El lábaro olvidado

Soldado y escudo del Regimiento Cantabria en el siglo XIX.
Soldado y escudo del Regimiento Cantabria en el siglo XIX.
  • El arraigo del lábaro es tan fuerte que no puede empañarlo ni un origen contemporáneo ni un rigor histórico ausente

Hace unos meses, el miembro del Centro de Estudios Montañeses Aurelio González-Riancho escribía en estas mismas páginas una tribuna de opinión acerca del Lábaro. En ella pedía al Gobierno de Cantabria que encargase a esa institución un estudio sobre el rigor histórico de esa bandera antes de atender la petición de ADIC y concederle carácter oficial. El señor González-Riancho tiene toda la razón cuando menciona el equívoco entre dos estandartes romanos distintos, Cantabrum y Labarum, que está detrás de ella. Y también cuando dice que lo desconocemos prácticamente todo acerca del primero y cuando observa la confusión actual entre la enseña y su motivo principal, tomado de una de las estelas discoideas gigantes de Barros.

Pero no coincido con él cuando hace ese llamamiento a la búsqueda del rigor, pues todo el mundo, incluida la asociación que está detrás de la idea de oficializarlo, sabe ya a estas alturas que el Lábaro es una creación reciente. Un diseño de finales de los años 70 del siglo XX, realizado por Luis Ángel Montes de Neira y que pretendía recrear el Cantabrum con criterios más que discutibles desde un punto de vista histórico, como puede apreciarse leyendo lo que sobre el tema han escrito investigadores como Joaquín González Echegaray o Eduardo Peralta. Por tanto, el arraigo del Lábaro es tan fuerte en la sociedad cántabra actual y la identificación con él de gran parte de la ciudadanía tan grande, que no pueden empañarlos ni un origen contemporáneo ni un rigor histórico ausente.

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Pese a todo, quizá sí sea necesario revisar la historia de alguna de nuestras banderas. Puede que éste sea el momento adecuado para que el Centro de Estudios Montañeses ponga el foco en la de la comunidad autónoma, en la rojiblanca. Y así dé fe de que, contrariamente a lo que se viene sosteniendo desde los debates preautonómicos, no aparece en el privilegio por el que Fernando VI concedió a Santander el título de ciudad en 1755. Ni tampoco en el cuadro de José Vallespín sobre la Acción de Vargas. Ni hay evidencia alguna de que existiese antes del que parece ser su verdadero origen: la concesión de las contraseñas de matrícula de las provincias marítimas españolas en 1845. Y así se evitaría, por ejemplo, volver a ver cómo el presidente Revilla se equivoca al afirmar que esa bandera era la que ondeaba en los mástiles de las naves cántabras que participaron en la toma de Sevilla, en 1248. Nada menos. Y nada más.

Volviendo al tema que nos ocupa, me gustaría aportar algunos datos a la discusión que creo que pueden ser de gran interés para comprender cómo el Lábaro ha llegado, entre la indiferencia de algunos y el desprecio de otros, al punto en el que ahora se encuentra. Es una historia muy poco o nada conocida por el gran público y que muestra cómo el debate actual es, en realidad, el último capítulo de una historia que comenzó mucho tiempo atrás, en las primeras décadas del siglo XVII. A comienzos de esa centuria varios eruditos españoles establecieron, a partir de una interpretación errónea de fuentes escritas y numismáticas de época romana, que el Cantabrum y el Labarum eran el mismo estandarte y que su insignia o motivo principal tenía forma de X. Y al final del siglo uno de ellos recurrió al vascuence para explicar el origen del término Labarum y creó la palabra Lauburu (‘cuatro cabezas’). Eran los tiempos del vascocantabrismo y no parece que el asunto suscitase demasiada controversia. Más bien al contrario.

