Hevia, en el trono y en la madrugá

De repente reaparece el asturiano en estos confines de 2018 para sentarse en el trono más espinoso de nuestra cultura

Hevia, en el trono y en la madrugá
Sara Morales
SARA MORALES

Puede que su nombre llevara colgado del tobillo el cascabel que lo hacía sonar ahí dentro, aguardando en las esquinas de la mesa cuadrada -o más bien cuadriculada- de los caballeros de la SGAE; pero desde luego aquí fuera no se esperaba.

Se alza ahora como máximo representante de los autores y editores de nuestro país, de la defensa de los derechos de autor en el negociado del arte y la cultura, aquel que abogó por el folclore y la tradición desde su Asturias patria querida. El mismo que devolvió al presente los sonidos costumbristas de una esencia celta que a finales de los noventa ya habíamos olvidado, y que se perfilaba simpaticote por diferente, por bicho raro intentando anidar -entre las usuales listas de pop rock, indie y flamenco que levantan el panorama patrio-, una propuesta tan unilateral y humilde que, de poco transitada, cayó bien.

España bebió los vientos de su gaita durante años. La respetó, por supuesto, y la tuvo en cuenta; se identificó con ella y la alzó en una época en que su talento respiraba en forma de álbumes millonarios avalando una carrera respetable, pese a minoritaria. Sin embargo, desde hace tiempo estaba desaparecido en combate, experimentando en el Caribe quizá. Escondido bajo un significativo silencio discográfico tras su último 'Obssesion' en 2007 y algún que otro concierto esporádico, al ritmo que las monedas seguían rodando esta vez, y al parecer, desde una «rueda» insomne con mucho de nocturnidad, algo de premeditación y no se sabe cuánto de alevosía. Eso le toca ya a la Audiencia Nacional, que anda dilucidando sobre el presunto fraude de varios ceros por parte de esta práctica televisiva tediosa en apariencia, poco inocente y nada casual.

Chema Moya

Y cuando el cancionero de su 'Tierra de nadie' parecía desdibujarse en un pasado remoto, engrosando la memoria del «y nunca más se supo...», de repente reaparece el asturiano en estos confines de 2018 para sentarse en el trono más espinoso de nuestra cultura. Mientras se acomoda en él ante la atónita mirada de muchos, el voto de unos pocos, y una dolorosa y abrumadora abstención que bien podría haber traído consigo la autocrítica, lanza a través de otras lenguas una declaración de intenciones que pasa por evitar el breixit interno de la sociedad privada a la que ahora encabeza. Porque de la brecha externa a pie de escenario y subwoofer mejor ni hablar, ni de las dificultades de voto en la era más tecnológica de nuestra democracia, ni de las cabezas que ya arrolló la notoria rueda no hace tanto.

Se enfrenta así el nuevo príncipe de Asturias a un reinado complicado, con una mano al cuello de la prensa y la otra sujetando el techo de una entidad que se viene encima por el peso del descrédito. Duro equilibrio el que deberá mantener al frente de esta gestión de derechos y recaudaciones, aunque lo haga acolchado por un equipo que arranca incisivo mientras los colegas continúan animando la fiesta en las madrugadas de la caja tonta, o lista.

 

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