El sonido de la 'tierruca'

Daniel Cabezón es un apasionado del mundo de los rabeles, desde su fabricación hasta su toque. /J. C.
Daniel Cabezón es un apasionado del mundo de los rabeles, desde su fabricación hasta su toque. / J. C.

Daniel Cabezón es rabelista y construye sus propios instrumentos, un arte al que llegó de manera autodidacta

Sheila Izquierdo
SHEILA IZQUIERDOEl Astillero

Daniel Cabezón es uno de los muchos astillerenses de adopción que viniendo de fuera escogieron el municipio para formar su hogar. Lleva más de 35 años residiendo en el municipio, por lo que desde hace tiempo se considera un orgulloso astillerense más. Además, es tañedor de rabeles, luthier y rabelista. Todas esas cosas, aunque lo que más le gusta es lo último, que se suman a su perfil profesional y que en nada tiene que ver con la música. «Me encanta tocar y cantar», comenta Daniel, que también forma parte de la Escuela de Folclore La Barquía y es miembro de la Asociación de rabelistas de Cabezón de la Sal, también conocida como L'asomá.

Este apasionado de lo cántabro, su folclore y tradiciones, empezó hace catorce años a formarse en el 'mundillo', tocandon el instrumento del rabel en Medio Cudeyo, de la mano de David Gómez, un profesor al que recuerda con mucho cariño. Durante varios años permaneció ligado a esta formación, con la que obtuvo conocimiento específico del instrumento hasta que, más tarde, pasó a formar parte de la Escuela de Folclore La Barquía de El Astillero.

Lo de pertenecer a la Asociación de Rabelistas de Cabezón de la Sal, que lleva por bandera, vino después. «L'asomá es una asociación que hace muchas cosas por el rabel y decidí sumarme. Le diré que como aportación al colectivo, decidí hacer doce rabeles en forma de 'pin' (para colgar de la solapa) y regalárselos a los socios», comenta Daniel, orgulloso de haber contribuido con aquel detalle.

Daniel Cabezón pertenece a la Asociación de Rabelistas de Cabezón de la Sal

«Que cuántos rabeles he hecho... Tengo dos rabeles en miniatura, hechos a escala de la madera que va sobrando... Tengo el típico toledano, de Polaciones... Más que constructor o luthier, me siento rabelista y también me encanta cantar las canciones montañesas», añade el rabelista.

La peculiaridad de este instrumento trae cola. Ya sea en su modelo más extendido en la región -el de tres cuerdas- o no tanto -el de cuatro-, el rabel ofrece muchas posibilidades musicales. Daniel lo va explicando gustoso, pues todo lo que suene al instrumento más característico del folclore, le llena de emoción. «Es un instrumento de cocina, como suele decirse, porque si no lo sonorizas mediante sistemas externos, no se escucha en grandes espacios. En un cuarto pequeño no hace falta la sonorización, pero en un sitio grande, sí. Es como el violín».

¿Y lo de la construcción de rabeles? ¿De dónde le llegó? «De manera autodidacta». Como de la misma manera llegó su afición por hacer maquetas de barcos, una pasión con la que quitó el miedo a la construcción y desarrolló su talento.

Daniel asegura que llevará realizados unos 35 rabeles, entre los modelos grandes y pequeños y que, a la hora de ponerse a realizar el instrumento hay que tener en cuenta una serie de peculiaridades. «La materia prima, esto es, la madera: si es de algún frutal, mejor». Además, asegura que se tiene que trabajar bien y que no debe ser demasiado dura, ni demasiado blanda. «Cuanto más fina sea la madera, mejor sonoridad».

Además, Daniel sostiene que ningún rabel suena igual que otro. «Por eso son tan personales». Una diferencia que también se hace más evidente en zonas concretas de la región, donde incluso, los materiales cambian. «En Polaciones, por ejemplo, los rabeles tienen la tapa de piel; en Toledo, de metal». Todo tiene una explicación: «Era lo que siempre se tenía a mano en la zona».

A Daniel le encanta la canción montañesa y dentro del folclore le gustan los romances, porque entre otras cosas, «eran la única manera que había entonces de contar historias en las cocinas, cuando ni siquiera había radio». «También las jotas», por supuesto.