Así, cuando en 1715 se crea el Regimiento ‘Cantabria’ de infantería de línea mediante la unión de otros cuerpos anteriores de origen vascongado, se elige como emblema para él el ‘Lábaro Cántabro’. O lo que es lo mismo, un aspa negra sobre fondo plateado. Ese signo pasó a estar presente en su escudo y en sus banderas, tanto en las cuatro esquinas de la Coronela como en cada uno de los extremos de la cruz de Borgoña de la de Ordenanza, lugar que ocupaban entonces los símbolos propios de cada cuerpo, casi siempre de carácter territorial. El regimiento, de historia intensa y complicada, ya no existe como tal en el Ejército Español, aunque sí lo hace una unidad menor heredera suya: el Batallón ‘Cantabria’, perteneciente al Regimiento de Infantería Mecanizada ‘Saboy’. Y, como no podía ser de otra manera, en su escudo figura el mismo ‘Lábaro Cántabro’ que en el de su antecesor.

Pero el uso de ese símbolo no se limitó a aquellos vascos dieciochescos que se creían cántabros. Sin salir del ámbito militar, pero ya en nuestra tierra, lo encontramos representado en una bandera que perteneció a alguna de las unidades de la División Cántabra levantada por Díaz Porlier en Liébana durante la Guerra de la Independencia y que se conservaba en el Cuartel de Inválidos de Madrid. Esta enseña, casi con toda seguridad del Regimiento de Húsares de Cantabria, era una bandera de circunstancias que parece reutilizar otra más antigua. Presentaba una cruz de San Andrés, con un brazo rojo y otro amarillo, sobre fondo blanco y en el centro un escudo con unas armas inequívocamente montañesas (torre, cadena rota y barco atravesando esta última) acompañadas de un león rampante y del emblema de la caballería ligera española de inicios del XIX: un sable y una palma cruzados. Y en los extremos del aspa, otras tantas pequeñas X blancas y negras. O lo que es lo mismo: otros tantos pequeños Lábaros, indicadores del carácter inequívocamente cántabro de la unidad militar a la que pertenecía, como supieron ver investigadores como Manuel González Simancas o, más recientemente, Luis Sorando o Diego San Gabriel.

La presencia de esas aspas, añadidas a la bandera junto con el escudo, tiene un elevadísimo valor simbólico e implica que aquellos montañeses que la portaron estaban reclamando para sí el título de cántabros. Que se identificaban como únicos y legítimos herederos de aquel famoso y aguerrido pueblo de la Antigüedad. Y, en relación con esto último, también establecía un paralelismo entre las Guerras Cántabras del siglo I antes de Cristo y la lucha contra los franceses de inicios del XIX. Siempre según su imaginario, los «valerosos cántabros» de las proclamas de la época volvían a levantarse contra un imperio invasor. De nuevo, Lábaros contra águilas. Entonces las de Napoleón y antes las de Augusto.

La historia de este Lábaro olvidado nos enseña varias cosas. En primer lugar, que la (errónea) identificación de Cantabrum y Labarum es bastante más antigua de lo que en ocasiones se sostiene. Y que es anterior al uso del término vasco Lauburu, que nace para explicarla aunque, con el tiempo, termine teniendo entidad e imagen propias. También que la confusión entre el todo y la parte viene de lejos y que, como ocurre en la actualidad, el estandarte terminó dando nombre a su motivo principal: al aspa en el siglo XVII y a los segmentos de círculo afrontados de la estela de Barros hoy.

Y, finalmente, que todos los que en algún momento se han considerado descendientes de los antiguos cántabros han tratado de establecer un vínculo identitario con ellos. Y lo han hecho de la misma forma: recreando el estandarte al que estos dieron nombre. Lo hicieron en los siglos XVIII y XIX en las banderas de las distintas unidades militares ‘cántabras’ y lo han hecho a lo largo de los últimos 40 años con la diseñada por Montes de Neira. Y ahora, como ocurriera entonces, ese vínculo está a punto de tener carácter oficial.