrados y por conocer. Volver a la esencia. El otro día, en una empresa, vi en cada escalón de las escaleras un mensaje que me encantó: «DEJA DE MIRAR EL MÓVIL. ¡TE LA VAS A PEGAR! Pues eso. Menos móviles y redes. Más música.