Lucía, la bruja que hicieron Santa

Ruinas del castillo de Los Templarios y de la ermita de Santa Lucía. /J. Garay
Ruinas del castillo de Los Templarios y de la ermita de Santa Lucía. / J. Garay

Según la tradición, se construyó aledaño al convento de los monjes, una ermita con su nombre

JAVIER GARAYCastro Urdiales

Según la mitología griega, la historia de la humanidad empieza con un enigma que Edipo debe resolver por orden de la Esfinge. Sin duda, esto es un fenómeno imaginario. Los primeros seres humanos con capacidad de percibir las manifestaciones de los fenómenos naturales, por supuesto que tuvieron que ingeniárselas para explicarse ensoñaciones simbólicas y la posibilidad de dioses que armonizasen con tanta belleza y tragedia la naturaleza.

Aún, hoy en día, que la ciencia niega hasta los dioses, la existencia del hombre no está totalmente clara y las hipótesis a estas incógnitas viajan desde otros mundos hasta preguntarse cómo pudo ser separado del bruto animal, un ser con capacidad de pensar y hacer de ese pensamiento que evolucionásemos con inteligencia. Hasta la iglesia, con toda su sabiduría juega en la actualidad con hechizos, misterios, magia, leyendas, milagros, reencarnaciones y divinidades que, si fueran reales, los hubiesen apartado de su mundo hace tiempo. Que osados son, qué después de tanto daño causado y como si tal, digan que estaban equivocados y que el infierno no existe. ¿Se creerán realmente que el Papa es el representante de Dios en la Tierra? Madre mía, esto sí que es magia. Y si fuese así, aún estamos en el inicio de la evolución y entonces la ética no tiene fundamento y la vida no tiene sentido, o sea, que nuestros antepasados estaban más cerca de la verdad que nosotros.

Cuando la historia se marca como objetivo dilucidar los hechos documentalmente probados, toda una parte de los vínculos entre el hombre y el mundo se cubre de interrogantes y de hipótesis inciertas, de indicios mal probados y de certezas que, a veces, son producto de la imaginación, al fin y al cabo, de enigmas que desaniman, pero cuyo estudio proporciona un testimonio esencial sobre la historia de la sensibilidad humana. ¿Fue real la leyenda de las brujas del Alto del Infierno en los aledaños del castillo templario? ¿Se reunían en el Campo de la Pasión? ¿Se bañaban en el pozo de las beatas? ¿Se embriagaban en el lagar de los judíos? ¿Hacían sortilegios para los caballeros guerreros? ¿Llamaban a seres del otro mundo? ¿Hubo brujas en la sierra de San Antón? Los actos de brujería son cuando la mujer, según opinión vulgar, hace cosas extraordinarias y malévolas y son acusadas de males ajenos o mal de ojos, que era precisamente uno de los poderes de las brujas o lumias en el decir de nuestra tierra. Cuando se producía un mal, se invocaba a San Zariquete y se iban a Zalla por el camino recitando oraciones y al llegar el sacerdote conjuraba en nombre de Dios a los malos espíritus a que abandonaran el cuerpo del poseído. Esto lo hacían los de Cerdigo, Islares y otros puntos que llevaban a sus hijos para que les quitaran el mal de ojo hasta después de la guerra civil.

Toda esta zona o ladera Norte de Cerredo está plagada de misterios y leyendas. Del Campo la Pasión, dice la tradición lugareña, se sacó parte de la piedra para construir Santa María. De la cantera de la Garrazuela, se sacó piedra para la iglesia y las lapidas que circundaban las docenas de ermitas de la comarca. Varias de ellas se pueden ver en el Archivo Municipal. El lagar de los judíos, la poza San Juan o la planta Santa Catalina. Aquí de esta red mística y templaria, Lope García de Salazar dice que «el Caballero Urdiales fue de peregrinación a Jerusalén y dio a la orden de San Juan la ermita de la Magdalena, Santa María de Castro y San Martín de Campijo».

Pues bien, según leyendas contadas hoy en día, en los Altos del Infierno loma próxima a los monjes guerreros, se reunían las brujas de todo el norte de España para ofrecer cánticos satánicos, echar maleficios y mantener relación carnal entre ellas. Como eran tan ostensibles los cientos de hogueras que se hacían en otoño, tuvo que intervenir el santo Oficio y fueron apresadas. Algunas quemadas y otras desterradas, salvo la más jovencita llamada Lucía, que fue lanzada por la cueva Carnicería, que era la fresquera de los monjes y que se comunicaba con la mar. Según la tradición, bajo rodando por el río subterráneo llamado del Oro y salió cerca de la cueva de Roberto el Pirata, viva y habiendo recuperado la vista. Al producirse el milagro y en su honor, se construyó aledaño al convento de los monjes, una ermita con el nombre de Santa Lucía y aún se pueden contemplar sus ruinas. Desde ese día, las brujas supervivientes actuaron de beatas para los monjes soldados y aún se recuerda la poza donde se bañaban, a la que siguen llamando la Poza de las Beatas. Esta historia la analicé y tiene un componente de verdad. En todos los lugares de la ladera norte de Cerredo hubo abundantes castaños y desde tiempos inmemoriales las chicas del lugar recogían castañas y las amurriagaban en las ayagas mientras cantaban viejos romances brujas. Por esto, fueron mal interpretadas y quemadas según la tradición. Esta práctica de amurriagar, nunca se dijo magosta, se hizo hasta los años setenta del pasado siglo. En mi libro de Cerdigo lo defino así: «Murriagar, viene esta voz del ar. muhraga y significa, quemar asar, la ayaga es el arbusto bajo y espinoso tipo arguma».

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