Los balleneros exploradores

Lienzo que muestra la labor del arponero y de los remeros en plena faena. /Colección particular J. Garay
Lienzo que muestra la labor del arponero y de los remeros en plena faena. / Colección particular J. Garay

Estos marineros aportaron informaciones muy valiosas de las regiones en las que pescaban, ya que a menudo se trataba de mares poco frecuentados o desconocidos

JAVIER GARAYCastro Urdiales

«¿Quién descubrió el mundo?» preguntó Michelet y contesta: «la ballena y el ballenero». Es cierto, por lo menos, que los balleneros trajeron en las regiones donde pescaban informaciones muy preciosas, porque se trataba lo más a menudo de mares poco frecuentados, a veces incluso casi desconocidos.

En muchos casos llegaron a ser verdaderos descubridores cuando, escaseando la caza, iban a buscarla más allá de los límites alcanzados por los exploradores que les habían precedido.

Así es como en el siglo XVI los balleneros franceses dieron los elementos de un mapa del Spiltzberg que se editó en Dieppe y que, aunque destinada particularmente a indicar los mejores lugares de pesca, era un documento precioso para la navegación.

Mientras el arponero se quedaba de pie, arpón en mano, los remeros acortaban la distancia

Persiguiendo ballenas, William Baffin, en la misma época, descubrió el mar que lleva su nombre. Mac Clure sólo pudo franquear el paso del Noroeste gracias a las indicaciones de los balleneros ingleses. Un ballenero francés, Gaiton, de Tréport, dio su nombre a una bahía del océano Ártico y con hombres de su tripulación, el gobierno francés, poco más tarde el brick La Lilloise se perdió en 1834, en una expedición hidrográfica en Groenlandia, bajo las órdenes del teniente de navío de Blosseville.

Pero el más famoso de los balleneros exploradores fue el escocés William Scoresby. Desde los once años había acompañado a su padre, grumete, en un viaje a Groenlandia.

En 1806, con la edad de diecisiete años, mandaba el ballenero Resolution y, el primero, llegaba a la latitud de 81º 30'. En 1820, publicó 'Un récit des régions arctique, avec une histoire et une description des pêcheries de baleines dans les régions du Nord', obra que fue durante mucho tiempo autoridad.

Dejó de navegar en 1822 y entonces, con treinta y tres años de edad, fue a completar sus estudios a la Universidad de Edimburgo de la que pasó a ser una de las celebridades.

Es una carrera extraordinaria para un ballenero. Pero lo más notable es, quizás, el espíritu científico que Scoresby trajo en la práctica misma de su oficio de pescador. Antes de nadie, se dio cuenta que la frecuencia o escasez de las ballenas podía resultar de causas físicas que había que estudiar con mucho interés y, en particular, la temperatura del agua de mar.

Por eso, la medía diariamente y no sólo a la superficie, si no a diversas profundidades, lo que extrañaba mucho a sus contemporáneos.

Fue él quien reveló la existencia, en el océano Ártico, de una corriente relativamente cálida a cierta profundidad, hecho verificado por Nansen tres cuartos de siglos más tarde. También fue el primero en observar que el «soplo» de las ballenas es una columna de vapor y no de agua, como se creía hasta entonces.

La práctica del arponeo

Se sale en busca de la ballena y el hombre más diestro de a bordo, será el que la lance el arpón, pero mientras es un remero más.

Cuando la embarcación se ha acercado a distancia conveniente de la ballena, el arponero deja su remo y se queda de pie delante con el arpón en la mano. Los otros hombres siguen remando con la intención de disminuir lo más posible la distancia y de colocar el arponero en buena posición.

El primer arpón es entonces lanzado y penetra en el cuerpo del animal. El segundo sigue casi enseguida con un éxito igual y los efectos empiezan a hacerse sentir bastante lejos, porque la ballena herida se sumerge convulsivamente, levantando la cola, alto en el aire, en medio de nubes de espuma y grandes columnas de agua que ciegan y amenazan con sumergir al asaltante.

Al darse cuenta de que la huida hacia delante, a la superficie del mar, no le permite escapar de sus perseguidores, el animal se cala o baja perpendicularmente a gran profundidad. Al notar aún el arpón, sube poco tiempo después y reaparece a la superficie.

La ballenera aprovecha para acercarse y el arponero renueva sus ataques con la lanza, sangradera o chavolín, hasta que el animal se cansa por la sangre perdida y por sus vanos esfuerzos, se debilita y frena sus movimientos.

Alrededor de la ballena, la mar se vuelve roja de sangre y los soplos, también teñidos de sangre, siembran en el aire sus columnas de vapor como colgajos de tela roja.

Después de este momento de calma y esta apariencia de fatiga, cuando los chorros de sangre lanzados por los eventos disminuyen a la fuerza y cuando se tiene la impresión que el animal está agotado, éste se recupera y recomienza su carrera loca arrastrando la embarcación.

Se podría creer que hay que volver a hacer todo, pero es el final de la lucha. Batiendo el agua con su cola, el animal vira y luego se da la vuelta sobre el costado. Su mandíbula inferior aparece y, pronto, el «monarca de los mares» no es más que una masa sin vida sobre la cual las olas vienen a romperse.

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